La mentirosa

…ya no me aguanto una mentira más…
(Celeste Carballo)

Las mujeres nos mentimos a nosotras mismas, porque hemos sido adoctrinadas por la civilización de los hombres para mentir con nuestros cuerpos, y no nos han dejado salida. Adrienne Rich dice que “nos han exigido decir diferentes mentiras en diferentes tiempos, en función de lo que los hombres de cada tiempo necesitaban escuchar”. Históricamente, hemos fingido orgasmos y placer, basta hoy mirar el reggaeton o la pornografía. Allí está la simulación del placer mientras varios hombres torturan sexualmente a una mujer. Nos han mentido sobre nuestra sexualidad. Han dicho muchas cosas falsas sobre nuestra menstruación, sobre el parto, sobre nuestros orgasmos, la masturbación, nos han cortado el clítoris y han usado nuestras vaginas para parirles hijos y, principalmente, hijas obedientes.

Hemos mentido con la ropa y el maquillaje para ser coquetas y deseadas, con sonrisitas y silencios. Hoy mentimos con la cirugía y el recauchaje, “nos tenemos que enchular”: teñir las canas, alisar las arrugas, cortarnos los pelos compulsivamente. Los tacones altos y agujas son otra burda mentira (vitrinas llenas), las piernas no se estilizan y tampoco se trata de “saber llevarlos”, el resultado son espaldas y piernas chuecas, y la fealdad de un caminar en constante desequilibrio (hasta las modelos se caen de bruces en las pasarelas varias veces), como si no tuviéramos suficiente con caminar por la cuerda floja simbólica que nos han impuesto. La cuerda floja -dice un libro feminista- es el camino por donde nos toca transitar, en el miedo de si resbalo para un lado, soy una cartucha; y si resbalo para el otro, soy una puta (y siempre las dos son culpables). Evitando los estereotipos femeninos, no caminamos nunca por suelo firme, y finalmente siempre somos interpretadas desde las proyecciones y fantasías de los hombres, basta con leer la literatura de los grandes escritores (llenos de nobeles) y de los no tan grandes también; basta con mirar la televisión y la publicidad en manos masculinas.

Hemos vivido engolosinadas con la gran mentira del príncipe o princesa azul, de la media naranja, del amor para siempre, del amor de la vida. Esta gran mentira es la que nos ha impedido el ser pensantes, puesto que nos sumerge en el juego sadomasoquista del amor, y nuestras energías humanas mueren absorbidas en este cuento infantil, cuento de terror:

– Nos han mentido con el amor consanguíneo, con el amor al prójimo, a los hermanos, a los padres, a los hijos, en la hipocresía del amor patriarcal y cristiano hacia la familia, ¡mentira!

– El amor es el centro de la vida de las mujeres, ¡mentira!

– Las mujeres somos las que sabemos amar, ¡mentira!

– La maternidad dura para siempre, ¡mentira!

– La maternidad es un instinto femenino, ¡mentira!

La feminidad es otra gran mentira, quizás es la más, porque es un invento de los hombres: el ropaje de la misoginia. Nos hemos tragado el cuento de que la feminidad nos pertenece y es parte de nuestra naturaleza, ¡mentira!

Así nos han mantenido subsumidas en la completa ignorancia de nuestras existencias, divididas entre nosotras, en la competencia y en la envidia. Así nos han mantenido viviendo en función de los demás, en función de ellos, “los superiores”, jamás de nosotras mismas: la más naturalizada de las enajenaciones es la nuestra.

Nos han mentido con la Historia. Nos han dicho que la historia es de la humanidad, ¡mentira!, porque solo es de ellos. Nosotras no estamos en la historia, salvo algunas cuantas subidas al “carro de la victoria” por ellos mismos y como ellos han querido. Dónde está nuestra historia de rebeldías, dónde está la historia concreta de la violencia contra nuestros cuerpos. Qué referentes de mujeres pensantes y valientes tenemos a la mano. Vivimos en el vacío de la historia; no nos han dejado construir una genealogía visible y continua que nos arroje luz para no seguir mintiéndonos. Más radical aún, nos han dicho que somos parte de la humanidad cuando hemos sido excluidas como humanas y solo incluidas como femeninas. Esta cultura es la civilización de los hombres, creada por ellos y para ellos, bajo el signo del amor-admiración entre ellos y del odio-desprecio entre nosotras.

¿Y el feminismo vigente, qué? Solo es parte del entretejido mentiroso patriarcal, porque nos ha mentido con la Igualdad. Nos ha dicho que con la consecución de la igualdad seremos más libres, ¡mentira! No somos iguales a los hombres y nos debería dar asco acceder a su cultura. Nos han dicho que humanizaremos los espacios masculinistas con nuestra sola presencia y por tener vaginas, ¡mentira! Y felices vamos “ganando igualdad”, sintiéndonos orgullosas de ser tan capaces como ellos, demostrándoles que somos tan capaces como ellos. La igualdad es un remedo de libertad, un remedo frívolo de rebeldía, que nos sumerge más aún en la mentira de nuestros cuerpos, en la ignorancia de quiénes somos. Y todas se sienten liberadas y exitosas porque juegan fútbol como ellos, tienen sexo y aman como ellos, hacen música como ellos, hacen ciencia como ellos, hacen filosofía como ellos, hacen política como ellos. Siempre repito la frase de Carla Lonzi que dice que la igualdad ha borrado más profundamente nuestros intentos auténticos de libertad, la búsqueda honesta de una historia propia. La igualdad borra nuestra creatividad, nuestra capacidad de imaginación e invención de otra cultura con otro sentido del deporte, de la música o de la filosofía.

Y hoy están de moda las mentiras de las políticas queer y del feminismo posmoderno, que nos cortan simbólicamente el clítoris y reivindican el ano como centro de placer y equidad entre las diversidades sexuales. Cada vez las mentiras se van haciendo más profundas e invisibles, cada vez las mujeres se sienten más orgullosas de falsos avances: ¡luces de gas sobre nuestras miradas! El feminismo posmoderno no es más que una licencia intelectual –como dice Sheila Jeffreys- para reforzar lo femenino y lo masculino, para reforzar que sigamos mintiendo con nuestros cuerpos; es una licencia intelectual para encubrir nuestra incapacidad de ser consecuentes con nuestras políticas, para usar tacones y ser una gran intelectual del género, para vestirme de hombre y pensar que rompo los géneros; en definitiva, es una licencia intelectual para no pensarnos. Como dice Fernando Franulic (mi hermano), es el uso de los teóricos posmodernos para darles rienda suelta al bisturí y al negocio de la medicina. Nos falta comprender en profundidad que nuestro pendiente político e histórico es resimbolizarnos a nosotras mismas, sin préstamos ideológicos masculinos.

El patriarcado es un entretejido ideológico de mentiras para mantenernos subsumidas a su servicio: esta es la piedra angular, la opresión primaria. A su haber, cuenta con la gran mentira delirante de dios y de todas las religiones paridas por los hombres. Nos han mentido, y nosotras mentimos para sobrevivir, para ser queridas y aceptadas, y nos mentimos a nosotras mismas. Sin embargo, como dice Rich, “la mentirosa lleva una existencia de soledad intolerable. La mentirosa tiene miedo”. Y nos mentimos entre nosotras, en lo privado y lo público. Cómo vamos a relacionarnos sin prácticas de dominio, chantaje y manipulación si no tomamos conciencia profundamente de todas estas mentiras (conciencia que debiera surgir tanto en la soledad como en el colectivo político), si no recuperamos una historia desde una visión lúcida y realista, si no asumimos todo lo que hay en nosotras de servicio, de obediencia, de esclavitud, de dominio, de arribismo, de prejuicios, de misoginia. Otra vez cito a la Rich: “cuando una mujer dice la verdad está creando la posibilidad de que haya más verdad alrededor de ella”.

Verano del 2012.

*Este texto está en proceso de ser publicado en la revista estadounidense Sinister Wisdom, de lesbofeminismo radical.

