El encuentro Ni-Ni de la autonomía

Sobre el VII Encuentro Lésbico Feminista Latinoamericano y del Caribe

Las Cómplices (las chilenas: Margarita Pisano, Sandra Lidid, Edda Gaviola; las mexicanas: Ximena Bedregal, Francesca Gargallo y Amalia Fischer) –en 1993- denunciaron las falsas e incluyentes representatividades en las que estaban siendo sumergidas desde los sectores institucionales del Movimiento. Situadas desde la autonomía, enfatizaron la urgencia de explicitar las diferencias ideológicas al interior del feminismo y perfilar las corrientes de pensamiento que pudieran surgir de dicha explicitación. El Encuentro de Cartagena (1996), organizado por la corriente autónoma chilensis, llevó a cabo este objetivo y lo cumplió. Cartagena impulsó a las feministas a pronunciarse, a situarse en una posición ideológica. Cartagena desenmascaró el feminismo institucional y legitimó la autonomía. En Cartagena también surgen las NI-NI que, por primera vez, se evidencian como una tendencia más, aquélla que no quiere situarse NI en el feminismo institucional NI en el autónomo, pero toma algo de los dos según le convenga. Las NI-NI fueron aquéllas que se negaron a confrontar las diferencias ideológicas “para no pelearse”, es decir, se negaron a concretar una de las ideas-fuerza de la autonomía.

A partir del 96, las feministas autónomas asumieron el desafío de profundizar sus propuestas políticas y aún este desafío está pendiente. El eje por medio del cual ELFLAC nos convocó: “Pensando autonomías…” se congeló en un slogan. En este sentido, ELFLAC recuerda la tendencia NI-NI. Porque, por un lado, los discursos post-encuentro lésbico -que sintetizan las experiencias vividas- exaltan la unificación del sector autónomo que evidentemente está traspasado por profundas diferencias ideológicas y filosóficas que no fueron abierta y descarnadamente confrontadas, como es el caso de las divergentes estrategias políticas, sostenidas, por supuesto, por proyectos políticos distintos. Y, por otro, el discurso general que circuló en el ELFLAC y ha seguido circulando en los comentarios posteriores, coincide en varios tópicos con el discurso del feminismo institucional, con la salvedad de que ELFLAC se autoproclama autónomo. Por ejemplo, el concepto de renovación o de recambio generacional se ha escuchado insistentemente estos últimos años en los sectores más institucionales no sólo del Movimiento, también de la izquierda. Asimismo, la estrategia de aprovechar las fisuras del sistema para intervenir en él ha sido suficientemente recurrida por la mayoría de las feministas instalada en los distintos espacios de poder masculinos. También, reemplazar el nombre de feminismo institucional por otro más conveniente es una práctica usual entre las institucionales que niegan la existencia de una corriente que las represente y que, muchas veces, se autodefinen autónomas aun en el Banco Mundial. Por último, el discurso exitista –y nada realista- que busca la conciliación, que niega los fracasos y que propone el consenso, es conocido en las esferas de la política más convencional.

Lamentablemente en este encuentro no se avanzó en relación a la autonomía que defendían las Cómplices. Porque sin la profundización de nuestras diferencias ideológicas, los discursos quedan envueltos en la indiferenciación, congelados en slogans, transformados en discursos vacuos plagados de lugares comunes que no afectan en nada el imaginario colectivo, y el contenido más crítico y transformador desaparece. Y entonces volvemos a repetir la historia, porque este ‘reciclaje discursivo’ recuerda el que se llevó a cabo durante el proceso de institucionalización del feminismo para desactivar las propuestas más rebeldes. Y así como cierto feminismo se arrogó el derecho de representarnos a todas, la autonomía se transforma ahora en el nuevo paraguas que nos cobija a todas unidas aunque indiferenciadas y a la usanza de la diversidad neoliberal, intercambiables unas por otras, porque poseemos igual valor. Un gran paraguas que borra tanto las relaciones de poder como las potencialidades transformadoras de los grupos; bajo el cual, el gesto de pronunciarse ideológicamente se convierte en un acto inútil.

Como dice Amorós, las mujeres sumergidas en la feminidad somos las idénticas. Sin explicitación hay identidad, no hay diferencias. Sin explicitación no nos arriesgamos y uno de los riesgos es dividirnos, porque nuestras diferencias pueden ser irreconciliables, abismales o, momentáneamente, no complementarias. La división que pueda resultar de la confrontación de proyectos políticos distintos, a veces radicalmente distintos, no es un acto patriarcal. Lo patriarcal es la inclusión. El patriarcado es el “orden esencial”, el territorio “dado” para transitar. Por él, las mujeres, incluidas bajo sus denominaciones y variadas ideologías, hemos transitado.

2007

*Asistimos a este encuentro, realizado en Santiago, con una “letanía” que escribimos Margarita Pisano y yo, y que denominamos “Poema del engrudo: nada pega con nada y al final te quedas pegada” (una crítica al feminismo en la era del patriarcado neoliberal).

“El encuentro Ni-Ni de la autonomía” aparece junto a otros dos textos, uno de Margarita Pisano y otro de Susana Opazo, en un cuadernillo que titulamos “Tres miradillas”.

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La palabra de la insolencia

La insolencia es pensante, no reaccionaria. No consiste en mostrar las tetas, pintarse el cuerpo, ponerse bigotes o gritar el trasnochado “somos malas, podemos ser peores”. Se trata, más bien, de construir un pensamiento -expresado en gestos, actitudes, relaciones y palabras- que radicalice la mirada crítica para cuestionar el patriarcado desde sus fundamentos, sin ninguna concesión ni complacencia. La puesta en acción de un discurso que se reconoce en la historia de la autonomía política de las mujeres y recupera –en un acto siempre nuevo- sus voces rebeldes. Los argumentos que surgen de una experiencia corporal que es escuchada y percibida como nunca antes. Cuando se abandona el cliché, el lugar común, la idea prejuiciada, la imaginación estereotipada, las convenciones, los lugares sagrados… la obediencia.

Esta insolencia se pierde cada vez que ingresa a la academia. El patriarcado y sus mujeres colaboradoras la matan en ese espacio refrendado por el conocimiento legítimo y por la Ciencia. Así, los referentes teóricos surgidos de un pensar entre mujeres fueron desplazados por los machos posmodernos. El feminismo en lugar de ser una posición, un desde donde, pasó a ser un objeto de estudio. La teoría feminista se trocó por estudios de género. Los estudios de las mujeres se travistieron en estudios de la masculinidad. El lesbianismo lo borró el queer. La visión holista de la teoría feminista trasmutó en despedazamiento temático. Y el feminismo, de lugar político y creativo, se convirtió en uno laboral. (Pisano, 1996).

Las mujeres abandonaron la interlocución con las otras mujeres para buscar la legitimidad del macho académico, pseudolibrepensador. Esta es una de las acciones más autodestructivas. En este gesto renace la obsecuencia, el hablar bajito, el pedir permiso para decir. La palabra desapasionada busca lo políticamente correcto y no incomoda, no remece ni rasguña. La palabra sin cuerpo se encuentra en el argumento cool, en el razonamiento respaldado, en la tesis autorizada. La palabra neutra teje una intertextualidad de siglos: la urdimbre ideológica de las mentiras y los secretos del patriarcado para excluirnos a las mujeres de lo humano y atraparnos en la feminidad.

