Los revestimientos del feminismo

Segunda aproximación(1) al libro del CEM(2)

Según Van Dijk, lingüista holandés, especialista en análisis crítico del discurso, ‘ideología’ ha sido sinónimo de “sistema de creencias falsas, equivocadas o engañosas” y el concepto comporta la siguiente polarización: nosotros tenemos el conocimiento verdadero, ellos tienen ideologías(3). Si aplico esta polarización al libro del CEM, descubro que, para las autoras, las feministas que apuestan por un proyecto político propio tienen ideología. Las que se pierden entre los proyectos políticos de la ‘masculinidad’(4) poseen el conocimiento verdadero. Es decir, el libro se sustenta en una lógica dicotómica.

Las autoras se sitúan, implícitamente, en un supuesto conocimiento verdadero y camuflan el lugar ideológico desde donde hablan; de esta manera, construyen una plataforma esencialista y presentan “su” historia como si fuera “la” historia del movimiento feminista chileno, representativa de las diferentes corrientes que lo constituyen y, peor aún, como si fuera la única mirada posible. Sin embargo, no es “la” historia del feminismo chileno, es su versión oficial, que sirve a ciertos intereses.

Como historia oficial es, fundamentalmente, un relato que perpetúa el silenciamiento de la capacidad de pensamiento autónomo en la historia de las mujeres, y del feminismo como proyecto civilizatorio; es decir, silencia la posibilidad de una civilización distinta a la vigente. Homogeniza los enfrentamientos ideológicos que ocurren al interior del feminismo, y refuerza la permanencia en el poder de un feminismo tributario del proyecto civilizatorio de la masculinidad, que se consolida en los años noventa y cuyos antecedentes se encuentran en las expresiones feministas con doble militancia (feminista y partidista) de los años ochenta.

Las autoras refuerzan un ‘feminismo masculinista-femenil’. Este concepto, acuñado por Margarita Pisano, da cuenta de lo sumergido que está el feminismo en el sistema vigente. Pisano cuestiona las estrategias políticas de las feministas que empoderan o buscan la legitimidad del mismo sistema que las oprime. La pensadora profundiza el concepto de ‘feminidad’ que explicaría la esclavitud mental de las mujeres y de las feministas, y postula la teoría del monomio: la masculinidad inventa y contiene la feminidad; de ahí la imposibilidad de conseguir igualdades o diferencias pensadas desde un cuerpo varón, basadas en su lógica.

En el libro, la expresión más patética y misógina de este servilismo es la invisibilización y descalificación permanentes hacia las feministas que apuestan por un proyecto político propio. Durante el relato de los años noventa, las descalificaciones contra las feministas autónomas son recurrentes, desenmascarando el neutro y mesurado lugar de la sociología(5). En el último capítulo, usan el discurso de esta corriente sin reconocer el lugar específico de donde viene y filtrándole su contenido transformador.

Durante el relato de los años ochenta, analizan el feminismo, especialmente, como un movimiento de resistencia contra la dictadura; igualan las posiciones ideológicas entre las feministas y las llamadas ‘políticas’(6) (término que me parece cuestionable), y presentan de manera indiferenciada a las organizaciones propiamente feministas y a las de doble militancia. Es decir, borran las relaciones de poder, las diferencias ideológicas entre unas y otras, y, de esta manera, entierran los atisbos de un feminismo civilizatorio.

Si bien es cierto que la década de los ochenta se caracterizó por la resistencia contra la dictadura y que el movimiento feminista fue parte activa del movimiento opositor, también es cierto que un sector de feministas trasciende la mera oposición al régimen dictatorial y se conecta con la larga historia de las mujeres. Éste fue el sentido de la Casa de la Mujer La Morada, que tuvo vida mientras apostó por un proyecto político propio, feminista y autónomo, tratando de desmontar las dobles militancias(7).