2012

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La idea perversa de dios y la culpa

Culpable, sos la única culpable,
yo te acuso y te maldigo (…)
Voy a crucificarte y a quitarte la razón… (Vicentico)

La perversa idea de dios –cuento infantil, cuento de terror- es una invención patriarcal que, entre otras materialidades temibles, instala la ideología de la culpa como dispositivo para mantenernos a las mujeres atrapadas en la obediencia a los hombres y a su sistema de creencias y valores. La culpa nos hace cómplices, aparentemente voluntarias, del sexo reproductivo, el amor obligatorio y consanguíneo de la familia y la pareja, la institución de la heterosexualidad compulsiva y de la romántica “media naranja”. Desde la ideología de la culpa, se refuerza el sacrificio, el “dar hasta que duela”, el “poner la otra mejilla”, el amor eterno e incondicional. En fin, todas las mentiras de la era civilizatoria del Hombre.

En la memoria de nuestros cuerpos, se escuchan los quejidos lacerantes de las monjas azotando sus espaldas y derramando su sangre “impía” en un claustro del siglo XVII, lúgubre, mientras Sor Juana Inés de la Cruz firma “Yo, la peor de todas”. En nuestros cuerpos, vive la madre sancionada por desnaturalizada e inmovilizada por la amenaza ineluctable de la “mala madre”; también la Eva culpable de los pecados de la humanidad y el “parirás con dolor”. Somos las brujas quemadas vivas en la hoguera –en manos de la Inquisición- por poseer saberes y por lesbianas. Somos las mujeres de la revolución francesa muertas en el cadalso por sacar la voz en lo público y organizar la rebelión; y todas las mujeres perseguidas, violadas y asesinadas por pensar y rebelarse, o bien, para que no piensen ni se rebelen, ni antes ni ahora. Así, la culpa se enraíza en el miedo profundo y sin nombre al castigo, que paraliza y (nos) mantiene (en) el “statu quo”.

Este miedo -y su pesada realidad- nos impide vivir libremente, asumirnos humanas completas en nosotras mismas, diseñar la vida que se nos plazca y trazar nuestros propios límites, porque interviene en nuestro cuerpo, haciéndole perder la pista a la autenticidad de nuestros deseos. De manera feroz, la ideología de la culpa –producida en femenino- boicotea la autonomía política de las mujeres; es decir, la acción legítima, necesaria y urgente de abandonar todo referente masculino para pensar-nos. La misoginia de los “grandes pensadores” no nos sirve. El misógino de Nietzsche se pregunta: “¿Cuándo cesaremos de ser oscurecidos por todas esas sombras de Dios?”. Pero matar a dios no nos basta, no es suficiente para nosotras. La era civilizatoria del Hombre es la civilización de los creyentes (Pisano), lo que va más allá de la religión y la laicidad. No podemos decir que el patriarcado ha muerto, pero ya es imposible apartar la vista de la rotunda verdad de su fracaso.

2013.

*Este texto lo publiqué en mi Facebook y fue traducido al italiano por Anita Silviano.

 

La experiencia común de las mujeres. Notas sobre diferencia sexual

“¿Quién apalea a las focas? Que yo sepa, hombres; ¿quiénes están destruyendo bosques y selvas? Hombres; ¿quién dirige todo el comercio mundial de armamento? También hombres; ¿en manos de quiénes están las riquezas de la tierra? Pues el 98% está en manos de hombres y sólo un 2% corresponden a las mujeres (…) En la prostitución ‘infantil’ el 90% son niñas y los beneficiarios en un 100% hombres también. ¿Existe, pues, el ‘sujeto universal’ que representa al ‘género humano’ indistintamente? Definitivamente, no” (Victoria Sendón de León, 2000).

Las autoras del feminismo radical de la diferencia, cuando se refieren a “las mujeres”, aluden a la experiencia común de las mujeres, no a la idea de que sea un grupo homogéneo, esto se da por descontado. Es esta experiencia común la que constituye la diferencia sexual y su fuerza creativa. Lo común es transversal a las desigualdades de raza, de clase, etarias, étnicas, entre otras. Es transversal y primario. Esto quiere decir que una mujer afrodescendiente, una mujer burguesa, una mujer campesina, una mujer profesional, etc., si bien viven realidades que difieren radicalmente, todas comparten la experiencia común de la ausencia de referentes propios, lo cual las sitúa, en sus diversos contextos vitales, en un lugar de vulnerabilidad existencial.

La ausencia de referentes propios se despliega en la totalidad de la vida de las mujeres. Esto quiere decir que las definiciones del mundo han sido construidas, durante varios milenios, por el colectivo de varones, cuya concepción de la realidad ha marcado las ciencias, la filosofía, la Historia, la justicia, las religiones, el pensamiento político, la educación, el deporte, el arte, la literatura y la lengua. Asimismo, ha perpetuado instituciones como la iglesia, el estado, el tribunal, el ejército, la escuela, la academia, los medios de comunicación, los partidos políticos, la familia, el matrimonio, la heterosexualidad obligatoria y la maternidad. La participación de las mujeres, en estos campos simbólicos y materiales patriarcales, ha adoptado dos formas: la de la mujer individual que se destaca de manera excepcional y, la más normativa, la de las mujeres como colaboradoras de los hombres (una colaboración en distintas esferas de la vida, muy eficiente y desde la sombra). Incluso la participación creadora, destacada o protagónica de las mujeres, ya sea individual o colectiva, continúa siendo secundaria en tanto refuerza, mejora o resuelve los espacios ya constituidos por la visión del mundo masculina, su lógica y sus reglas. Estas dos formas de participación las observamos en la práctica diaria, pero también las heredamos de los relatos androcéntricos de la Historia y de las diferentes tradiciones de pensamiento.

Las definiciones masculinas producen la realidad hegemónica para percibir, conceptualizar y actuar sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres, sus modos de ser y comportarse, de sentir y de pensar. La feminidad, el ser femeninas o el comportarse de manera femenina no es propio de la naturaleza de las mujeres; es una construcción simbólica del colectivo de varones y todos los espacios de la civilización (instituciones e ideologías), arriba mencionados, promueven dicha configuración. La masculinidad, a su vez, es un conjunto de significaciones que los hombres han elaborado para sí mismos. Así, el orden simbólico masculino/femenino constituye una unidad complementaria en la jerarquía y, por lo mismo, dicotómica. Esto es, lo femenino representa lo NO masculino, en consecuencia, se conforma como negación. Sin embargo, lo masculino, que representa lo que ES, lo necesita para completarse; lo femenino es su condición de existencia (Violi, 1991).

En este sentido, las teóricas del feminismo radical afirman que lo masculino se ha auto-concedido la representación del género humano. Pisano (2001) plantea que los hombres se han apropiado de las condiciones de lo humano, vale decir: pensar, hablar, crear símbolos y valores, producir conocimientos y cultura; y han relegado a las mujeres al plano de lo no pensante. Por esta razón, conceptos como la universalidad, la neutralidad o la objetividad son falacias, pues ocultan el sesgo masculino que ha determinado, históricamente, los productos de su civilización.

De lo anterior se desprende que la lógica imperante de la cultura patriarcal es la inclusión en el dominio (no existe otro tipo de inclusión) y los cortes dicotómicos operan dentro de esta. Estos cortes simbólicos constituyen una extensión de la división primaria masculino/femenino e impregnan todos los ámbitos de la cultura: mente/cuerpo, objetivo/subjetivo, público/privado, cultura/naturaleza, racional/irracional, normal/anormal, entre otros (Violi, 1991). Las desigualdades de clase, raza, etarias u otras son construcciones socioculturales motivadas por la misma lógica. En este sentido, Rivera (1994) señala que, en el patriarcado, rige el régimen del uno y la salida política sería crear una cultura fundada en el régimen del dos, por lo tanto, no jerárquica y no complementaria, que diera cabida a la multiplicidad de la vida y no a la homogeneidad de la misma, menos aún al dominio. Esta tarea cuenta con más posibilidades de ser desarrollada por las mujeres, cuya potencialidad radica en que el régimen del uno las niega como diferencia primaria.