La palabra se debilita, y surge distante y moderada en la voz de Alejandra Castillo, feminista académica, quien desarrolla sus preocupaciones teóricas sobre el feminismo en una entrevista realizada el 2012 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes del Gobierno de Chile (http://vimeo.com/49331300). La entrevista está inundada de expresiones que actúan atenuando el discurso, atemperándolo, encubriendo cada idea con un manto tibio para no dañar al interlocutor y esperar su reconocimiento: de alguna manera, más bien, de algún modo, podría pensar, podríamos pensar, digamos, podríamos decir, se puede pensar, yo creo, parece, podría estar, podríamos describir, vendría a ser, vendría a hacer, debiese alterar, se piensa necesario, quizás… Las que usa varias veces a lo largo del texto.

Pero no son solo estas expresiones de buenos modales las que manifiestan una relación de poder, también esta se refleja en las ideas, tanto en aquello que Castillo afirma como en lo que oculta. Entonces dice que…

“…artistas visuales como Regina Galindo en Guatemala, cuando en esa performance se escribe en su pierna con un cuchillo ‘perra’, entonces uno se pregunta, bueno, desde una política afirmativa de mujeres, ¿cuál es el objetivo de Galindo que se escribe en su pierna el insulto que genera una subvaloración de las mujeres en el espacio público? (…) es asumir precisamente esa representación subalterna o subvalorada de las mujeres (…) pero no ya recurriendo al lugar incontaminado de las mujeres, pensar a las mujeres como buenas, santas y protectoras, sino que asumir el propio cuerpo como lugar de la inscripción del patriarcado”.

La academia, institución masculinista, abre sus puertas a discursos como el precedente, porque le son funcionales. La cita anterior no escapa a la lógica dicotómica, que proyecta a las mujeres en el espacio estanco de la feminidad, donde encarnamos a la puta o a la santa. Peor todavía es disfrazar de transgresora una acción como la de escribirse “perra” con un cuchillo en la pierna, que perpetúa la misoginia, la autodestrucción, el (sado) masoquismo. Siglos de esto. Se intenta hacer una política feminista con las mismas herramientas del amo, como dijo alguna vez Audre Lorde. Y por eso el amo deja pasar estos discursos a su casa, porque refuerzan su palabra, su ley, su ideología y su lógica de pensamiento. Refuerzan el odio contra las mujeres y, como contrapartida, la legitimidad de los hombres. ¿Castillo ignora cuán inscrita está la misoginia en nuestros cuerpos, que aboga por exacerbarla? ¿Ignora cuántas veces, en efecto, el cuchillo masculino ha atravesado nuestros cuerpos?

Para realizar esta hazaña, se necesita borrar un tercer punto de vista que escapa a la dicotomía puta/santa. Esta tercera perspectiva es la de un feminismo pensante y rebelde, que propone sanarnos de la misoginia, no mediante una exaltación de virtudes femeniles y su pureza, sino por el ejercicio libre de la capacidad de pensar y de estar expresadas (Pisano). Y esto no debe ser leído como una fragmentación –otra vez contaminada de prejuicios patriarcales- entre cuerpo y mente. Al contrario, solo podemos pensar libremente con el cuerpo. El precio que las mujeres –alegremente- pagaron para arribar a la academia fue la sepultación del feminismo radical de la diferencia. Ese fue el costo que el amo exigió.

La corriente radical de la diferencia rechaza el acceso a los espacios patriarcales de poder, se niega a refrendar una cultura deshumanizada; escupe, como Carla Lonzi, contra todo referente masculino. En definitiva, declara fracasada la civilización (Lonzi, Pisano). En cambio, Castillo pone el acento en una performance como la anteriormente descrita y, en completa coherencia y sintonía con esto, sugiere la instalación no elitista de las mujeres en los espacios gubernamentales:

“…la pregunta es ¿qué otras políticas generar?, una respuesta es la política de cuotas, hacer que los partidos políticos incorporen un porcentaje obligatorio de participación de mujeres, y ya no corregir desde arriba, sino que corregir desde los propios partidos y desde allí desorganizar el orden de la representación masculina en los partidos políticos…”.

Las buenas maneras se plasman en las palabras de esta feminista académica. La autora, desde una visión esencialista, declara que por la sola presencia de mujeres, cuerpos sexuados mujeres, se puede desorganizar el orden de representación. Y qué discursos construyen esas mujeres, qué proyectos políticos tienen detrás, qué propuestas filosóficas y, especialmente, ¿con qué historia acceden a estos espacios patriarcales, los mismos que sistemáticamente nos han dejado sin historia?

El panorama actual del feminismo oscila entre un hacer reactivo, un activismo vacío de contenido, y estas teorizaciones academicistas, que transitan entre el género, la performance y los argumentos posmodernos. El feminismo necesita teoría, genealogía, historia, pero no a partir de estos refritos discursivos. Para nosotras, en el Movimiento Rebelde del Afuera, la teoría, la producción de conocimiento, la escritura de la historia, la elaboración de ideas, la articulación de un discurso consistente, constituyen un hacer política válido. Confiamos en la acción de la palabra, pero en la palabra insolente; esa que no le pide permiso al sistema masculinista para pensar. Nuestras palabras tienen que llevar el eco de las palabras rebeldes de las mujeres pensantes.

2013.

Algunas pistas para socializar a Gabriela Mistral desde un Afuera político

ALGUNAS PISTAS PARA SOCIALIZAR A GABRIELA MISTRAL DESDE UN AFUERA POLÍTICO(1)

He estado leyendo unos artículos de Gabriela Mistral del año 27 donde la poeta se refiere al feminismo (2). Alejada yo de llevar a cabo un análisis literario de la obra de la autora, me ha interesado, no obstante, su mirada ideológica respecto de las mujeres. Y este interés, aún precario, surge a partir de la constatación de que al lesbianismo activista en este país se le ha dado por recuperar a “nuestro premio Nobel” cuando los amores de Mistral con otras mujeres han abandonado el territorio de la sospecha para entrar campantes al de los hechos.

Sin duda alguna, la construcción de una historia propia es acción política necesaria, pero no puede ir sino acompañada de un concierto de preguntas: qué historia queremos construir, desde qué visión ideológica lo haremos, a qué mujeres nos interesa recuperar, cómo las vamos a socializar, en qué espacios, con qué lenguaje, etc., etc. Sin desmerecer el entusiasmo de las compañeras que han querido arrebatarle al patriarcado la figura de Gabriela, sospecho que este gesto carece de profundidad política y la Mistral es otra vez un ícono -ahora lésbico ¿o gay?- al más duro estilo patriarcal. Sabemos, a estas alturas, que los íconos y los slogans ni siquiera rasguñan el sistema vigente y que nuestras políticas requieren urgentemente de profundidad, reflexión y consistencia.

En este contexto, quiero aportar algunas pistas –todavía mínimas- para socializar –desde el presente- a Gabriela Mistral. Con otras palabras, darle contenido ideológico a su lesbianismo, pues también sabemos, a estas alturas, que ser lesbiana no es un gesto subversivo en sí mismo o, al menos, no es suficiente. Ahora bien, si se piensa que la Mistral es recuperable por el solo hecho de ser lesbiana, me parece que estaríamos cayendo en un esencialismo peligroso.

De acuerdo a mi lectura e interpretación de estos textitos de la poeta, me atrevo a afirmar que Mistral es una lesbiana masculinista, misógina. Quién sabe esta figura sea completamente acorde a las actuales políticas gay-lésbicas de lo raro, lo queer: un cuerpo de mujer con mente de hombre… quién sabe. Para mí, desde el lugar ideológico donde me sitúo, lo importante es descubrir en las mujeres sus gestos y pensamientos insolentes. Me interesa sobre todo averiguar cómo piensan, cuáles son sus ideas y si estas nos entregan datos que nos sirvan de referente para una política subversivamente civilizatoria.

