La mentirosa

…ya no me aguanto una mentira más…
(Celeste Carballo)

Las mujeres nos mentimos a nosotras mismas, porque hemos sido adoctrinadas por la civilización de los hombres para mentir con nuestros cuerpos, y no nos han dejado salida. Adrienne Rich dice que “nos han exigido decir diferentes mentiras en diferentes tiempos, en función de lo que los hombres de cada tiempo necesitaban escuchar”. Históricamente, hemos fingido orgasmos y placer, basta hoy mirar el reggaeton o la pornografía. Allí está la simulación del placer mientras varios hombres torturan sexualmente a una mujer. Nos han mentido sobre nuestra sexualidad. Han dicho muchas cosas falsas sobre nuestra menstruación, sobre el parto, sobre nuestros orgasmos, la masturbación, nos han cortado el clítoris y han usado nuestras vaginas para parirles hijos y, principalmente, hijas obedientes.

Hemos mentido con la ropa y el maquillaje para ser coquetas y deseadas, con sonrisitas y silencios. Hoy mentimos con la cirugía y el recauchaje, “nos tenemos que enchular”: teñir las canas, alisar las arrugas, cortarnos los pelos compulsivamente. Los tacones altos y agujas son otra burda mentira (vitrinas llenas), las piernas no se estilizan y tampoco se trata de “saber llevarlos”, el resultado son espaldas y piernas chuecas, y la fealdad de un caminar en constante desequilibrio (hasta las modelos se caen de bruces en las pasarelas varias veces), como si no tuviéramos suficiente con caminar por la cuerda floja simbólica que nos han impuesto. La cuerda floja -dice un libro feminista- es el camino por donde nos toca transitar, en el miedo de si resbalo para un lado, soy una cartucha; y si resbalo para el otro, soy una puta (y siempre las dos son culpables). Evitando los estereotipos femeninos, no caminamos nunca por suelo firme, y finalmente siempre somos interpretadas desde las proyecciones y fantasías de los hombres, basta con leer la literatura de los grandes escritores (llenos de nobeles) y de los no tan grandes también; basta con mirar la televisión y la publicidad en manos masculinas.

Hemos vivido engolosinadas con la gran mentira del príncipe o princesa azul, de la media naranja, del amor para siempre, del amor de la vida. Esta gran mentira es la que nos ha impedido el ser pensantes, puesto que nos sumerge en el juego sadomasoquista del amor, y nuestras energías humanas mueren absorbidas en este cuento infantil, cuento de terror:

– Nos han mentido con el amor consanguíneo, con el amor al prójimo, a los hermanos, a los padres, a los hijos, en la hipocresía del amor patriarcal y cristiano hacia la familia, ¡mentira!

– El amor es el centro de la vida de las mujeres, ¡mentira!

– Las mujeres somos las que sabemos amar, ¡mentira!

– La maternidad dura para siempre, ¡mentira!

– La maternidad es un instinto femenino, ¡mentira!

La feminidad es otra gran mentira, quizás es la más, porque es un invento de los hombres: el ropaje de la misoginia. Nos hemos tragado el cuento de que la feminidad nos pertenece y es parte de nuestra naturaleza, ¡mentira!

Así nos han mantenido subsumidas en la completa ignorancia de nuestras existencias, divididas entre nosotras, en la competencia y en la envidia. Así nos han mantenido viviendo en función de los demás, en función de ellos, “los superiores”, jamás de nosotras mismas: la más naturalizada de las enajenaciones es la nuestra.

Nos han mentido con la Historia. Nos han dicho que la historia es de la humanidad, ¡mentira!, porque solo es de ellos. Nosotras no estamos en la historia, salvo algunas cuantas subidas al “carro de la victoria” por ellos mismos y como ellos han querido. Dónde está nuestra historia de rebeldías, dónde está la historia concreta de la violencia contra nuestros cuerpos. Qué referentes de mujeres pensantes y valientes tenemos a la mano. Vivimos en el vacío de la historia; no nos han dejado construir una genealogía visible y continua que nos arroje luz para no seguir mintiéndonos. Más radical aún, nos han dicho que somos parte de la humanidad cuando hemos sido excluidas como humanas y solo incluidas como femeninas. Esta cultura es la civilización de los hombres, creada por ellos y para ellos, bajo el signo del amor-admiración entre ellos y del odio-desprecio entre nosotras.

