Una lectura cualquiera un día cualquiera

Galeano, escritor uruguayo de este y del pasado siglo, es un  pensador crítico. Sin  embargo, su análisis crítico no alcanza para dejar de proyectar a las mujeres en ese territorio de “lo otro” que deja a la masculinidad intacta y su orden inamovible. Entonces la crítica no llega, no toca el fondo, se queda como varada. Definitivamente, los pensadores (y pensadoras) masculinistas no logran imaginar la vida sin feminidad ni masculinidad.

En su artículo, Galeano menciona varios delirios, llama “delirios” a esto de pensar la existencia de otro mundo. La misma palabra ya nos sitúa en una quimera, en la sospecha de que nada podría moverse mucho. Y nombra algunos que, a estas alturas, ya son lugares comunes, como “la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar” y dice otros casi bellos, como “serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma”.

Pero cuando Galeano llega a las mujeres, cuando llega, finalmente, a la posibilidad de, al menos, atisbar las razones que explican el desequilibrio de esta civilización, su masculinismo lo traiciona y no puede evitar el delirio de decir “una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los EEUU de América”; y luego más adelante: “una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú”. El autor no puede sino ver a las mujeres como naturaleza y, sonrientes, verlas accediendo a los espacios ya dados, a aquellos donde el delirio de Galeano ni siquiera arroja una llama para remecerlos. Es el esencialismo intrínseco a la masculinidad que, una y otra vez, reestablece el orden.

Una mujer por ser mujer, por ser negra, por ser india. No porque construye pensamiento o porque tiene una propuesta de mundo diferente, un proyecto filosófico y político que no responde a las ideologías conocidas. La capacidad de pensar autónomamente es la que no nos atribuyen –no nos ven pensantes- y, muchas muchas veces, nosotras les creemos.

¿Qué le podemos decir a Galeano? Nada. No hay nada que decirle ni pedirle a la masculinidad. Solo hay que abandonarla.

2010.

*Cuando recién hice circular este texto, Sandra Lidid, a quien le gustó mucho, lo compartió en su blog.

 

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