Mistral está alejada de aquello. No obstante, coincidimos –ella y yo- en que el feminismo de la igualdad no nos abre a las mujeres el camino de la libertad: “Yo no creo en el parlamento de las mujeres, porque tampoco creo en el de los hombres” (p.59), afirma acertadamente la poeta. Idea a la cual me adscribo y que hoy tiene la misma vigencia. La autora no cree en los cambios a partir de las leyes, sino a través de las costumbres. En este terreno, ella apuesta por una reorganización de la división del trabajo, tomando como punto de partida la diferencia entre los sexos. Y elabora una propuesta política concreta y contingente, porque en ese momento la discusión feminista versaba, entre otros aspectos, sobre los nuevos espacios laborales que las mujeres estaban conquistando.

Con las herramientas que hoy manejamos, aportadas por la segunda ola feminista en el mundo (occidental), me permito afirmar que la autora cuestiona críticamente el feminismo de la igualdad desde la diferencia sexual, categoría analítica, esta última, subversiva, dependiendo desde donde se la socialice. En el caso de la poeta, se trata de la más elemental y masculina de las reflexiones. Ella usa un concepto heterosexual de la diferencia y no una idea radical de la misma. Es decir, coincidimos, ella y yo, guardando las proporciones y las décadas que nos separan, en la crítica contra la igualdad desde la diferencia, pero hay una brecha inconmensurable: mi cuestionamiento surge a partir de lo que yo llamaría el feminismo radical de la diferencia, mientras el de ella se sostiene en la heterosexualidad más acérrima.

El concepto heterosexual de la diferencia se define de la siguiente manera: “Para algunas (y algunos) la diferencia significa subrayar que las mujeres son una cosa distinta de los hombres (más éticas, menos violentas, etc.), que se diferencian, pues, en contenidos de los hombres, los cuales quedan por necesidad como punto de referencia” (p.183)(3). Para Mistral, sin duda alguna, los hombres son el punto de referencia y desde ahí despliega su “programa” que se sostiene en la indiferenciación sexo/género, es decir, no da el paso de ruptura entre la diferencia y la desigualdad, retorna (o nunca despega) del esencialismo/naturalización de los géneros. De esta manera, su propuesta de reorganización del trabajo no abandona ninguno de los pilares patriarcales que históricamente han sustentado la división sexual del mismo.

Moderada y conservadora, como un honorable varón, la poeta propone para las mujeres aquellos oficios ligados al cuidado de la infancia, porque allí radica el espacio natural de nuestro sexo. Dejémosla hablar a ella:

“La entrada de la mujer en el trabajo, este suceso contemporáneo tan grave, debió traer una nueva organización del trabajo en el mundo. Esto no ocurrió y se creó con ello un estado de verdadera barbarie sobre el que yo quiero decir algo. Con lo cual empezaré a entregar mi punto de  vista sobre el feminismo, para aliviarme de un peso” (p.44).

“La brutalidad de la fábrica se ha abierto para la mujer; la fealdad de algunos oficios; sencillamente viles, ha incorporado a sus sindicatos a la mujer; profesiones sin entraña espiritual, de puro agio feo, han acogido en su viscosa tembladera a la mujer. Antes de celebrar la apertura de las puertas, era preciso examinar qué puertas se abrían y antes de poner el pie en el universo nuevo había que haber mirado hacia el que se abandonaba, para mesurar con ojo lento y claro” (p.44).

“Yo pondría como centro del programa este artículo: Pedimos una organización del trabajo humano que divida las faenas en tres grupos. Grupo A: Profesiones u oficios reservados absolutamente a los hombres por la mayor fuerza material que exigen o por la creación superior que piden y que la mujer no alcanza. Grupo B: Profesiones u oficios reservados enteramente a la mujer, por su facilidad física o por su relación directa con el niño. Grupo C: Profesiones u oficios que pueden ser servidos indiferentemente por hombres o mujeres” (p.46).

“Yo no deseo a la mujer como presidenta de Corte de Justicia, aunque me parece que está muy bien en un Tribunal de Niños. El problema de la justicia superior es el más completo de aquí abajo; pide una madurez absoluta de la conciencia, una visión panorámica de la pasión humana, que la mujer casi nunca tiene. (Yo diría que jamás tiene)” (p.46).

“A pesar de Juana de Arco, sí, a pesar: la pobrecita doncella de Francia, marca con su actuación una hora en que el hombre ha debido estar envilecido no sé hasta qué límite. La peor cosa que puede ocurrirle a una mujer en este mundo, es representar con su maravilla la corrupción del hombre, su guía natural, su natural defensor, su natural héroe” (p.46).

“La mujer no tiene colocación natural –y cuando digo natural, digo estética- sino cerca del niño o de la criatura sufriente, que también es infancia por desvalimiento. Sus profesiones naturales son las de maestra, médico o enfermera, directora de beneficencia, defensora de menores, creadora en la literatura de la fábula infantil, artesana de juguetes, etc.” (p.48).

“Y este regreso empieza a ser urgente” (p.51). (Solo en esta ocasión, las cursivas son mías).

Se me podrá alegar que Mistral habla en las primeras décadas del siglo XX, mientras mi análisis cuenta con herramientas teóricas brindadas por el feminismo de los setenta en adelante. Es cierto. Pero justamente de eso se trata. Una cosa es situar a la poeta en su contexto y otra, socializarla desde nuestro presente, interpretándola según nuestras necesidades políticas actuales. Y como dije al principio de este texto, mi crítica directa es hacia el actual lesbianismo activista que levanta íconos sin darles un contenido ideológico más acabado.

Ahora bien, si situamos a Mistral en su contexto, es decir, 1927, en Francia, porque allí escribe estos artículos, descubrimos que las ideas del feminismo, de ese feminismo sufragista, impregnan la discusión política de su tiempo. Justamente, lo que hace la autora es dialogar, responder a las acusaciones que se le han hecho sobre su antifeminismo. Es decir, sus ideas acerca del tema son totalmente contingentes. Pero la poeta no es cordial con sus contemporáneas rebeldes, quienes, a veces, según afirma, le dan “más piedad que irritación” u observa “mirando las luchas femeninas, que la mujer es el peor enemigo de la mujer” y “cuando la mayoría de nuestras feministas hable esta lengua de senado de mujeres, cargado de respeto, yo creeré en que son capaces de suceder al hombre en la política y estaré incondicionalmente con ellas” (p.53).

Efectivamente, cuando Mistral escribe estos textos, ya se había formado en 1913 el Centro Belén de Zárraga en cuyo ideario se cuestionaba insolentemente la institución del matrimonio y esto ocurría en Iquique, o en 1922, también en nuestro país, se había armado el Partido Cívico Femenino que apostaba por la autonomía política de las organizaciones de mujeres(4). Es decir, comparto el cuestionamiento contra el proyecto de la igualdad, pero no desde la mirada misógina de Mistral, puesto que, más allá del fracaso de dicho proyecto, esas mujeres demostraron seriedad en sus luchas, fueron radicalmente igualitaristas y significó, para muchas, costos de silenciamientos y persecuciones(5), como las de la revolución francesa o el movimiento preciosista.