Tomando en cuenta todo esto, las feministas radicales de la diferencia consideran que el patriarcado es una civilización fracasada (Lonzi, 1981; Pisano, 2012). Por lo tanto, rechazan la demanda de igualdad entre hombres y mujeres, lo cual implica el deseo de estas de ser legitimadas por aquellos y la necesidad de acceder y pertenecer a sus instituciones. Lonzi (1981), fundadora del feminismo de la diferencia italiano, afirma en 1970 que la igualdad es el nuevo ropaje con el que se disfraza la inferioridad de las mujeres, quienes no debiesen participar de la gran derrota del Hombre. Asimismo, el análisis político y teórico basado en el género, y desarrollado por los estudios de género en las universidades, comprende la misma falla. Implica permanecer en la construcción simbólica que los hombres han elaborado sobre sí mismos y sobre las mujeres, es decir, el análisis queda atrapado en la unidad masculino-femenina. Aun cuando se estipulen alternativas de salida desde este lugar (si es que las hay), para las feministas radicales de la diferencia, están destinadas a fracasar, porque no abandonan la lógica que ha dado origen a la misma opresión de la que se intentan liberar.

En cambio, la fuerza creativa de la diferencia sexual radica en la exclusión de las mujeres, en la ausencia de referentes propios, puesto que la inclusión sucede en tanto reproducen el orden simbólico de la feminidad. Lonzi (1981) afirma que la diferencia de las mujeres consiste en haber estado ausentes de la Historia durante miles de años y conmina a aprovecharse de dicha diferencia. Woolf (2003) en Un cuarto propio piensa que es peor ser metida dentro (de iglesias y bibliotecas) que ser excluida. Cabe aclarar en este punto dos cosas. La primera es que en ningún caso se apela a una esencia o naturaleza de algo, es decir, la exclusión e inclusión son situaciones históricas, enmarcadas en los límites conocidos del contexto sociocultural vigente. La segunda es que tampoco existe una separación clara y tajante entre un adentro y un afuera, porque la diferencia sexual funciona como una bisagra.

Como plantea Violi (1991), la diferencia sexual es una realidad que ya ha sido semiotizada, en consecuencia, para las mujeres, lo que permanentemente se ha dicho sobre ellas constituye un punto de partida, pero, al mismo tiempo, cuentan con la posibilidad de abrir una brecha con nuevos contenidos que pueden darse a sí mismas y que escapen del orden patriarcal. A propósito de esto último, Lonzi (1981: 17) señala que la diferencia sexual contiene el principio existencial que afirma que ningún ser humano y ningún grupo “deben ser definidos por referencia a otro ser humano o a otro grupo”. Esto quiere decir que las mujeres no deben seguir siendo definidas ni malinterpretadas por los hombres, pero además, cada mujer debe encontrar, de acuerdo a sus vivencias y su contexto vital, las pautas para su propio sentido de la existencia.

Desde la ausencia de referentes se puede construir el régimen del dos, porque esta ausencia no es muda. Las feministas radicales invitan a las mujeres a sacar a la luz los sentidos que guarda el silencio, invitan a profundizar en este para hablar y escribir (Rich, 1983; Lorde, 2003). Siguiendo a Bengoechea (1993), quien extrae de la teoría feminista de Adrienne Rich una propuesta lingüística, estos silencios se anclan especialmente en tres ámbitos de la vida de las mujeres: la Historia, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. En estos tres ámbitos descansaría la principal ausencia de referentes.

Como señalamos antes, la Historia es un relato androcéntrico, y por lo mismo, controlado y sesgado. Asimismo sucede con la tradición de pensamiento filosófico y político. En ambos discursos se observa la presencia mayoritaria y abrumadora de los hombres. Las acciones y los pensamientos de las escasas mujeres, que son incluidas en estos relatos, son socializados en el orden simbólico de la feminidad, ya sea porque predominantemente reprodujeron este mandato en sus vidas, o bien, si no lo encarnaron o no lo encarnaron del todo, han sido igualmente interpretados desde dicha perspectiva, seleccionando aquellos que le son más funcionales y útiles a la cultura patriarcal. Frente a esto, las autoras del feminismo radical de la diferencia proponen descubrir a las mujeres que, a lo largo de la historia, organizadas o individualmente, por sus acciones o ideas, han resistido o se han rebelado a los mandatos de la civilización androcéntrica, otorgándose significados propios y definiendo sus vidas fuera de los parámetros e instituciones establecidos. También proponen re-socializar a aquellas que ya han sido relatadas y tergiversadas por la visión masculina para conocerlas con profundidad y/o recuperarlas. Indagar en el silencio de la historia de las mujeres no debe entenderse ni debe constituirse como una acción compensatoria, al contrario, es fundamental para comprender, con una mirada amplia, el mundo y la cultura. Con otras palabras, la historia de las mujeres es la historia de la humanidad, es decir, no debe proyectarse como un relato paralelo, sino, como aquel que ha estado ausente, imposibilitando comprender en profundidad el pasado.

Los otros dos silencios, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas, están estrechamente conectados; prácticamente es uno solo que se bifurca. Ya se ha dicho que la feminidad es una construcción simbólica del patriarcado, por lo tanto, las mujeres nacen en un mundo donde los referentes más accesibles y presentes para percibirse a sí mismas son los proyectados por las fantasías, las representaciones, los deseos, las perversiones y los miedos masculinos. El desafío, entonces, consiste en que las mujeres se re-simbolicen a sí mismas (Rivera, 1994) o, como plantea Pisano (1996), se simbolicen como humanas, porque, según esta autora, el epítome de la feminidad es lo NO humano, que se entiende como lo no pensante. Con este fin, las mujeres deben tomar consciencia y verbalizar sus propias necesidades y experiencias, así como ponerle atención a la información emanada de sus cuerpos, las comodidades e incomodidades, y dejar de hacerles caso omiso a sus sensaciones, percepciones y sentimientos. Ahora bien, este proceso autoconsciente requiere de soledades, pero también del vínculo con otras mujeres. No obstante, los lazos entre las mujeres han sido intervenidos de manera sistemática en la cultura patriarcal.

Nacer mujer en el patriarcado conlleva una connotación de inferioridad, desprecio y desconfianza. En este sentido, la misoginia, que es el odio contra las mujeres, no solo se expresa en los hombres hacia las mujeres, sino también, en las mujeres consigo mismas y con sus congéneres. En una cultura androcéntrica, lo valorado, admirado y respetado es lo masculino y sus productos. Además, como la creación de la sociedad ha estado en manos de los hombres, estos han adquirido la práctica de trabajar, pensar y producir juntos, de formar equipos, partidos políticos, cofradías, etc., y también de hacer la guerra, colonizar pueblos, depredar la naturaleza, entre otras nobles acciones. A las mujeres se las ha mantenido divididas entre sí en la búsqueda de que un varón las legitime o bajo su custodia (padre, hermano, esposo, jefe, profesor, compañero de lucha o, de manera más abstracta, la institución) y encerradas en el cautiverio del trabajo doméstico, aun cuando accedan al espacio público. La obediencia al orden de lo femenino implica transformarse en la condición de existencia de lo masculino.

Al igual que sucede con la historia, los vínculos entre mujeres, aquellos que rompen el orden de lo femenino, han sido silenciados. Según Rich (1986), las mujeres, en diferentes épocas y lugares, han construido asociaciones entre sí para rebelarse al yugo de los hombres o, al menos, para resistir a este. La autora denomina “continuum lesbiano” a esta corriente subterránea de lazos entre mujeres a lo largo de la historia. El concepto no se reduce solo a las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres, sin embargo, “la sensualidad erótica (…) ha sido, precisamente, el hecho más violentamente eliminado de la experiencia femenina” (Rich, 1986: 71). De manera similar, Pisano (2001) plantea que el lesbianismo posee potencialidad política al desafiar el orden de la sexualidad reproductiva y del amor romántico amoroso, posibilitando que las mujeres se sanen de su misoginia interna mediante “el amor al propio reflejo”.