Siguiendo la misma lógica, el feminismo de los noventa superaría al de los ochenta, al que califican de tradicional, clásico, centralizado, y lo representan organizativamente en la figura de los colectivos, resistentes al cambio. Todo suena a algo muy pasado de moda. Las autoras afirman que el feminismo de los noventa “se expande, complejiza y trasciende los límites de lo que antaño fuera considerado un movimiento social tradicional”. Se caracterizaría por ser incluyente, diverso, múltiple, descentralizado, plural, heterogéneo, expansivo. Miranda Fricker lo llama ‘feminismo postmoderno’, y lo analiza de la siguiente manera:

“Al feminismo postmoderno se le ha de atribuir el haber puesto en circulación (…) las ideas de que la identidad social está múltiplemente fragmentada (…) pero una concepción de la identidad social como fragmentada no está indisolublemente vinculada a la perspectiva postmoderna. En realidad, lo que para nosotros hace que la idea resulte aceptable es realmente algo que para el postmodernismo constituye casi un anatema, a saber, la aspiración a representar el mundo de manera verdadera, de captar los hechos (…) Los postmodernos propugnan usualmente una ontología social de la fragmentación no sobre la base de su fidelidad sociológica, sino sobre la base política de que cualquier otra ontología resultaría excluyente (…) En el postmodernismo feminista, por consiguiente, reconocer la diferencia implica satisfacer una obligación para con la inclusividad política más bien que con la adecuación empírica”. Y afirma que el postmodernismo feminista o feminismo postmoderno corteja el conservadurismo(8).

Esta cita se relaciona con el tópico de la diversidad al que aluden constantemente las feministas y los discursos oficialistas. La idea de la diversidad (y sus sinónimos) en boca de muchas feministas, y su aparición insistente en el libro que analizo, me provoca incomodidad. Esta incomodidad se debe, en parte, a que justamente se trata de un tópico, es decir, una idea que se ha rigidizado, congelado, transformado en prejuicio. En consecuencia, no se cuestiona, profundiza ni se intenta comprender, al menos de parte de las personas que la usan casi como una muleta; en otras palabras, se da por supuesta. Y quienes la usan con tanta insistencia, instalan inmediatamente el territorio donde quieren que una se mueva y supuestamente dialogue.

¡Pobre de ti si te atreves a contradecir el tópico de la diversidad! Este concepto esconde otra dicotomía: si cuestionas la diversidad es porque eres una “sectaria”. Por eso es certero el análisis de Miranda Fricker, la diversidad es un hecho; además, las feministas sabemos que el patriarcado se construyó borrando nuestras diferencias como mujeres. El problema es, como plantea ella, que se transforme en una obligación de inclusividad política, y es así como está ocurriendo.

La diversidad que postulan plantea un falso igualitarismo: borra las diferencias ideológicas profundas entre las feministas. Las argentinas Magui Bellotti y Marta Fontenla afirman que la diversidad “…también ha servido para remitirnos a un espacio de indiferenciación, donde somos tan intercambiables la una por la otra que no existe posibilidad de individuación ni de construirnos como sujetas (…) No todas las diferencias son complementarias. La diversidad no es equivalente a ese pluralismo liberal en donde todo cabe y todo tiene igual valor”(9). No olvidemos que, en nuestra historia, un feminismo ha cooptado y arrinconado a otro más rebelde.

Las ideas de diversidad e inclusión conforman un disfraz. El feminismo tributario del proyecto civilizatorio de la masculinidad, feminismo masculinista-femenil o feminismo postmoderno, la ‘corriente feminista institucional’ para las amigas… se enmascara y camufla entre la vestimenta ajada de la postmodernidad y sus consabidos tópicos.

En la instalada legitimidad de la sociología, este disfraz se re-viste con el nuevo concepto de ‘movimiento social’ que aparece en el libro, el de ‘campo de acción’. Este concepto envuelve la idea de que “las feministas hoy están en todas partes”: en la calle protestando o en el Banco Mundial haciendo lobby (‘advocacy’). Con esto quieren decir que una misma feminista puede usar una estrategia movimientista en determinado momento y puede usar la estrategia de lobby (‘advocacy’) en otro. En realidad, lo que quieren decir alude al más añejo y fracasado de los casos: la estrategia de la feminista que está en los pasillos del Banco Mundial se “complementa” con la que vocifera en la calle.

Este concepto es funcional al proceso de despolitización del feminismo (hecho muy político, por lo demás), en el sentido de que enmascara y justifica la acomodación de la mayoría de las feministas en las estructuras de poder masculinas, instituyendo la idea de que se puede hacer política desde el espacio laboral y sin necesidad de estar organizada. Si bien estas prácticas están asociadas a feministas que durante los noventa se las identificó como parte de una ‘corriente institucional’, con el concepto de ‘campo de acción’, se camuflan en el discurso de las diversas formas de organización, las diversas estrategias de acción y los diversos proyectos ideológicos, todos disociados entre sí.