Aunque hayan pretendido, equivocadamente algunas, igualarse a los hombres y su sistema cultural, la radicalidad de la lucha de estas feministas de las primeras décadas del siglo XX y también de los siglos precedentes, se fundamentaba en una visionaria ruptura del género: salirse de las tareas tradicionalmente asignadas a la feminidad, por lo tanto, combatir la naturalización y el esencialismo de la desigualdad entre los sexos. Teóricamente, entonces, anteceden la segunda ola feminista que, en los setenta, usará dicha categoría de estudio para argumentar que la feminidad es una construcción sociocultural del patriarcado.

En definitiva, en su contexto y en el nuestro hoy, Mistral es, en cuanto a su posición respecto del feminismo, las mujeres y –por qué no- del lesbianismo, ideológicamente conservadora y heterosexual.

2008.

*Este texto lo comentaron en una publicación de la Coordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual (CUDS). Entre las primeras personas con quienes lo socialicé, estaban Sandra Lidid (escritora y feminista autónoma) y Margarita Pisano.

Compré casualmente el libro que reúne ensayos de Mistral que hablan sobre las mujeres y el feminismo, y me inspiré a realizar este análisis.

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  1. El Movimiento Rebelde del Afuera es un grupo feminista, formado por la feminista radical Margarita Pisano y, en consecuencia, ideológicamente sustentado en su teoría y praxis políticas.
  2. Mistral, Gabriela, 1998: La tierra tiene la actitud de una mujer. Selección y prólogo de Pedro Pablo Zegers. Ril Editores, Chile.
  3. Rivera, María Milagros, 1994: Nombrar el mundo en femenino. Icaria, Barcelona.
  4. Kirkwood, Julieta, 1986: Ser política en Chile. FLACSO, Santiago.
  5. La misma Elena Caffarena, sufragista chilena, en una entrevista que le hace Diamela Eltit, relata cuántas puertas le cerraron por su lucha feminista. En Eltit, Diamela, 2000: Emergencias. Escritos sobre literatura, arte y política. Editorial Planeta, Chile.

La mentirosa

…ya no me aguanto una mentira más…
(Celeste Carballo)

Las mujeres nos mentimos a nosotras mismas, porque hemos sido adoctrinadas por la civilización de los hombres para mentir con nuestros cuerpos, y no nos han dejado salida. Adrienne Rich dice que “nos han exigido decir diferentes mentiras en diferentes tiempos, en función de lo que los hombres de cada tiempo necesitaban escuchar”. Históricamente, hemos fingido orgasmos y placer, basta hoy mirar el reggaeton o la pornografía. Allí está la simulación del placer mientras varios hombres torturan sexualmente a una mujer. Nos han mentido sobre nuestra sexualidad. Han dicho muchas cosas falsas sobre nuestra menstruación, sobre el parto, sobre nuestros orgasmos, la masturbación, nos han cortado el clítoris y han usado nuestras vaginas para parirles hijos y, principalmente, hijas obedientes.

Hemos mentido con la ropa y el maquillaje para ser coquetas y deseadas, con sonrisitas y silencios. Hoy mentimos con la cirugía y el recauchaje, “nos tenemos que enchular”: teñir las canas, alisar las arrugas, cortarnos los pelos compulsivamente. Los tacones altos y agujas son otra burda mentira (vitrinas llenas), las piernas no se estilizan y tampoco se trata de “saber llevarlos”, el resultado son espaldas y piernas chuecas, y la fealdad de un caminar en constante desequilibrio (hasta las modelos se caen de bruces en las pasarelas varias veces), como si no tuviéramos suficiente con caminar por la cuerda floja simbólica que nos han impuesto. La cuerda floja -dice un libro feminista- es el camino por donde nos toca transitar, en el miedo de si resbalo para un lado, soy una cartucha; y si resbalo para el otro, soy una puta (y siempre las dos son culpables). Evitando los estereotipos femeninos, no caminamos nunca por suelo firme, y finalmente siempre somos interpretadas desde las proyecciones y fantasías de los hombres, basta con leer la literatura de los grandes escritores (llenos de nobeles) y de los no tan grandes también; basta con mirar la televisión y la publicidad en manos masculinas.

Hemos vivido engolosinadas con la gran mentira del príncipe o princesa azul, de la media naranja, del amor para siempre, del amor de la vida. Esta gran mentira es la que nos ha impedido el ser pensantes, puesto que nos sumerge en el juego sadomasoquista del amor, y nuestras energías humanas mueren absorbidas en este cuento infantil, cuento de terror:

– Nos han mentido con el amor consanguíneo, con el amor al prójimo, a los hermanos, a los padres, a los hijos, en la hipocresía del amor patriarcal y cristiano hacia la familia, ¡mentira!

– El amor es el centro de la vida de las mujeres, ¡mentira!

– Las mujeres somos las que sabemos amar, ¡mentira!

– La maternidad dura para siempre, ¡mentira!

– La maternidad es un instinto femenino, ¡mentira!

La feminidad es otra gran mentira, quizás es la más, porque es un invento de los hombres: el ropaje de la misoginia. Nos hemos tragado el cuento de que la feminidad nos pertenece y es parte de nuestra naturaleza, ¡mentira!

Así nos han mantenido subsumidas en la completa ignorancia de nuestras existencias, divididas entre nosotras, en la competencia y en la envidia. Así nos han mantenido viviendo en función de los demás, en función de ellos, “los superiores”, jamás de nosotras mismas: la más naturalizada de las enajenaciones es la nuestra.

Nos han mentido con la Historia. Nos han dicho que la historia es de la humanidad, ¡mentira!, porque solo es de ellos. Nosotras no estamos en la historia, salvo algunas cuantas subidas al “carro de la victoria” por ellos mismos y como ellos han querido. Dónde está nuestra historia de rebeldías, dónde está la historia concreta de la violencia contra nuestros cuerpos. Qué referentes de mujeres pensantes y valientes tenemos a la mano. Vivimos en el vacío de la historia; no nos han dejado construir una genealogía visible y continua que nos arroje luz para no seguir mintiéndonos. Más radical aún, nos han dicho que somos parte de la humanidad cuando hemos sido excluidas como humanas y solo incluidas como femeninas. Esta cultura es la civilización de los hombres, creada por ellos y para ellos, bajo el signo del amor-admiración entre ellos y del odio-desprecio entre nosotras.

¿Y el feminismo vigente, qué? Solo es parte del entretejido mentiroso patriarcal, porque nos ha mentido con la Igualdad. Nos ha dicho que con la consecución de la igualdad seremos más libres, ¡mentira! No somos iguales a los hombres y nos debería dar asco acceder a su cultura. Nos han dicho que humanizaremos los espacios masculinistas con nuestra sola presencia y por tener vaginas, ¡mentira! Y felices vamos “ganando igualdad”, sintiéndonos orgullosas de ser tan capaces como ellos, demostrándoles que somos tan capaces como ellos. La igualdad es un remedo de libertad, un remedo frívolo de rebeldía, que nos sumerge más aún en la mentira de nuestros cuerpos, en la ignorancia de quiénes somos. Y todas se sienten liberadas y exitosas porque juegan fútbol como ellos, tienen sexo y aman como ellos, hacen música como ellos, hacen ciencia como ellos, hacen filosofía como ellos, hacen política como ellos. Siempre repito la frase de Carla Lonzi que dice que la igualdad ha borrado más profundamente nuestros intentos auténticos de libertad, la búsqueda honesta de una historia propia. La igualdad borra nuestra creatividad, nuestra capacidad de imaginación e invención de otra cultura con otro sentido del deporte, de la música o de la filosofía.