Otro punto de vista en este ámbito es aquel que afirma la necesidad de re-simbolizar la relación entre madres e hijas, puesto que este vínculo ha sido interrumpido por la presencia del Padre: su falo, su voz y su ley. La madre es la primera mujer con quien otra mujer tiene contacto y es su igual. Según Muraro (1994: 43), es ella quien da la vida y, junto a esto, “aire y respiración, indispensables para la fonación”, en consecuencia, es quien también enseña a hablar. No obstante, la lengua se institucionaliza y es la lengua androcéntrica la que se hereda, aun cuando se denomine “lengua materna”. Asimismo, el lazo amoroso entre madres e hijas es intervenido por la institución de la heterosexualidad obligatoria que comienza a operar a edad temprana. Este hecho produce una carencia afectiva profunda en las hijas, que se extiende hasta la adultez; no así en los varones quienes continuarán recibiendo los servicios emocionales de otras mujeres (esposas, amantes, hermanas, hijas) (Eichenbaum & Orbach, 1988).

Para Rich (1987), la maternidad tiene doble significado. Por un lado, es una institución patriarcal. Por el otro, es una experiencia única entre cada madre y cada hija. Como institución, las madres cumplen la función social de reproducir el sistema de valores del patriarcado. En este sentido, Pisano (1996) habla de la “traición de la madre”, que marcaría las relaciones misóginas entre mujeres, la desconfianza y el miedo a ser traicionadas por una otra. Si la maternidad se considera como experiencia única entre cada madre y cada hija, aunque se carezca de palabras y referentes, cuenta con la capacidad de ser re-significada.

Todas las acciones de re-simbolización que he descrito hasta ahora: de la historia de las mujeres, de las mujeres consigo mismas, de las mujeres entre sí, del lesbianismo y del vínculo con la madre, así como la búsqueda y el descubrimiento de una historia de rebeldías y de los lazos rebeldes entre mujeres a lo largo de la historia, cuyas expresiones escapan de la unidad patriarcal masculino-femenina, tienen la intención de intervenir radicalmente el mundo para que en este exista el régimen del dos. Esto es, la pluralidad frente a la unilateralidad, la diferencia frente a la jerarquía, la horizontalidad frente al dominio, la libertad frente al sacrificio, el desprendimiento frente a la posesión, el movimiento frente a la rigidez, la apertura frente a la sanción, el amor propio frente al amor al prójimo (Savater, 2008), el libre pensamiento frente al dogma, entre muchos otros. En definitiva, la vida (el nacimiento) frente a la muerte (Arendt, 2003). En este sentido, el feminismo radical de la diferencia no solo es una teoría filosófica o un cuerpo de conocimientos, también es una actuancia política.

Entre las prácticas políticas de la diferencia sexual, el affidarse una mujer a otra se considera de importancia vital para realizar proyectos creadores, grandes y originales. El affidamento es la relación de una mujer que se confía a otra para poder actuar en el mundo con una adscripción simbólica mediada por su igual. Se inscribe en una genealogía de pensamiento de mujeres. La mediación que una mujer realiza entre su igual y el mundo, para darle sentido a este, permite que cada una proyecte libremente su propia existencia.

Por esta razón, una relación de affidamento no se asimila a una del tipo maestra/discípula o a cualquiera que establezca un verticalismo o jerarquía, pues esto es fuente de anulación para la diferencia existencial, pérdida fundamental de libertad e inevitable escisión entre ser cuerpo y ser palabra. El reconocimiento de la autoridad de otra mujer (en el sentido de augere, hacer crecer) es radicalmente distinto a la identificación jerárquica. (Bofill (Dir.), 1991; Rivera, 1994).

En síntesis, por un lado, la experiencia común de las mujeres, su diferencia sexual, consiste en la ausencia de referentes propios, en especial en tres ámbitos vitales: la historia, los lazos entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. Esta ausencia de referentes se explica por razones culturales e históricas, y en ella subyace la fuerza política y creativa del feminismo radical de la diferencia. La búsqueda, descubrimiento y construcción de referentes propios se realiza en un diálogo entre las expresiones extrasistemáticas de las mujeres y las representaciones de lo femenino, considerado una realidad semiotizada por el patriarcado. Esto quiere decir que las mujeres nacen en un mundo donde la diferencia sexual ya está inscrita en el imaginario y en la lengua como negación y condición de existencia de lo masculino (Violi, 1991).

Por otro lado, la inclusión del femenino por el masculino conforma una unidad complementaria y jerárquica, que arma una cultura fundada en el establecimiento de categorías dicotómicas para representar el mundo y para construir relaciones sociales (clase, raza, edad), e instala la creencia de un humano genérico que es el Hombre, de la mano de las concepciones de universalidad, neutralidad y objetividad. De esta manera, el patriarcado, regido y perpetuado bajo estos principios, solo ha producido y produce dominio.

Santiago, marzo del 2014.

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Referencias bibliográficas:

Arendt, H. (2003). Entre pasado y futuro. Barcelona: Península.

Bengoechea, M. (1993). Adrienne Rich: Génesis y esbozo de su teoría lingüística. España: Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

Bofill, M. (Dir.) (1991). No creas tener derechos. España: Horas y horas.

Eichenbaum, E.L. & Orbach, S. (1988). ¿Qué quieren las mujeres? Madrid: Editorial Revolución.

Lonzi, C. (1981). Escupamos sobre Hegel. Barcelona: Anagrama.

Lorde, A. (2003). La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y Horas.

Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.

Pisano, M. (1996). Un cierto desparpajo. Santiago: Ediciones Número Crítico.

Pisano, M. (2001). El triunfo de la masculinidad. Santiago: Surada.

Rich, A. (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.

Rich, A. (1986). Blood, bread and poetry. Selected prose 1979-1985. New York: W.W. Norton & C°.

Rich, A. (1987). Nacida de mujer. Barcelona: Noguer.

Rivera, M.M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria.

Savater, F. (2008). Ética como amor propio. Barcelona: Editorial Ariel.

Sendón de León, V. (2000). ¿Qué es el feminismo de la diferencia? [En línea]. Disponible en: http://www.mujeresenred.net/victoria_sendon-feminismo_de_la_diferencia.html

Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.

Woolf, V. (2003). Un cuarto propio. Madrid: Horas y Horas.

El feminismo radical de la diferencia (II)

El feminismo olvida con facilidad su potencialidad política. Y con esto quiero decir, su capacidad de intervenir en el mundo para transformarlo radicalmente. Últimamente, este olvido cuenta con un aparataje intelectual que lo respalda, me refiero a la alianza existente entre los estudios de género y la teoría posestructuralista, lo que se ha dado por llamar feminismo posmoderno o posfeminismo. Dicha alianza ha ido instalando un pensamiento hegemónico que repercute en los distintos espacios feministas y se cuela en sus discursos, desarticulando la legitimidad de la autonomía política de las mujeres.

Para esta perspectiva dominante, “la mujer” no es más que una categoría ficticia del sistema ideológico patriarcal, es solo un constructo social o un discurso, y la apuesta del feminismo consistiría en desmantelar esta ficción. Por lo tanto, para el posestructuralismo, aunar una lucha desde las mujeres pierde total relevancia.

La categoría sexo/género del feminismo anglosajón de la segunda ola fue fundamental para desnaturalizar el eterno femenino patriarcal. La distinción -heredera de la afirmación beauvoiriana “la mujer no nace, se hace”- nos advierte que la feminidad es un constructo cultural diseñado por una civilización androcéntrica y, como tal, posible de ser deconstruido. Así, en sus orígenes, la categoría porta la potencialidad política de romper con el género y subvertir el sistema patriarcal. La feminidad no somos las mujeres, entonces, ¿quiénes somos las mujeres?, ¿somos un sexo?