El nuevo concepto de ‘movimiento social’, acuñado por Sonia Álvarez, feminista cubana que vive en EEUU, se acerca a la idea propiciada por las feministas autodenominadas Ni Ni: “ni de aquí ni de allá”, que, en realidad, siempre han sido De De: “de aquí y de allá”. Las Ni Ni (Ni las unas Ni las otras) se agrupan en el VIIº Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que se organiza en Chile y tiene lugar en Cartagena el año 1996. A lo largo de la historia, las y los Ni Ni, residentes de todas partes, han constituido una máscara del poder, y el feminismo no es la excepción. En las Memorias del Encuentro de Cartagena, las conclusiones de los talleres de las feministas institucionales y de las Ni Ni coinciden en que tanto unas y otras no explicitan posición ideológica alguna, y tanto unas y otras reducen el feminismo a un problema temático (derechos reproductivos, aborto, violencia), sin proyección civilizatoria.

El feminismo, que se intenta reinstalar con la historia del CEM, se consolida, como dije antes, durante los años noventa y se sigue reciclando a través de las nuevas generaciones de “feministas” que surgen desde los cursos académicos del ‘género’. Es un feminismo que se enmascara y camufla tras el disfraz de la diversidad y sus sinónimos: pluralista, múltiple, heterogéneo, incluyente, descentralizado, expansivo… (amébico, niní, dedé); disfraz postmoderno que le sirve para desdibujar responsabilidades políticas e históricas.

Michel Foucault afirma que “… el discurso de lo histórico puede ser entendido como una especie de ceremonia, hablada o escrita, que debe producir en la realidad una justificación y un reforzamiento del poder existente” (10). La historia del CEM refuerza el sistema de la masculinidad y sus revestimientos. Y éste es un dato de la realidad para quien lo quiera ver.

2005.

*Este texto lo presenté en un coloquio de género organizado por la universidad ARCIS de Valparaíso. Del Movimiento Rebelde del Afuera, también expuso Tatiana Rodríguez y Margarita Pisano. El análisis de discurso que presento en este texto lo desprendo de mi investigación para obtener el grado de magíster en Lingüística.

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  1. Existe una “primera aproximación” que titulé La cobardía feminista
  2. Ríos, Marcela; Godoy, Lorena; Guerrero, Elizabeth; 2003: ¿Un nuevo silencio feminista? La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura. Editorial Cuarto Propio/CEM, Santiago.
  3. Centro de Estudios de la Mujer (CEM): centro de investigación académica, dedicado principalmente a la generación y difusión de conocimiento sobre la situación de la mujer, así como a la asesoría, capacitación y apoyo a distintos grupos y organizaciones de mujeres. Creado en 1983 en Santiago de Chile; paralelamente, se crea la Casa de la Mujer La Morada, cuyo proyecto fue de carácter político-feminista y movimientista.
  4. Van Dijk; 2003: Ideología y discurso
  5. Para el concepto ‘masculinidad-feminidad’ ver El triunfo de la masculinidad de Margarita Pisano en www.mpisano.cl
  6. El libro es una investigación sociológica, que relata la historia del movimiento feminista chileno.
  7. Este término se usó durante los ochenta para referirse a las feministas con militancia partidista.
  8. La Morada, impulsada y gestionada por Margarita Pisano junto a otras mujeres, fue el referente ideológico y la residencia física del movimiento feminista en los ochenta.
  9. Fricker, Miranda: “El feminismo en la epistemología: pluralismo sin postmodernismo”, en Feminismo y filosofía, M. Fricker y J. Hornsby, Idea Books S.A., Barcelona, 2001.
  10. Bellotti, Magui y Fontenla, Marta: “Primeras miradas desde el interior de un Encuentro” en La correa feminista, n°16-17, primavera de 1997, CICAM, México.
  11. Foucault, Michel; 1993: Genealogía del racismo. Editorial Altamira, Buenos Aires.

La voltereta del posfeminismo

A propósito de discursos “sin la madurez de la memoria”

…la contestación a su pregunta ha de ser que la mejor manera en que podemos ayudarle a evitar la guerra no consiste en repetir sus palabras y en seguir sus métodos, sino en hallar nuevas palabras y crear nuevos métodos. La mejor manera en que podemos ayudarle a evitar la guerra no consiste en ingresar a su sociedad, sino en permanecer fuera de ella… (Virginia Woolf, 1938, en Tres Guineas).