Y hoy están de moda las mentiras de las políticas queer y del feminismo posmoderno, que nos cortan simbólicamente el clítoris y reivindican el ano como centro de placer y equidad entre las diversidades sexuales. Cada vez las mentiras se van haciendo más profundas e invisibles, cada vez las mujeres se sienten más orgullosas de falsos avances: ¡luces de gas sobre nuestras miradas! El feminismo posmoderno no es más que una licencia intelectual –como dice Sheila Jeffreys- para reforzar lo femenino y lo masculino, para reforzar que sigamos mintiendo con nuestros cuerpos; es una licencia intelectual para encubrir nuestra incapacidad de ser consecuentes con nuestras políticas, para usar tacones y ser una gran intelectual del género, para vestirme de hombre y pensar que rompo los géneros; en definitiva, es una licencia intelectual para no pensarnos. Como dice Fernando Franulic (mi hermano), es el uso de los teóricos posmodernos para darles rienda suelta al bisturí y al negocio de la medicina. Nos falta comprender en profundidad que nuestro pendiente político e histórico es resimbolizarnos a nosotras mismas, sin préstamos ideológicos masculinos.

El patriarcado es un entretejido ideológico de mentiras para mantenernos subsumidas a su servicio: esta es la piedra angular, la opresión primaria. A su haber, cuenta con la gran mentira delirante de dios y de todas las religiones paridas por los hombres. Nos han mentido, y nosotras mentimos para sobrevivir, para ser queridas y aceptadas, y nos mentimos a nosotras mismas. Sin embargo, como dice Rich, “la mentirosa lleva una existencia de soledad intolerable. La mentirosa tiene miedo”. Y nos mentimos entre nosotras, en lo privado y lo público. Cómo vamos a relacionarnos sin prácticas de dominio, chantaje y manipulación si no tomamos conciencia profundamente de todas estas mentiras (conciencia que debiera surgir tanto en la soledad como en el colectivo político), si no recuperamos una historia desde una visión lúcida y realista, si no asumimos todo lo que hay en nosotras de servicio, de obediencia, de esclavitud, de dominio, de arribismo, de prejuicios, de misoginia. Otra vez cito a la Rich: “cuando una mujer dice la verdad está creando la posibilidad de que haya más verdad alrededor de ella”.

Verano del 2012.

*Este texto está en proceso de ser publicado en la revista estadounidense Sinister Wisdom, de lesbofeminismo radical.

2012

La idea perversa de dios y la culpa

Culpable, sos la única culpable,
yo te acuso y te maldigo (…)
Voy a crucificarte y a quitarte la razón… (Vicentico)

La perversa idea de dios –cuento infantil, cuento de terror- es una invención patriarcal que, entre otras materialidades temibles, instala la ideología de la culpa como dispositivo para mantenernos a las mujeres atrapadas en la obediencia a los hombres y a su sistema de creencias y valores. La culpa nos hace cómplices, aparentemente voluntarias, del sexo reproductivo, el amor obligatorio y consanguíneo de la familia y la pareja, la institución de la heterosexualidad compulsiva y de la romántica “media naranja”. Desde la ideología de la culpa, se refuerza el sacrificio, el “dar hasta que duela”, el “poner la otra mejilla”, el amor eterno e incondicional. En fin, todas las mentiras de la era civilizatoria del Hombre.

En la memoria de nuestros cuerpos, se escuchan los quejidos lacerantes de las monjas azotando sus espaldas y derramando su sangre “impía” en un claustro del siglo XVII, lúgubre, mientras Sor Juana Inés de la Cruz firma “Yo, la peor de todas”. En nuestros cuerpos, vive la madre sancionada por desnaturalizada e inmovilizada por la amenaza ineluctable de la “mala madre”; también la Eva culpable de los pecados de la humanidad y el “parirás con dolor”. Somos las brujas quemadas vivas en la hoguera –en manos de la Inquisición- por poseer saberes y por lesbianas. Somos las mujeres de la revolución francesa muertas en el cadalso por sacar la voz en lo público y organizar la rebelión; y todas las mujeres perseguidas, violadas y asesinadas por pensar y rebelarse, o bien, para que no piensen ni se rebelen, ni antes ni ahora. Así, la culpa se enraíza en el miedo profundo y sin nombre al castigo, que paraliza y (nos) mantiene (en) el “statu quo”.

Este miedo -y su pesada realidad- nos impide vivir libremente, asumirnos humanas completas en nosotras mismas, diseñar la vida que se nos plazca y trazar nuestros propios límites, porque interviene en nuestro cuerpo, haciéndole perder la pista a la autenticidad de nuestros deseos. De manera feroz, la ideología de la culpa –producida en femenino- boicotea la autonomía política de las mujeres; es decir, la acción legítima, necesaria y urgente de abandonar todo referente masculino para pensar-nos. La misoginia de los “grandes pensadores” no nos sirve. El misógino de Nietzsche se pregunta: “¿Cuándo cesaremos de ser oscurecidos por todas esas sombras de Dios?”. Pero matar a dios no nos basta, no es suficiente para nosotras. La era civilizatoria del Hombre es la civilización de los creyentes (Pisano), lo que va más allá de la religión y la laicidad. No podemos decir que el patriarcado ha muerto, pero ya es imposible apartar la vista de la rotunda verdad de su fracaso.

2013.

*Este texto lo publiqué en mi Facebook y fue traducido al italiano por Anita Silviano.

 

La experiencia común de las mujeres. Notas sobre diferencia sexual

“¿Quién apalea a las focas? Que yo sepa, hombres; ¿quiénes están destruyendo bosques y selvas? Hombres; ¿quién dirige todo el comercio mundial de armamento? También hombres; ¿en manos de quiénes están las riquezas de la tierra? Pues el 98% está en manos de hombres y sólo un 2% corresponden a las mujeres (…) En la prostitución ‘infantil’ el 90% son niñas y los beneficiarios en un 100% hombres también. ¿Existe, pues, el ‘sujeto universal’ que representa al ‘género humano’ indistintamente? Definitivamente, no” (Victoria Sendón de León, 2000).

Las autoras del feminismo radical de la diferencia, cuando se refieren a “las mujeres”, aluden a la experiencia común de las mujeres, no a la idea de que sea un grupo homogéneo, esto se da por descontado. Es esta experiencia común la que constituye la diferencia sexual y su fuerza creativa. Lo común es transversal a las desigualdades de raza, de clase, etarias, étnicas, entre otras. Es transversal y primario. Esto quiere decir que una mujer afrodescendiente, una mujer burguesa, una mujer campesina, una mujer profesional, etc., si bien viven realidades que difieren radicalmente, todas comparten la experiencia común de la ausencia de referentes propios, lo cual las sitúa, en sus diversos contextos vitales, en un lugar de vulnerabilidad existencial.

La ausencia de referentes propios se despliega en la totalidad de la vida de las mujeres. Esto quiere decir que las definiciones del mundo han sido construidas, durante varios milenios, por el colectivo de varones, cuya concepción de la realidad ha marcado las ciencias, la filosofía, la Historia, la justicia, las religiones, el pensamiento político, la educación, el deporte, el arte, la literatura y la lengua. Asimismo, ha perpetuado instituciones como la iglesia, el estado, el tribunal, el ejército, la escuela, la academia, los medios de comunicación, los partidos políticos, la familia, el matrimonio, la heterosexualidad obligatoria y la maternidad. La participación de las mujeres, en estos campos simbólicos y materiales patriarcales, ha adoptado dos formas: la de la mujer individual que se destaca de manera excepcional y, la más normativa, la de las mujeres como colaboradoras de los hombres (una colaboración en distintas esferas de la vida, muy eficiente y desde la sombra). Incluso la participación creadora, destacada o protagónica de las mujeres, ya sea individual o colectiva, continúa siendo secundaria en tanto refuerza, mejora o resuelve los espacios ya constituidos por la visión del mundo masculina, su lógica y sus reglas. Estas dos formas de participación las observamos en la práctica diaria, pero también las heredamos de los relatos androcéntricos de la Historia y de las diferentes tradiciones de pensamiento.