Afirmar que las mujeres somos un sexo, un cuerpo sexuado, un cuerpo con capacidad reproductiva, cíclico… es una de las declaraciones más controversiales en el debate feminista vigente. Los argumentos en este sentido plantean que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal que encubre la existencia de los intersexos, por ejemplo, y que en su misma formulación contiene la construcción genérica. Además, tomar el sexo como punto de partida implica retrotraernos a un esencialismo biologicista que reduce el análisis político.

Aunque acepte que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal, esto no me conduce a pensar que las mujeres seamos una categoría ficticia. Tampoco manejo la información necesaria sobre las vivencias de los intersexos. Según De Beauvoir, estos constituyen una minoría excepcional. Pero Simone escribió en 1949, sospecho que los estudios al respecto han variado y avanzado mucho. De todos modos, los intersexos propondrán su proyecto político con el cual, si queremos, podremos dialogar y confrontarnos. No obstante, la lucha de las mujeres tiene su propia historia y, desde mi interpretación, la potencialidad política más radical.

Ser un cuerpo sexuado mujer para –y si se quiere, no en– la cultura patriarcal, nos sitúa históricamente. Nuestra propuesta política no pretende ni puede estar deshistorizada, nos interesa desmontar los cimientos de una civilización que cuenta con un inicio –aun cuando este sea incierto- y que, esperamos, tenga un término. Y en el contexto de esta civilización, nacer mujer y nacer varón constituye un dato de la realidad. Ahora bien, esta dicotomía originaria se disuelve en la lógica incluyente del sistema patriarcal que impone su unilateral punto de vista para entender la vida. Con otras palabras, nacemos mujeres para una cultura misógina, que reviste su desprecio hacia nosotras con el orden simbólico de la feminidad y sucumbimos a conformar la parte inferior de un único cuerpo con la masculinidad. Y aunque esta operación sucede en un solo escenario -el sistema patriarcal-, podemos separar y distinguir el hecho de nacer mujeres, del otro hecho: el revestimiento simbólico, ideológico y material de lo femenino, que padecemos.

La historia milenaria de resistencias y rebeldías de las mujeres da cuenta de esta división, porque devela una feminidad impuesta y un sistema de dominio como lo es el patriarcado. Revela la violencia masculina sobre nuestros cuerpos sexuados y el control ejercido sobre nuestra capacidad de dar vida. Y el posfeminismo, al desechar la categoría mujer, arrastra la nefasta consecuencia política de reforzar la ignorancia existente sobre nuestra historia de resistencias y rebeldías, que constituye el más ignoto e intencionado vacío que mantiene esta cultura para perpetuarse. Junto con esto, nos ata de manos para construir políticamente desde nosotras, porque sin conciencia histórica es imposible pensarse y pensar el mundo.

Entonces, nacer mujeres es un dato de la realidad que implica un componente biológico que me parece indiscutible, es decir, somos un cuerpo sexuado; pero este hecho es indisoluble con otro elemento, el histórico: somos seres históricos. Contamos con una memoria histórica y otra, corporal. Cito a la italiana Maria Luisa Boccia: “Si queremos dejar de lado lucubraciones subjetivas sobre el género sexual, el punto nos lleva al análisis y al razonamiento en profundidad sobre el nexo entre biología e historia, entre naturaleza y cultura, entre corporeidad y razón como vínculo imprescindible.”(1)

Una vez aclarado el asunto, a la pregunta ¿quiénes somos las mujeres?, podemos responder que no lo sabemos, puesto que de la frase “las mujeres no somos la feminidad” (Pisano) se desliza el pendiente político de simbolizarnos a nosotras mismas, recuperando nuestros cuerpos junto a la capacidad humana de pensar. Así, mediante la expresión material de un pensamiento político, podremos marcar una dicotomía respecto de la ideología patriarcal que, por ahora y hasta nuevo aviso, conforma los lentes totalitarios para mirar el mundo, interpretar la realidad y construir lenguaje.

2010.

*Envié este texto a la revista lésbica guatemalteca Imagina, pero no lo publicaron.

 

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  1. En Debate feminista, año I, vol. 2, septiembre 1990. “El feminismo en Italia”. Editorial: Marta Lamas, México.

El feminismo radical de la diferencia

“… y pensé en el órgano que retumbaba en la iglesia y en las puertas cerradas de la biblioteca; y pensé en lo desagradable que es estar excluida; y pensé en que tal vez sea peor ser metida dentro…”.(1)

Al “tomar las cosas desde la raíz”(2), nos damos cuenta de que las mujeres siempre hemos estado afuera de la cultura patriarcal. Nuestra diferencia respecto de los varones es esta: somos extranjeras de su civilización. Los varones con poder han construido su cultura, excluyéndonos como seres humanas y, en un mismo movimiento, incluyéndonos como femeninas. Los varones sin poder no son extranjeros de esta civilización, les pertenece igualmente. No tienen un poder contingente respecto de otros varones, pero siempre ejercen un poder necesario respecto de una mujer. Más profundo aún, la operación primaria(3) de negarnos como humanas e incluirnos como femeninas está presente tanto en la esfera personal como en la esfera pública. De ahí que lo personal sea político, puesto que el sistema patriarcal re-actualiza su dominio en las relaciones de cada ser humano. Margarita Pisano, teórica radical de la diferencia, proyecta, a partir de nuestra extranjería, una propuesta político-ética y afirma que para conocer cómo funciona el sistema vigente, analizando sus operaciones fundacionales (en perpetua renovación), y deconstruir el orden simbólico femenino/masculino, es necesaria la mirada del afuera(4). Sin esta visión, los feminismos seguirán debatiéndose dentro de las lógicas instaladas.

Es en esta perspectiva del afuera donde se sitúa el feminismo radical de la diferencia(5). Lo defino como una corriente de pensamiento feminista, en diálogo y confrontación con los feminismos de la igualdad, de la diferencia, el radical y el posmoderno. Entra en el debate actual de las corrientes ideológicas, no obstante, espiga en la brecha de la historia para darles continuidad y profundidad a los planteos teóricos –con nombres y apellidos- que engarzan esta línea de pensamiento y aportan las herramientas políticas necesarias para interpretar que “la derrota de nuestras antecesoras tiene más dignidad que el triunfo de nuestras contemporáneas.”(6)

Carla Lonzi, teórica radical de la diferencia, dice: “La diferencia de la mujer consiste en haber estado ausente de la historia durante miles de años. Aprovechémonos de esta diferencia…”(7) La lógica de la inclusión es un elemento fundamental del poder patriarcal. Le hemos pedido a lo largo de la historia, a quien domina, ser incluidas, reproduciendo y reforzando el orden de lo femenino; en lugar de darnos cuenta de que nuestra potencialidad política radica en haber sido excluidas. Por eso, Lonzi continúa: “una vez lograda la inserción de la mujer, ¿quién podrá decir cuántos milenios transcurrirán  para sacudir este nuevo yugo?”(8)

Estar ausentes de la Historia, ser extranjeras de la civilización vigente y definidas constantemente por otros, proyecta una fuerza transformadora que ninguna rebelión masculina es capaz de contener. Antes que todo, nos resguarda de asumir una responsabilidad protagónica en la deshumanización que impera, resultado de la devastación del mundo y del planeta que ha llevado a cabo el sistema patriarcal. El fracaso de la civilización les pertenece; la derrota, como dice Lonzi, es del hombre. Ella nos interroga: “¿Nos parece gratificante participar en la gran derrota del hombre?”(9). De esto se deduce que nuestras acciones no pueden ser reivindicativas ni salvadoras, no podemos seguir recogiendo los muertos de sus guerras y continuar reproduciendo la feminidad como destino político.

