La palabra de la insolencia

La insolencia es pensante, no reaccionaria. No consiste en mostrar las tetas, pintarse el cuerpo, ponerse bigotes o gritar el trasnochado “somos malas, podemos ser peores”. Se trata, más bien, de construir un pensamiento -expresado en gestos, actitudes, relaciones y palabras- que radicalice la mirada crítica para cuestionar el patriarcado desde sus fundamentos, sin ninguna concesión ni complacencia. La puesta en acción de un discurso que se reconoce en la historia de la autonomía política de las mujeres y recupera –en un acto siempre nuevo- sus voces rebeldes. Los argumentos que surgen de una experiencia corporal que es escuchada y percibida como nunca antes. Cuando se abandona el cliché, el lugar común, la idea prejuiciada, la imaginación estereotipada, las convenciones, los lugares sagrados… la obediencia.

Esta insolencia se pierde cada vez que ingresa a la academia. El patriarcado y sus mujeres colaboradoras la matan en ese espacio refrendado por el conocimiento legítimo y por la Ciencia. Así, los referentes teóricos surgidos de un pensar entre mujeres fueron desplazados por los machos posmodernos. El feminismo en lugar de ser una posición, un desde donde, pasó a ser un objeto de estudio. La teoría feminista se trocó por estudios de género. Los estudios de las mujeres se travistieron en estudios de la masculinidad. El lesbianismo lo borró el queer. La visión holista de la teoría feminista trasmutó en despedazamiento temático. Y el feminismo, de lugar político y creativo, se convirtió en uno laboral. (Pisano, 1996).

Las mujeres abandonaron la interlocución con las otras mujeres para buscar la legitimidad del macho académico, pseudolibrepensador. Esta es una de las acciones más autodestructivas. En este gesto renace la obsecuencia, el hablar bajito, el pedir permiso para decir. La palabra desapasionada busca lo políticamente correcto y no incomoda, no remece ni rasguña. La palabra sin cuerpo se encuentra en el argumento cool, en el razonamiento respaldado, en la tesis autorizada. La palabra neutra teje una intertextualidad de siglos: la urdimbre ideológica de las mentiras y los secretos del patriarcado para excluirnos a las mujeres de lo humano y atraparnos en la feminidad.

La palabra se debilita, y surge distante y moderada en la voz de Alejandra Castillo, feminista académica, quien desarrolla sus preocupaciones teóricas sobre el feminismo en una entrevista realizada el 2012 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes del Gobierno de Chile (http://vimeo.com/49331300). La entrevista está inundada de expresiones que actúan atenuando el discurso, atemperándolo, encubriendo cada idea con un manto tibio para no dañar al interlocutor y esperar su reconocimiento: de alguna manera, más bien, de algún modo, podría pensar, podríamos pensar, digamos, podríamos decir, se puede pensar, yo creo, parece, podría estar, podríamos describir, vendría a ser, vendría a hacer, debiese alterar, se piensa necesario, quizás… Las que usa varias veces a lo largo del texto.

Pero no son solo estas expresiones de buenos modales las que manifiestan una relación de poder, también esta se refleja en las ideas, tanto en aquello que Castillo afirma como en lo que oculta. Entonces dice que…

“…artistas visuales como Regina Galindo en Guatemala, cuando en esa performance se escribe en su pierna con un cuchillo ‘perra’, entonces uno se pregunta, bueno, desde una política afirmativa de mujeres, ¿cuál es el objetivo de Galindo que se escribe en su pierna el insulto que genera una subvaloración de las mujeres en el espacio público? (…) es asumir precisamente esa representación subalterna o subvalorada de las mujeres (…) pero no ya recurriendo al lugar incontaminado de las mujeres, pensar a las mujeres como buenas, santas y protectoras, sino que asumir el propio cuerpo como lugar de la inscripción del patriarcado”.

La academia, institución masculinista, abre sus puertas a discursos como el precedente, porque le son funcionales. La cita anterior no escapa a la lógica dicotómica, que proyecta a las mujeres en el espacio estanco de la feminidad, donde encarnamos a la puta o a la santa. Peor todavía es disfrazar de transgresora una acción como la de escribirse “perra” con un cuchillo en la pierna, que perpetúa la misoginia, la autodestrucción, el (sado) masoquismo. Siglos de esto. Se intenta hacer una política feminista con las mismas herramientas del amo, como dijo alguna vez Audre Lorde. Y por eso el amo deja pasar estos discursos a su casa, porque refuerzan su palabra, su ley, su ideología y su lógica de pensamiento. Refuerzan el odio contra las mujeres y, como contrapartida, la legitimidad de los hombres. ¿Castillo ignora cuán inscrita está la misoginia en nuestros cuerpos, que aboga por exacerbarla? ¿Ignora cuántas veces, en efecto, el cuchillo masculino ha atravesado nuestros cuerpos?

Para realizar esta hazaña, se necesita borrar un tercer punto de vista que escapa a la dicotomía puta/santa. Esta tercera perspectiva es la de un feminismo pensante y rebelde, que propone sanarnos de la misoginia, no mediante una exaltación de virtudes femeniles y su pureza, sino por el ejercicio libre de la capacidad de pensar y de estar expresadas (Pisano). Y esto no debe ser leído como una fragmentación –otra vez contaminada de prejuicios patriarcales- entre cuerpo y mente. Al contrario, solo podemos pensar libremente con el cuerpo. El precio que las mujeres –alegremente- pagaron para arribar a la academia fue la sepultación del feminismo radical de la diferencia. Ese fue el costo que el amo exigió.

La corriente radical de la diferencia rechaza el acceso a los espacios patriarcales de poder, se niega a refrendar una cultura deshumanizada; escupe, como Carla Lonzi, contra todo referente masculino. En definitiva, declara fracasada la civilización (Lonzi, Pisano). En cambio, Castillo pone el acento en una performance como la anteriormente descrita y, en completa coherencia y sintonía con esto, sugiere la instalación no elitista de las mujeres en los espacios gubernamentales:

“…la pregunta es ¿qué otras políticas generar?, una respuesta es la política de cuotas, hacer que los partidos políticos incorporen un porcentaje obligatorio de participación de mujeres, y ya no corregir desde arriba, sino que corregir desde los propios partidos y desde allí desorganizar el orden de la representación masculina en los partidos políticos…”.

Las buenas maneras se plasman en las palabras de esta feminista académica. La autora, desde una visión esencialista, declara que por la sola presencia de mujeres, cuerpos sexuados mujeres, se puede desorganizar el orden de representación. Y qué discursos construyen esas mujeres, qué proyectos políticos tienen detrás, qué propuestas filosóficas y, especialmente, ¿con qué historia acceden a estos espacios patriarcales, los mismos que sistemáticamente nos han dejado sin historia?

El panorama actual del feminismo oscila entre un hacer reactivo, un activismo vacío de contenido, y estas teorizaciones academicistas, que transitan entre el género, la performance y los argumentos posmodernos. El feminismo necesita teoría, genealogía, historia, pero no a partir de estos refritos discursivos. Para nosotras, en el Movimiento Rebelde del Afuera, la teoría, la producción de conocimiento, la escritura de la historia, la elaboración de ideas, la articulación de un discurso consistente, constituyen un hacer política válido. Confiamos en la acción de la palabra, pero en la palabra insolente; esa que no le pide permiso al sistema masculinista para pensar. Nuestras palabras tienen que llevar el eco de las palabras rebeldes de las mujeres pensantes.

2013.

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