Las definiciones masculinas producen la realidad hegemónica para percibir, conceptualizar y actuar sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres, sus modos de ser y comportarse, de sentir y de pensar. La feminidad, el ser femeninas o el comportarse de manera femenina no es propio de la naturaleza de las mujeres; es una construcción simbólica del colectivo de varones y todos los espacios de la civilización (instituciones e ideologías), arriba mencionados, promueven dicha configuración. La masculinidad, a su vez, es un conjunto de significaciones que los hombres han elaborado para sí mismos. Así, el orden simbólico masculino/femenino constituye una unidad complementaria en la jerarquía y, por lo mismo, dicotómica. Esto es, lo femenino representa lo NO masculino, en consecuencia, se conforma como negación. Sin embargo, lo masculino, que representa lo que ES, lo necesita para completarse; lo femenino es su condición de existencia (Violi, 1991).

En este sentido, las teóricas del feminismo radical afirman que lo masculino se ha auto-concedido la representación del género humano. Pisano (2001) plantea que los hombres se han apropiado de las condiciones de lo humano, vale decir: pensar, hablar, crear símbolos y valores, producir conocimientos y cultura; y han relegado a las mujeres al plano de lo no pensante. Por esta razón, conceptos como la universalidad, la neutralidad o la objetividad son falacias, pues ocultan el sesgo masculino que ha determinado, históricamente, los productos de su civilización.

De lo anterior se desprende que la lógica imperante de la cultura patriarcal es la inclusión en el dominio (no existe otro tipo de inclusión) y los cortes dicotómicos operan dentro de esta. Estos cortes simbólicos constituyen una extensión de la división primaria masculino/femenino e impregnan todos los ámbitos de la cultura: mente/cuerpo, objetivo/subjetivo, público/privado, cultura/naturaleza, racional/irracional, normal/anormal, entre otros (Violi, 1991). Las desigualdades de clase, raza, etarias u otras son construcciones socioculturales motivadas por la misma lógica. En este sentido, Rivera (1994) señala que, en el patriarcado, rige el régimen del uno y la salida política sería crear una cultura fundada en el régimen del dos, por lo tanto, no jerárquica y no complementaria, que diera cabida a la multiplicidad de la vida y no a la homogeneidad de la misma, menos aún al dominio. Esta tarea cuenta con más posibilidades de ser desarrollada por las mujeres, cuya potencialidad radica en que el régimen del uno las niega como diferencia primaria.

Tomando en cuenta todo esto, las feministas radicales de la diferencia consideran que el patriarcado es una civilización fracasada (Lonzi, 1981; Pisano, 2012). Por lo tanto, rechazan la demanda de igualdad entre hombres y mujeres, lo cual implica el deseo de estas de ser legitimadas por aquellos y la necesidad de acceder y pertenecer a sus instituciones. Lonzi (1981), fundadora del feminismo de la diferencia italiano, afirma en 1970 que la igualdad es el nuevo ropaje con el que se disfraza la inferioridad de las mujeres, quienes no debiesen participar de la gran derrota del Hombre. Asimismo, el análisis político y teórico basado en el género, y desarrollado por los estudios de género en las universidades, comprende la misma falla. Implica permanecer en la construcción simbólica que los hombres han elaborado sobre sí mismos y sobre las mujeres, es decir, el análisis queda atrapado en la unidad masculino-femenina. Aun cuando se estipulen alternativas de salida desde este lugar (si es que las hay), para las feministas radicales de la diferencia, están destinadas a fracasar, porque no abandonan la lógica que ha dado origen a la misma opresión de la que se intentan liberar.

En cambio, la fuerza creativa de la diferencia sexual radica en la exclusión de las mujeres, en la ausencia de referentes propios, puesto que la inclusión sucede en tanto reproducen el orden simbólico de la feminidad. Lonzi (1981) afirma que la diferencia de las mujeres consiste en haber estado ausentes de la Historia durante miles de años y conmina a aprovecharse de dicha diferencia. Woolf (2003) en Un cuarto propio piensa que es peor ser metida dentro (de iglesias y bibliotecas) que ser excluida. Cabe aclarar en este punto dos cosas. La primera es que en ningún caso se apela a una esencia o naturaleza de algo, es decir, la exclusión e inclusión son situaciones históricas, enmarcadas en los límites conocidos del contexto sociocultural vigente. La segunda es que tampoco existe una separación clara y tajante entre un adentro y un afuera, porque la diferencia sexual funciona como una bisagra.

Como plantea Violi (1991), la diferencia sexual es una realidad que ya ha sido semiotizada, en consecuencia, para las mujeres, lo que permanentemente se ha dicho sobre ellas constituye un punto de partida, pero, al mismo tiempo, cuentan con la posibilidad de abrir una brecha con nuevos contenidos que pueden darse a sí mismas y que escapen del orden patriarcal. A propósito de esto último, Lonzi (1981: 17) señala que la diferencia sexual contiene el principio existencial que afirma que ningún ser humano y ningún grupo “deben ser definidos por referencia a otro ser humano o a otro grupo”. Esto quiere decir que las mujeres no deben seguir siendo definidas ni malinterpretadas por los hombres, pero además, cada mujer debe encontrar, de acuerdo a sus vivencias y su contexto vital, las pautas para su propio sentido de la existencia.

Desde la ausencia de referentes se puede construir el régimen del dos, porque esta ausencia no es muda. Las feministas radicales invitan a las mujeres a sacar a la luz los sentidos que guarda el silencio, invitan a profundizar en este para hablar y escribir (Rich, 1983; Lorde, 2003). Siguiendo a Bengoechea (1993), quien extrae de la teoría feminista de Adrienne Rich una propuesta lingüística, estos silencios se anclan especialmente en tres ámbitos de la vida de las mujeres: la Historia, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. En estos tres ámbitos descansaría la principal ausencia de referentes.

Como señalamos antes, la Historia es un relato androcéntrico, y por lo mismo, controlado y sesgado. Asimismo sucede con la tradición de pensamiento filosófico y político. En ambos discursos se observa la presencia mayoritaria y abrumadora de los hombres. Las acciones y los pensamientos de las escasas mujeres, que son incluidas en estos relatos, son socializados en el orden simbólico de la feminidad, ya sea porque predominantemente reprodujeron este mandato en sus vidas, o bien, si no lo encarnaron o no lo encarnaron del todo, han sido igualmente interpretados desde dicha perspectiva, seleccionando aquellos que le son más funcionales y útiles a la cultura patriarcal. Frente a esto, las autoras del feminismo radical de la diferencia proponen descubrir a las mujeres que, a lo largo de la historia, organizadas o individualmente, por sus acciones o ideas, han resistido o se han rebelado a los mandatos de la civilización androcéntrica, otorgándose significados propios y definiendo sus vidas fuera de los parámetros e instituciones establecidos. También proponen re-socializar a aquellas que ya han sido relatadas y tergiversadas por la visión masculina para conocerlas con profundidad y/o recuperarlas. Indagar en el silencio de la historia de las mujeres no debe entenderse ni debe constituirse como una acción compensatoria, al contrario, es fundamental para comprender, con una mirada amplia, el mundo y la cultura. Con otras palabras, la historia de las mujeres es la historia de la humanidad, es decir, no debe proyectarse como un relato paralelo, sino, como aquel que ha estado ausente, imposibilitando comprender en profundidad el pasado.