Es esta otra ventaja que podemos desprender de nuestra extranjería consciente, la de abocarnos a la tarea política de conocer cómo funciona la feminidad, lo que nos permitiría sostener discursos que desmonten el esencialismo patriarcal, una de las creencias más arraigadas de su dominio. Esto es así, porque la construcción de la feminidad se pierde en el origen, tanto en el nacimiento de cada mujer en este mundo como en las raíces de la historia. El patriarcado encubre el inicio de su cultura con la mitología y los libros sagrados. En ellos se habla de una creación más allá del tiempo y del espacio, es una creación divina (la idea delirante de dios). Así arma su esencialismo, al mismo tiempo que define nuestra “naturaleza” como mujeres. La cultura patriarcal es -a un tiempo- fundamentalista y misógina. Nos desprecia como personas y nuestra respuesta obediente es la feminidad. Ellos se aman, se legitiman y se admiran entre sí. Nosotras los amamos y admiramos a ellos. En tanto, nos despreciamos entre nosotras y a nosotras mismas. La misoginia atraviesa lo íntimo, privado y público(10), experiencia esencialista que no posee ninguna otra subyugación. Las desigualdades de raza y de clase no cuentan con una operación secundaria de este tipo. Me refiero al constructo de lo femenino, que encubre la negación primaria de nuestra existencia. Por eso, la opresión de las mujeres no es siquiera comparable a las otras opresiones. Eso sí, pueden profundizarla, porque nuestra dominación atraviesa clase, raza y edad.

La falta de amor propio y la inseguridad que esta ausencia proyecta, inseguridad profunda de no saber de dónde vienen nuestros miedos y, en especial, el impedimento emocional e intelectual para ejercer la capacidad humana de pensar autónomamente, son rasgos de lo femenino. En el vacío de amor propio, sobre esta carencia, se erige el escenario del romántico amoroso, cuya realización ideal es el modelo patriarcal de la “buena madre”: así justificamos nuestra permanencia en esta vida, sirviendo a los demás, viviendo –sexual, emocional e ideológicamente- en función de los otros. El amor, en este contexto, es el revestimiento más perverso, porque nos hace cómplices de nuestra dominación, nos vuelve vulnerables y permite que nos manejen con el sentimiento de la culpa.

Estos mecanismos naturalizan la deshumanización de las mujeres, logran que cada cierto tiempo tengamos, una y otra vez, que “demostrar” que existe una civilización patriarcal. Asimismo, las mujeres seguimos divididas entre nosotras, pidiendo permiso en luchas ajenas, usando las herramientas ideológicas de ellos para denunciar discriminaciones. Leyéndonos en su historia, nuestra enajenación y la misoginia seguirán intactas.

Por eso, tenemos que aprovecharnos de haber estado ausentes de la Historia durante miles de años y situarnos afuera para mirar. Solo así podremos conocer cómo opera el sistema patriarcal y su feminidad. Solo así podremos desmontar nuestros deseos de pertenecer. Solo así podremos leer su historia de próceres como una historia de violencia contra nosotras. Solo así podremos recuperar a las mujeres que porfiadamente han ejercido la capacidad humana de pensar con independencia, aun cuando a muchas les haya costado la vida. El feminismo, así como yo lo entiendo, es un proyecto político en sí mismo, cuya posibilidad de transformación del mundo supera a la de cualquier movimiento subversivo que se haya dado en la historia, porque es el único que puede aportar un análisis radical del poder.

En el marco de la lógica incluyente, los varones construyen sus dicotomías. Etimológicamente, la palabra ‘dicotomía’ viene del griego y quiere decir, de manera literal, “yo corto en dos partes”(11). Una vez que hemos sido incluidas por ellos como femeninas, surge ese yo masculino que corta en dos. Ellos piensan, nosotras amamos. Ellos producen, nosotras reproducimos. Y nos aseguran que esta dualidad es complementaria. Lo es para su civilización. En este sentido, Margarita Pisano afirma que masculinidad/feminidad es un todo indivisible, un solo constructo, un único cuerpo. Los varones se apropiaron de las capacidades de lo humano: crear cultura y sociedad, hacer filosofía y política, hablar y escribir, pensar el mundo, construir símbolos y valores(12). Al mismo tiempo, envolvieron estas capacidades en una lógica de dominio, las empaparon del concepto de superioridad y lo disfrazaron todo con la idea de universalidad, neutra y abstracta. No pudo haber sido de otra forma si esta apropiación iba encadenada a nuestra exclusión del pensamiento.

A lo largo de la historia, a las mujeres nos han perseguido y nos han matado por pensar: a las mujeres de la revolución francesa, a las de la querella medieval, a las brujas de fines de la edad media, a las preciosas del XVII, a las sufragistas del siglo XIX y XX, entre otras. Pese a la violencia masculina, la única manera de trascender la negación originaria de nuestra existencia es mediante la expresión material de un pensamiento diferente. Y esto es justamente lo que el feminismo ha pretendido ser. Para eso, ha construido conocimientos, filosofía, teoría, ha diseñado una praxis política, ha interpretado la historia, ha producido movimientos sociales, ha organizado a las mujeres; pero muchas veces lo ha hecho sin abandonar la feminidad y esta carece de autonomía de pensamiento. Esto ha retardado, junto a otros factores, la posibilidad de construir una visión propia que tenga una continuidad visible en el tiempo, que sea accesible para cualquier mujer (y varón) de este mundo y que aluda a un referente radicalmente distinto al que impone el sistema patriarcal, es decir, que no reproduzca su lógica de dominio.

La palabra ‘dicotomía’ no me causa problema en sí misma. El problema recae en ese yo que corta, que separa y que divide en la cultura vigente; pero no en la acción misma de cortar, separar y dividir, muchas veces en dos y tan necesaria para la vida. En este sentido, el feminismo debe marcar una dicotomía teórica, filosófica, política y ética respecto del patriarcado. Es a lo que se refiere, en parte, Teresa de Lauretis en la siguiente cita: “Pues en realidad hay, innegablemente, una diferencia esencial entre la comprensión feminista y la no-feminista del sujeto y su relación con las instituciones; entre los conocimientos, discursos y prácticas feministas de las formas culturales, las relaciones sociales y los procesos subjetivos; entre una conciencia histórica feminista y una no-feminista. Esa diferencia es esencial en tanto que es constitutiva del pensamiento feminista y, por tanto, del feminismo: es lo que hace al pensamiento feminista, y lo que constituye ciertas formas de pensar, ciertas prácticas de escritura, de lectura, de imaginar, de relatar, de actuar, etc., situándolas dentro del históricamente diverso y culturalmente heterogéneo movimiento social que, no obstante sus calificaciones y distinciones, continuamos con buenas razones llamando feminismo.”(13)

En cambio, para Margarita Pisano el feminismo está fracasado(14). Y yo pienso que lo seguirá estando mientras no radicalice su diferencia, mientras no se bifurque ideológicamente de la civilización androcéntrica. En este sentido, el discurso del fracaso es una toma de conciencia, en especial en un contexto que pretende borrar –una vez más- la fuerza civilizatoria que potencialmente el feminismo posee. La posmodernidad y su feminismo propio, las políticas queer, el movimiento LGTB(15), el tema de las des-identidades o “diferencias” o el de las “nuevas masculinidades”, el tópico de la diversidad y la tolerancia, entre otros, forman parte del repertorio actual y sofisticado que el sistema vigente usa para que las mujeres sigamos sin historia. En esta oportunidad, arremetió más firmemente desde la academia, donde muchas, arrellanadas en el nicho cómodo de los “estudios de género”, irradian las corrientes de pensamiento masculinistas.

Mientras no se desmonte el sistema patriarcal desde sus fundamentos, no habrá cabida para la expresión radical de la diferencia, entendida como principio existencial. Si la experiencia fundante descansa sobre nuestra exclusión de lo humano y en la imposición de un único punto de vista legítimo para mirar la vida, interpretar la realidad y definir el mundo, en esta cultura androcéntrica solo puede haber uniformidad, disfrazada de la idea de un “sujeto universal”; y dentro de este marco, todo lo “diferente” es desigual. Para controlar la permanencia de una sociedad homogénea y contrarrestar la multiplicidad de la vida, el yo (masculino, jamás neutro) que corta y divide, bajo la apariencia de la inclusión, construye identidades. Y estas son manejables porque reproducen el principio de la uniformidad.