¿Y el feminismo vigente, qué? Solo es parte del entretejido mentiroso patriarcal, porque nos ha mentido con la Igualdad. Nos ha dicho que con la consecución de la igualdad seremos más libres, ¡mentira! No somos iguales a los hombres y nos debería dar asco acceder a su cultura. Nos han dicho que humanizaremos los espacios masculinistas con nuestra sola presencia y por tener vaginas, ¡mentira! Y felices vamos “ganando igualdad”, sintiéndonos orgullosas de ser tan capaces como ellos, demostrándoles que somos tan capaces como ellos. La igualdad es un remedo de libertad, un remedo frívolo de rebeldía, que nos sumerge más aún en la mentira de nuestros cuerpos, en la ignorancia de quiénes somos. Y todas se sienten liberadas y exitosas porque juegan fútbol como ellos, tienen sexo y aman como ellos, hacen música como ellos, hacen ciencia como ellos, hacen filosofía como ellos, hacen política como ellos. Siempre repito la frase de Carla Lonzi que dice que la igualdad ha borrado más profundamente nuestros intentos auténticos de libertad, la búsqueda honesta de una historia propia. La igualdad borra nuestra creatividad, nuestra capacidad de imaginación e invención de otra cultura con otro sentido del deporte, de la música o de la filosofía.

Y hoy están de moda las mentiras de las políticas queer y del feminismo posmoderno, que nos cortan simbólicamente el clítoris y reivindican el ano como centro de placer y equidad entre las diversidades sexuales. Cada vez las mentiras se van haciendo más profundas e invisibles, cada vez las mujeres se sienten más orgullosas de falsos avances: ¡luces de gas sobre nuestras miradas! El feminismo posmoderno no es más que una licencia intelectual –como dice Sheila Jeffreys- para reforzar lo femenino y lo masculino, para reforzar que sigamos mintiendo con nuestros cuerpos; es una licencia intelectual para encubrir nuestra incapacidad de ser consecuentes con nuestras políticas, para usar tacones y ser una gran intelectual del género, para vestirme de hombre y pensar que rompo los géneros; en definitiva, es una licencia intelectual para no pensarnos. Como dice Fernando Franulic (mi hermano), es el uso de los teóricos posmodernos para darles rienda suelta al bisturí y al negocio de la medicina. Nos falta comprender en profundidad que nuestro pendiente político e histórico es resimbolizarnos a nosotras mismas, sin préstamos ideológicos masculinos.

El patriarcado es un entretejido ideológico de mentiras para mantenernos subsumidas a su servicio: esta es la piedra angular, la opresión primaria. A su haber, cuenta con la gran mentira delirante de dios y de todas las religiones paridas por los hombres. Nos han mentido, y nosotras mentimos para sobrevivir, para ser queridas y aceptadas, y nos mentimos a nosotras mismas. Sin embargo, como dice Rich, “la mentirosa lleva una existencia de soledad intolerable. La mentirosa tiene miedo”. Y nos mentimos entre nosotras, en lo privado y lo público. Cómo vamos a relacionarnos sin prácticas de dominio, chantaje y manipulación si no tomamos conciencia profundamente de todas estas mentiras (conciencia que debiera surgir tanto en la soledad como en el colectivo político), si no recuperamos una historia desde una visión lúcida y realista, si no asumimos todo lo que hay en nosotras de servicio, de obediencia, de esclavitud, de dominio, de arribismo, de prejuicios, de misoginia. Otra vez cito a la Rich: “cuando una mujer dice la verdad está creando la posibilidad de que haya más verdad alrededor de ella”.

Verano del 2012.

*Este texto está en proceso de ser publicado en la revista estadounidense Sinister Wisdom, de lesbofeminismo radical.

2012

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