Los otros dos silencios, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas, están estrechamente conectados; prácticamente es uno solo que se bifurca. Ya se ha dicho que la feminidad es una construcción simbólica del patriarcado, por lo tanto, las mujeres nacen en un mundo donde los referentes más accesibles y presentes para percibirse a sí mismas son los proyectados por las fantasías, las representaciones, los deseos, las perversiones y los miedos masculinos. El desafío, entonces, consiste en que las mujeres se re-simbolicen a sí mismas (Rivera, 1994) o, como plantea Pisano (1996), se simbolicen como humanas, porque, según esta autora, el epítome de la feminidad es lo NO humano, que se entiende como lo no pensante. Con este fin, las mujeres deben tomar consciencia y verbalizar sus propias necesidades y experiencias, así como ponerle atención a la información emanada de sus cuerpos, las comodidades e incomodidades, y dejar de hacerles caso omiso a sus sensaciones, percepciones y sentimientos. Ahora bien, este proceso autoconsciente requiere de soledades, pero también del vínculo con otras mujeres. No obstante, los lazos entre las mujeres han sido intervenidos de manera sistemática en la cultura patriarcal.

Nacer mujer en el patriarcado conlleva una connotación de inferioridad, desprecio y desconfianza. En este sentido, la misoginia, que es el odio contra las mujeres, no solo se expresa en los hombres hacia las mujeres, sino también, en las mujeres consigo mismas y con sus congéneres. En una cultura androcéntrica, lo valorado, admirado y respetado es lo masculino y sus productos. Además, como la creación de la sociedad ha estado en manos de los hombres, estos han adquirido la práctica de trabajar, pensar y producir juntos, de formar equipos, partidos políticos, cofradías, etc., y también de hacer la guerra, colonizar pueblos, depredar la naturaleza, entre otras nobles acciones. A las mujeres se las ha mantenido divididas entre sí en la búsqueda de que un varón las legitime o bajo su custodia (padre, hermano, esposo, jefe, profesor, compañero de lucha o, de manera más abstracta, la institución) y encerradas en el cautiverio del trabajo doméstico, aun cuando accedan al espacio público. La obediencia al orden de lo femenino implica transformarse en la condición de existencia de lo masculino.

Al igual que sucede con la historia, los vínculos entre mujeres, aquellos que rompen el orden de lo femenino, han sido silenciados. Según Rich (1986), las mujeres, en diferentes épocas y lugares, han construido asociaciones entre sí para rebelarse al yugo de los hombres o, al menos, para resistir a este. La autora denomina “continuum lesbiano” a esta corriente subterránea de lazos entre mujeres a lo largo de la historia. El concepto no se reduce solo a las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres, sin embargo, “la sensualidad erótica (…) ha sido, precisamente, el hecho más violentamente eliminado de la experiencia femenina” (Rich, 1986: 71). De manera similar, Pisano (2001) plantea que el lesbianismo posee potencialidad política al desafiar el orden de la sexualidad reproductiva y del amor romántico amoroso, posibilitando que las mujeres se sanen de su misoginia interna mediante “el amor al propio reflejo”.

Otro punto de vista en este ámbito es aquel que afirma la necesidad de re-simbolizar la relación entre madres e hijas, puesto que este vínculo ha sido interrumpido por la presencia del Padre: su falo, su voz y su ley. La madre es la primera mujer con quien otra mujer tiene contacto y es su igual. Según Muraro (1994: 43), es ella quien da la vida y, junto a esto, “aire y respiración, indispensables para la fonación”, en consecuencia, es quien también enseña a hablar. No obstante, la lengua se institucionaliza y es la lengua androcéntrica la que se hereda, aun cuando se denomine “lengua materna”. Asimismo, el lazo amoroso entre madres e hijas es intervenido por la institución de la heterosexualidad obligatoria que comienza a operar a edad temprana. Este hecho produce una carencia afectiva profunda en las hijas, que se extiende hasta la adultez; no así en los varones quienes continuarán recibiendo los servicios emocionales de otras mujeres (esposas, amantes, hermanas, hijas) (Eichenbaum & Orbach, 1988).

Para Rich (1987), la maternidad tiene doble significado. Por un lado, es una institución patriarcal. Por el otro, es una experiencia única entre cada madre y cada hija. Como institución, las madres cumplen la función social de reproducir el sistema de valores del patriarcado. En este sentido, Pisano (1996) habla de la “traición de la madre”, que marcaría las relaciones misóginas entre mujeres, la desconfianza y el miedo a ser traicionadas por una otra. Si la maternidad se considera como experiencia única entre cada madre y cada hija, aunque se carezca de palabras y referentes, cuenta con la capacidad de ser re-significada.

Todas las acciones de re-simbolización que he descrito hasta ahora: de la historia de las mujeres, de las mujeres consigo mismas, de las mujeres entre sí, del lesbianismo y del vínculo con la madre, así como la búsqueda y el descubrimiento de una historia de rebeldías y de los lazos rebeldes entre mujeres a lo largo de la historia, cuyas expresiones escapan de la unidad patriarcal masculino-femenina, tienen la intención de intervenir radicalmente el mundo para que en este exista el régimen del dos. Esto es, la pluralidad frente a la unilateralidad, la diferencia frente a la jerarquía, la horizontalidad frente al dominio, la libertad frente al sacrificio, el desprendimiento frente a la posesión, el movimiento frente a la rigidez, la apertura frente a la sanción, el amor propio frente al amor al prójimo (Savater, 2008), el libre pensamiento frente al dogma, entre muchos otros. En definitiva, la vida (el nacimiento) frente a la muerte (Arendt, 2003). En este sentido, el feminismo radical de la diferencia no solo es una teoría filosófica o un cuerpo de conocimientos, también es una actuancia política.

Entre las prácticas políticas de la diferencia sexual, el affidarse una mujer a otra se considera de importancia vital para realizar proyectos creadores, grandes y originales. El affidamento es la relación de una mujer que se confía a otra para poder actuar en el mundo con una adscripción simbólica mediada por su igual. Se inscribe en una genealogía de pensamiento de mujeres. La mediación que una mujer realiza entre su igual y el mundo, para darle sentido a este, permite que cada una proyecte libremente su propia existencia.

Por esta razón, una relación de affidamento no se asimila a una del tipo maestra/discípula o a cualquiera que establezca un verticalismo o jerarquía, pues esto es fuente de anulación para la diferencia existencial, pérdida fundamental de libertad e inevitable escisión entre ser cuerpo y ser palabra. El reconocimiento de la autoridad de otra mujer (en el sentido de augere, hacer crecer) es radicalmente distinto a la identificación jerárquica. (Bofill (Dir.), 1991; Rivera, 1994).

En síntesis, por un lado, la experiencia común de las mujeres, su diferencia sexual, consiste en la ausencia de referentes propios, en especial en tres ámbitos vitales: la historia, los lazos entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. Esta ausencia de referentes se explica por razones culturales e históricas, y en ella subyace la fuerza política y creativa del feminismo radical de la diferencia. La búsqueda, descubrimiento y construcción de referentes propios se realiza en un diálogo entre las expresiones extrasistemáticas de las mujeres y las representaciones de lo femenino, considerado una realidad semiotizada por el patriarcado. Esto quiere decir que las mujeres nacen en un mundo donde la diferencia sexual ya está inscrita en el imaginario y en la lengua como negación y condición de existencia de lo masculino (Violi, 1991).