La feminidad es una identidad fundante del sistema patriarcal. Cuando Celia Amorós afirma que las mujeres somos idénticas quiere decir que somos reemplazables unas por otras, porque cumplimos la misma función social, es decir, prima entre nosotras, cultural y simbólicamente, la indiferenciación(16). De ahí que buscar nuestra “diferencia” respecto de los varones en la identidad femenina que, además, ellos nos armaron, es una soberana estupidez. Esto no quiere decir que ahora nos arroparemos con una identidad propia, el propósito es construir una cultura sin identidades y, al mismo tiempo, llevar a cabo el pendiente histórico y político de simbolizarnos a nosotras mismas.

Los movimientos posfeministas y queer cuestionan el concepto de identidad, razón por la que desmantelan la categoría de “la mujer” y defienden, en cambio, la pluralidad de diferencias. Esta idea se traduce en el tópico de la diversidad, utilizado profusamente en la mayoría de los espacios feministas actuales y también en muchas instancias de la cultura establecida. No obstante, este discurso conforma un nuevo paradigma identitario, porque promueve, otra vez, la indiferenciación. Bajo su alero caben las lesbianas, los gays, los/las trans, los/las travestis, los/las bisexuales; o bien, las distintas ideologías, movimientos o tipos de feminismos(17). La diversidad cubre razas y etnias, culturas, clases sociales, edades, discapacidades. Siempre incluyente, bajo su ancho paraguas las vivencias de un mismo dominio son intercambiables unas por otras.

Esto sucede porque el discurso de la diversidad es un mecanismo de neutralización de la expresión real de la diferencia que los análisis radicales del feminismo han sustentado. Son estos análisis los que oponen inicialmente la diferencia a la identidad. Tomando como punto de partida que las mujeres somos una diferencia negada en esta cultura y que este hecho es el fundamento de su desequilibrio, podemos proyectar una propuesta política que desmonte el dominio como modo de relación y dé cabida a la diferencia como principio existencial, a la vez que dicha propuesta expresa concretamente nuestra diferencia y socava nuestra negación. Victoria Sendón de León lo dice de la siguiente manera: “Nosotras reclamamos, desde la diferencia, ‘las diferencias’ porque somos diferentes frente a un modelo construido según los privilegios de lo viril, así como frente a una identidad de género también construida desde fuera.”(18) El tópico de la diversidad articula objetivos similares, pero esto es solo en apariencia, porque, si bien se asienta en el discurso radical de la diferencia, lo absorbe y despolitiza, pues su propósito estratégico consiste en considerar la diversidad como obligatoriedad discursiva, de tal manera que la autonomía política de las mujeres desaparezca. De esta forma, en nombre de la diversidad, el patriarcado no se pone en cuestión desde sus apretadas raíces y, al mismo tiempo, se desarticula la fuerza transformadora del feminismo radical de la diferencia.

No obstante, al contrario de lo que plantea la posmodernidad, las categorías de “la mujer” y la de género no son solo cuestiones discursivas que se puedan desmantelar. Nacer mujeres es un dato de la realidad que implica un componente biológico que me parece indiscutible, es decir, somos un cuerpo sexuado; y este hecho es indisoluble con otro elemento, el histórico: somos seres históricos. Con otras palabras, nacemos mujeres para una cultura misógina, que reviste su desprecio hacia nosotras con el orden simbólico de la feminidad. Y aunque esta operación sucede en un solo escenario -el sistema patriarcal-, podemos separar y distinguir el hecho de nacer mujeres, del otro hecho: el revestimiento simbólico, ideológico y material de lo femenino, que padecemos. La historia milenaria de resistencias y rebeldías de las mujeres da cuenta de esta división, porque devela una feminidad impuesta y un sistema de dominio como lo es el patriarcado. Esta historia revela la violencia masculina sobre nuestros cuerpos sexuados y el control ejercido sobre nuestra capacidad de dar vida.

Por eso, entre gays, travestis y transgéneros, las lesbianas se disuelven. No podemos comparar la experiencia histórica de las lesbianas con la de los homosexuales varones. Justamente porque esta es una cultura centrada en el varón y las lesbianas somos mujeres. Por lo tanto, el discurso de la diversidad se nos vuelve totalmente inocuo en la medida de que encubre el abuso de poder de la civilización patriarcal y la potencialidad política del lesbianismo se ahoga en las estancadas aguas del movimiento LGTB. La fuerza transformadora del lesbianismo se sintetiza en la frase de Sheyla Jeffreys: “toda mujer puede llegar a ser lesbiana”(19), lo que significa que toda mujer puede abandonar el mandato patriarcal de servir a un varón y, al amar a otra mujer, puede romper, al mismo tiempo, con otro mandato: el de la misoginia. De esta manera, el lesbianismo pone en jaque la feminidad, el romántico amoroso, la traición de la madre, la ideología de la prostitución y la sexualidad reproductiva(20). En este sentido, desechar la categoría mujer arrastra el control patriarcal sobre el lesbianismo; eLeGeTiBizarlo o incorporarlo en cualquier discurso que enfatice el tópico de la diversidad, implica imprimirle un sello identitario.

El concepto de identidad es equivalente al de lengua saussuriana(21), proyectada como un tablero de ajedrez donde cada pieza ocupa un lugar definido por su oposición con otras piezas. Es indiferente si juego con lentejas, botones, perlas o con las piezas genuinas del ajedrez; lo importante es que cumplan la función designada en el juego: el peón es tal porque no es caballo ni reina, da lo mismo si lo representa un poroto o un soldadito de plomo.

Así definió el concepto de lengua Ferdinand de Saussure en 1916 e inauguró la ciencia lingüística. Este es el lenguaje que la institucionalidad masculina impone para construir la realidad y relacionarnos. Además, la influencia de la lingüística -“la más natural de las ciencias sociales”, afirma Bourdieu(22)- en las disciplinas que estudian el comportamiento humano en sociedad, como la antropología y la sociología, es decisiva. Finalmente, todas aluden a una estructura neutra, universal y abstracta. Sin  embargo, el tablero de ajedrez es el sistema androcéntrico, que define las identidades de su juego mediante oposiciones que no son neutras, al contrario, están impregnadas de la idea de superioridad: la feminidad está definida por la masculinidad, al configurarse en el sistema de la lengua como lo No masculino. Es decir, son relaciones de oposición, pero de oposiciones basadas en una lógica de dominio incluyente.

El posfeminismo y las políticas queer -inspirados en la posmodernidad que, justamente, surge como contra respuesta a las instituciones monolíticas, como la ciencia- reestablecen la misma lógica. No escapan al tablero, solo revuelven sus piezas allí dentro. Revolución y revolver comparten el mismo étimo(23). En esto han consistido las revoluciones masculinas: revolver las piezas, sin poner en cuestión el tablero; para hacerlo tendrían que asumir su profunda ignorancia respecto de la historia de las mujeres. En las prácticas queer el travestismo se convierte en una performance revolucionaria: da cuenta de la falacia del género, pero no devela ningún sujeto político e histórico tras el disfraz, por lo tanto, refuerza la idea androcéntrica de un “sujeto universal” y la práctica performática se transforma en un divertimento peligrosamente frívolo.

El discurso de la diversidad de razas, clases sociales, edades, discapacidades, opciones sexuales, etnias, etc., alude a una fragmentación sectorial que ha sido útil para desarticular la fuerza civilizatoria del feminismo. Al ser identitario, el tópico globalizador de la diversidad se traduce en demandas al sistema patriarcal, empoderándolo cada vez más. Y como dice Audre Lorde, “…las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. Nos permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio.”(24) Es decir, desde la lógica de la inclusión no se deconstruye la visión androcéntrica, porque esta lógica es su principal herramienta. La misma que deja atrapados los análisis feministas en el género, principalmente los de la academia.

