La idea perversa de dios y la culpa

Culpable, sos la única culpable,
yo te acuso y te maldigo (…)
Voy a crucificarte y a quitarte la razón… (Vicentico)

La perversa idea de dios –cuento infantil, cuento de terror- es una invención patriarcal que, entre otras materialidades temibles, instala la ideología de la culpa como dispositivo para mantenernos a las mujeres atrapadas en la obediencia a los hombres y a su sistema de creencias y valores. La culpa nos hace cómplices, aparentemente voluntarias, del sexo reproductivo, el amor obligatorio y consanguíneo de la familia y la pareja, la institución de la heterosexualidad compulsiva y de la romántica “media naranja”. Desde la ideología de la culpa, se refuerza el sacrificio, el “dar hasta que duela”, el “poner la otra mejilla”, el amor eterno e incondicional. En fin, todas las mentiras de la era civilizatoria del Hombre.

En la memoria de nuestros cuerpos, se escuchan los quejidos lacerantes de las monjas azotando sus espaldas y derramando su sangre “impía” en un claustro del siglo XVII, lúgubre, mientras Sor Juana Inés de la Cruz firma “Yo, la peor de todas”. En nuestros cuerpos, vive la madre sancionada por desnaturalizada e inmovilizada por la amenaza ineluctable de la “mala madre”; también la Eva culpable de los pecados de la humanidad y el “parirás con dolor”. Somos las brujas quemadas vivas en la hoguera –en manos de la Inquisición- por poseer saberes y por lesbianas. Somos las mujeres de la revolución francesa muertas en el cadalso por sacar la voz en lo público y organizar la rebelión; y todas las mujeres perseguidas, violadas y asesinadas por pensar y rebelarse, o bien, para que no piensen ni se rebelen, ni antes ni ahora. Así, la culpa se enraíza en el miedo profundo y sin nombre al castigo, que paraliza y (nos) mantiene (en) el “statu quo”.

Este miedo -y su pesada realidad- nos impide vivir libremente, asumirnos humanas completas en nosotras mismas, diseñar la vida que se nos plazca y trazar nuestros propios límites, porque interviene en nuestro cuerpo, haciéndole perder la pista a la autenticidad de nuestros deseos. De manera feroz, la ideología de la culpa –producida en femenino- boicotea la autonomía política de las mujeres; es decir, la acción legítima, necesaria y urgente de abandonar todo referente masculino para pensar-nos. La misoginia de los “grandes pensadores” no nos sirve. El misógino de Nietzsche se pregunta: “¿Cuándo cesaremos de ser oscurecidos por todas esas sombras de Dios?”. Pero matar a dios no nos basta, no es suficiente para nosotras. La era civilizatoria del Hombre es la civilización de los creyentes (Pisano), lo que va más allá de la religión y la laicidad. No podemos decir que el patriarcado ha muerto, pero ya es imposible apartar la vista de la rotunda verdad de su fracaso.

2013.

*Este texto lo publiqué en mi Facebook y fue traducido al italiano por Anita Silviano.

 

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