Por otro lado, la inclusión del femenino por el masculino conforma una unidad complementaria y jerárquica, que arma una cultura fundada en el establecimiento de categorías dicotómicas para representar el mundo y para construir relaciones sociales (clase, raza, edad), e instala la creencia de un humano genérico que es el Hombre, de la mano de las concepciones de universalidad, neutralidad y objetividad. De esta manera, el patriarcado, regido y perpetuado bajo estos principios, solo ha producido y produce dominio.

Santiago, marzo del 2014.

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Referencias bibliográficas:

Arendt, H. (2003). Entre pasado y futuro. Barcelona: Península.

Bengoechea, M. (1993). Adrienne Rich: Génesis y esbozo de su teoría lingüística. España: Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

Bofill, M. (Dir.) (1991). No creas tener derechos. España: Horas y horas.

Eichenbaum, E.L. & Orbach, S. (1988). ¿Qué quieren las mujeres? Madrid: Editorial Revolución.

Lonzi, C. (1981). Escupamos sobre Hegel. Barcelona: Anagrama.

Lorde, A. (2003). La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y Horas.

Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.

Pisano, M. (1996). Un cierto desparpajo. Santiago: Ediciones Número Crítico.

Pisano, M. (2001). El triunfo de la masculinidad. Santiago: Surada.

Rich, A. (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.

Rich, A. (1986). Blood, bread and poetry. Selected prose 1979-1985. New York: W.W. Norton & C°.

Rich, A. (1987). Nacida de mujer. Barcelona: Noguer.

Rivera, M.M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria.

Savater, F. (2008). Ética como amor propio. Barcelona: Editorial Ariel.

Sendón de León, V. (2000). ¿Qué es el feminismo de la diferencia? [En línea]. Disponible en: http://www.mujeresenred.net/victoria_sendon-feminismo_de_la_diferencia.html

Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.

Woolf, V. (2003). Un cuarto propio. Madrid: Horas y Horas.

El feminismo radical de la diferencia (II)

El feminismo olvida con facilidad su potencialidad política. Y con esto quiero decir, su capacidad de intervenir en el mundo para transformarlo radicalmente. Últimamente, este olvido cuenta con un aparataje intelectual que lo respalda, me refiero a la alianza existente entre los estudios de género y la teoría posestructuralista, lo que se ha dado por llamar feminismo posmoderno o posfeminismo. Dicha alianza ha ido instalando un pensamiento hegemónico que repercute en los distintos espacios feministas y se cuela en sus discursos, desarticulando la legitimidad de la autonomía política de las mujeres.

Para esta perspectiva dominante, “la mujer” no es más que una categoría ficticia del sistema ideológico patriarcal, es solo un constructo social o un discurso, y la apuesta del feminismo consistiría en desmantelar esta ficción. Por lo tanto, para el posestructuralismo, aunar una lucha desde las mujeres pierde total relevancia.

La categoría sexo/género del feminismo anglosajón de la segunda ola fue fundamental para desnaturalizar el eterno femenino patriarcal. La distinción -heredera de la afirmación beauvoiriana “la mujer no nace, se hace”- nos advierte que la feminidad es un constructo cultural diseñado por una civilización androcéntrica y, como tal, posible de ser deconstruido. Así, en sus orígenes, la categoría porta la potencialidad política de romper con el género y subvertir el sistema patriarcal. La feminidad no somos las mujeres, entonces, ¿quiénes somos las mujeres?, ¿somos un sexo?

Afirmar que las mujeres somos un sexo, un cuerpo sexuado, un cuerpo con capacidad reproductiva, cíclico… es una de las declaraciones más controversiales en el debate feminista vigente. Los argumentos en este sentido plantean que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal que encubre la existencia de los intersexos, por ejemplo, y que en su misma formulación contiene la construcción genérica. Además, tomar el sexo como punto de partida implica retrotraernos a un esencialismo biologicista que reduce el análisis político.

Aunque acepte que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal, esto no me conduce a pensar que las mujeres seamos una categoría ficticia. Tampoco manejo la información necesaria sobre las vivencias de los intersexos. Según De Beauvoir, estos constituyen una minoría excepcional. Pero Simone escribió en 1949, sospecho que los estudios al respecto han variado y avanzado mucho. De todos modos, los intersexos propondrán su proyecto político con el cual, si queremos, podremos dialogar y confrontarnos. No obstante, la lucha de las mujeres tiene su propia historia y, desde mi interpretación, la potencialidad política más radical.

Ser un cuerpo sexuado mujer para –y si se quiere, no en– la cultura patriarcal, nos sitúa históricamente. Nuestra propuesta política no pretende ni puede estar deshistorizada, nos interesa desmontar los cimientos de una civilización que cuenta con un inicio –aun cuando este sea incierto- y que, esperamos, tenga un término. Y en el contexto de esta civilización, nacer mujer y nacer varón constituye un dato de la realidad. Ahora bien, esta dicotomía originaria se disuelve en la lógica incluyente del sistema patriarcal que impone su unilateral punto de vista para entender la vida. Con otras palabras, nacemos mujeres para una cultura misógina, que reviste su desprecio hacia nosotras con el orden simbólico de la feminidad y sucumbimos a conformar la parte inferior de un único cuerpo con la masculinidad. Y aunque esta operación sucede en un solo escenario -el sistema patriarcal-, podemos separar y distinguir el hecho de nacer mujeres, del otro hecho: el revestimiento simbólico, ideológico y material de lo femenino, que padecemos.

La historia milenaria de resistencias y rebeldías de las mujeres da cuenta de esta división, porque devela una feminidad impuesta y un sistema de dominio como lo es el patriarcado. Revela la violencia masculina sobre nuestros cuerpos sexuados y el control ejercido sobre nuestra capacidad de dar vida. Y el posfeminismo, al desechar la categoría mujer, arrastra la nefasta consecuencia política de reforzar la ignorancia existente sobre nuestra historia de resistencias y rebeldías, que constituye el más ignoto e intencionado vacío que mantiene esta cultura para perpetuarse. Junto con esto, nos ata de manos para construir políticamente desde nosotras, porque sin conciencia histórica es imposible pensarse y pensar el mundo.

Entonces, nacer mujeres es un dato de la realidad que implica un componente biológico que me parece indiscutible, es decir, somos un cuerpo sexuado; pero este hecho es indisoluble con otro elemento, el histórico: somos seres históricos. Contamos con una memoria histórica y otra, corporal. Cito a la italiana Maria Luisa Boccia: “Si queremos dejar de lado lucubraciones subjetivas sobre el género sexual, el punto nos lleva al análisis y al razonamiento en profundidad sobre el nexo entre biología e historia, entre naturaleza y cultura, entre corporeidad y razón como vínculo imprescindible.”(1)

Una vez aclarado el asunto, a la pregunta ¿quiénes somos las mujeres?, podemos responder que no lo sabemos, puesto que de la frase “las mujeres no somos la feminidad” (Pisano) se desliza el pendiente político de simbolizarnos a nosotras mismas, recuperando nuestros cuerpos junto a la capacidad humana de pensar. Así, mediante la expresión material de un pensamiento político, podremos marcar una dicotomía respecto de la ideología patriarcal que, por ahora y hasta nuevo aviso, conforma los lentes totalitarios para mirar el mundo, interpretar la realidad y construir lenguaje.

2010.

*Envié este texto a la revista lésbica guatemalteca Imagina, pero no lo publicaron.

 

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  1. En Debate feminista, año I, vol. 2, septiembre 1990. “El feminismo en Italia”. Editorial: Marta Lamas, México.