Nuestra potencia política está en la exclusión: las mujeres gozamos de una extranjería radical. Y desde este lugar, podemos “aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias.”(25) En este sentido, “nuestras diferencias” -que en el contexto vigente son desigualdades- no debieran dividirnos, al contrario, tendrían que potenciarnos para profundizar en el conocimiento del dominio patriarcal y precipitar su desmontaje. Y cuando digo que no debieran separarnos no lo hago con inocencia, porque sé de las traiciones históricas entre las mujeres y de las representatividades autoconcedidas dentro del feminismo. Últimamente, la mayoría de los discursos feministas se entretiene en nombrar todos los ejes articuladores que marcan la diversidad entre las mujeres, pero muy pocos se detienen en un análisis deconstructivo de la feminidad, vista no como fachada, disfraz o rol social, sino, parafraseando a Virginia Woolf, como ese largo cautiverio que nos ha corrompido tanto por dentro como por fuera(26). La intencionada moda epistemológica dicta, hoy en día, que es más importante insistir en las “diferencias” que nos separan a las mujeres, que en la experiencia en común que nos une. Y tras los devaneos intelectuales de la posmodernidad, tampoco se escucha una propuesta política y filosófica que contrarreste la macroideología patriarcal.

Desde el feminismo radical de la diferencia, en cambio, se trata de tomar esta experiencia en común para transformarla en proyecto político y filosófico que, situado desde afuera, ahonde en el conocimiento de los mecanismos fundantes y, también, en aquellos que perpetúan la cultura androcéntrica; todo esto para abandonarla y proponer otros modos de relacionarnos entre las y los seres humanos y con el mundo. En este sentido, las especificidades que efectivamente existen entre nosotras –la clase, la raza, la edad- debieran unirnos ideológicamente para sacar adelante la construcción de este foco de referencia que, esperamos, sea atractivo para muchas (y muchos) y que, con su sola presencia, desmonte el esencialismo de nuestras mentes. Y, en este sentido también, nuestras divisiones debieran estar motivadas por ideas –y no por la fragmentación identitaria del sistema patriarcal-, por diferencias ideológicas asumidas y explicitadas con total claridad para poder discutirlas y confrontarlas. Esto sería ensayar un modo de relacionarnos y de hacer política sin la lógica de la inclusión, sino, donde la diferencia tenga cabida como principio existencial.

¿Hasta cuándo seguiremos participando de la gran derrota del hombre, de ese “sujeto universal” que no es tal y tras el cual se esconde nuestra negación? Cuánto tiempo más demoraremos en darnos cuenta de que esta idea es la base de una civilización desequilibrada. El yugo del que nos advierte Lonzi, provocado por la integración igualitarista, hoy se viste con un nuevo ropaje, el de la posmodernidad y su feminismo. Cada revestimiento profundiza el olvido de nuestra historia (“nos borran las huellas, las huellas de las huellas”)(27) y, al mismo tiempo, el poder patriarcal se vuelve cada vez más simbólico, invisible y tirano. Y es el sistema académico e intelectual uno de los principales mecanismos de la sofisticación de su dominio.

Al desmantelar la categoría de “la mujer”, el posfeminismo refuerza el más ignoto e intencionado vacío que mantiene esta cultura para perpetuarse, a saber: la milenaria historia de resistencias y rebeldías de las mujeres. Junto con esto, nos ata de manos para construir políticamente desde nosotras, porque sin conciencia histórica es imposible proponer un proyecto de futuro. Lo  que, en última instancia, nos conduce a sostener la esencialista creencia de que esta civilización androcéntrica es la única versión de la humanidad que puede existir. Qué esperamos para radicalizar nuestra diferencia política y rechazar las ideologías masculinas que siempre nos han intervenido, absorbiendo y despolitizando nuestra fuerza transformadora para preservar su dominación, o bien, supeditándola a los objetivos de sus luchas, las que jamás desatarán los nudos originarios(28) de su cultura deshumanizada.

2010.

*Con este texto, intenté configurar la idea de un “feminismo radical de la diferencia”, que es el nombre que uso para distinguir una específica línea de pensamiento feminista.

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  1. Virginia Woolf: Un cuarto propio. Horas y HORAS, la editorial. Madrid, 2003.
  2. La palabra ‘radical’ -proveniente del griego- quiere decir “que toma las cosas desde la raíz”. Ver Joan Corominas: Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos. Madrid, 2000.
  3. Es primaria no solo linealmente, esta operación también es un presente continuo, un gerundio; es decir, en ella se asienta el fundamento de la cultura en vigencia.
  4. Margarita Pisano: Deseos de cambio o ¿el cambio de los deseos? Akí y Ahora. Chile, 1995, 2011; Un cierto desparpajo. Ediciones Número Crítico. Chile, 1996; El triunfo de la masculinidad. Surada. Chile, 2001; Julia, quiero que seas feliz. Surada. Chile, 2004, 2012. La pensadora, a lo largo de su producción teórica, ha desarrollado, entre otras ideas importantes, la del patriarcado como una civilización macro que cuenta con un inicio y un término posible, donde las mujeres somos extranjeras. Esta idea conforma una perspectiva de análisis desde donde nos situamos para interpretar la realidad existente y construir nuevas realidades.
  5. Defino por primera vez este concepto, en Pisano, M. & Franulic, A.: Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Editorial Revolucionarias. Santiago, 2009.
  6. Andrea Franulic: Una historia fuera de la historia, ibidem.
  7. Carla Lonzi: Escupamos sobre Hegel. La mujer clitórica y la mujer vaginal. Editorial Anagrama. Barcelona, 1981.
  8. Carla Lonzi, ibidem.
  9. Carla Lonzi, ibidem.
  10. El concepto de lo íntimo, privado y público y el del romántico amoroso que uso en el párrafo siguiente, los define Margarita Pisano en sus libros.
  11. Joan Corominas, ibidem.
  12. Margarita Pisano, ibidem.
  13. En Debate feminista, año I, vol. 2, septiembre 1990. “El feminismo en Italia”. Editorial: Marta Lamas, México. El artículo de Teresa de Lauretis se encuentra en las páginas 77-115.
  14. Margarita Pisano, ibidem.
  15. Lesbianas, Gays, Travestis, Transexuales, Transgéneros, Bisexuales.
  16. Celia Amorós: Feminismo. Igualdad y diferencia. UNAM. México, 2001.
  17. Para profundizar en el uso que el feminismo institucional hace del tópico de la diversidad de feminismos, ver Andrea Franulic: Una historia fuera de la historia, ibidem.
  18. Victoria Sendón de León: Marcar las diferencias. Discursos feministas ante un nuevo siglo. Icaria, Más Madera. Barcelona, 2002.
  19. Sheila Jeffreys: La herejía lesbiana. Ediciones Cátedra. Madrid, 1996.
  20. Para profundizar en la idea de la traición de la madre se puede ver Adrienne Rich: Nacemos de mujer. Ediciones Cátedra. Madrid, 1996; también Margarita Pisano, ibidem. Para la ideología de la prostitución, ver Charo Altable: Penélope o las trampas del amor. Mare Nostrum. Madrid, 1991.
  21. Ferdinand de Saussure: Curso de lingüística general. Editorial Losada. Buenos Aires, 1945.
  22. Pierre Bourdieu: ¿Qué significa hablar? Ediciones Akal. Madrid, 2008.
  23. Joan Corominas, ibidem.
  24. Audre Lorde en María Milagros Rivera Garretas: Nombrar el mundo en femenino. Icaria. Barcelona, 1994.
  25. Audre Lorde, ibidem.
  26. Virginia Woolf: Relatos completos. Alianza Editorial. Madrid, 2008.
  27. Celia Amorós: Feminismo: igualdad y diferencia. PUEG, UNAM. México, 2001, p.34.
  28. Las cursivas aluden –si bien, no de manera literal- a frases del libro ya citado de Carla Lonzi.