Son conocidos los argumentos y los hechos que deconstruyen los fundamentos ideológicos y las prácticas políticas del feminismo liberal. Situándome, solamente, en el mundo occidentalizado y en los inicios de la llamada “segunda ola feminista”, tropiezo con los análisis políticos del feminismo radical y cultural en Norteamérica y el feminismo de la diferencia en Europa por las décadas de los sesenta y setenta. Estos feminismos comparten el rechazo contra las políticas feministas que le demandan “derechos humanos” al poder patriarcal. Ponen en cuestión el deseo de las mujeres de ser reconocidas por una civilización que han proyectado y pensado los varones; el deseo de integrarse a una simbólica y a un aparataje institucional que se han trascendido en base a declararnos inexistentes.

La historia de reivindicaciones feministas da cuenta de cómo cada conquista o acceso conseguidos por las mujeres (educación, sufragio, aborto, liberación sexual, mundo laboral, no violencia) no ha mejorado ni, menos aún, ha cambiado el mundo sustancialmente; al contrario, han sido absorbidos por la deshumanización y el desequilibrio intrínsecos de la civilización masculinista, remozándola. Las puertas que nos abrieron nuestras antecesoras, cuyas reivindicaciones llevaron la marca de la radicalidad, no fueron seriamente analizadas por las liberales post-sufragismo, cuyas demandas llevan la marca arribista del oportunismo político, terminando por cristalizar el fracaso de los mal llamados “avances feministas”.

Es así entonces que Nelly Richard, connotada teórica del post-feminismo criollo, en la mesa inaugural del coloquio “Por un feminismo sin mujeres” (1), usa los verbos “reclamar, solicitar, requerir, urgir” cuando alude a las “tácticas” políticas del feminismo. Por ejemplo: “reclamar contra el fallo del tribunal constitucional en relación a la Píldora del Día Después” o “solicitar, requerir, urgir respecto de la despenalización del aborto”. Es decir, se refiere a las recurridas estrategias del feminismo institucional, también denominado “feminismo de la igualdad” o “feminismo liberal” (dejando a un lado la heterogeneidad que podría existir entre los tres): “…la grupalidad del nosotras las mujeres, (…) sí importa cuando tengamos que reclamar contra el fallo del tribunal constitucional de la Píldora del Día Después o cuando haya que salir a la calle para solicitar, requerir, urgir respecto de la despenalización del aborto. Bueno, ahí, nosotras las mujeres todavía importa…” (2)

Pero Nelly Richard no solo nos conmina a usar, de manera táctica, la expresión las mujeres para salir a reclamar contra el fallo del tribunal constitucional, sino, al mismo tiempo, en el nivel teórico, nos invita a “desbordar, exceder, deconstruir” el signo “mujer”: “…El nombre mujeres puede usarse con comillas o sin comillas. La versión esencializada del feminismo binario, (…), que aquí se estaría refutando, y a la vez mujeres con comillas para aquel feminismo deconstructivo (…) que yo sí creo debe desbordar, exceder la categoría mujeres junto con deconstruir esa categoría (…) me parece que permite hacer oscilar el género (…), entre comunidad las mujeres que sí le importa al feminismo como movimiento social y, a la vez, como desidentidad que quisiéramos compartir aquí…”

Richard separa el cuerpo teórico del movimiento social. Acusa recibo de una de las dicotomías más burdas de los análisis políticos. Yo, particularmente, no tengo ningún problema con las dicotomías en sí, al menos no constituyen ningún fantasma para mí, porque es la lógica de dominio incluyente la que conforma el modus operandi del sistema masculinista. Pero me sorprende, porque las personas de este coloquio sí tienen problemas con las dicotomías, y muchos. Es más, el discurso binario pasa a ser un anatema para esta tendencia, y sus ángeles vengadores están atentos a acusar y sancionar moralmente cualquier asomo o atisbo de binarismo en los discursos ajenos. Extraña situación.

Sin embargo, tras esta arbitraria división que hace Richard, los dos niveles de su propuesta se unen para apuntalar el mismo objetivo político. Tanto en la táctica (“urgiendo por la despenalización del aborto”) como en el discurso (“desplazando el signo mujer”), las mujeres -con comillas y sin comillas- se des-integran en la civilización androcéntrica, material y simbólicamente. Como dice Linda Alcoff, tras desplazar y desmantelar el signo mujer nos quedamos, al parecer, con la idea de un sujeto universal y abstracto, con el mismo humano genérico por el que apuesta el liberalismo y, consecuentemente, el feminismo liberal o de la igualdad, y que las feministas radicales, culturales y de la diferencia de los años sesenta y setenta pusieron al descubierto (4). La cultura patriarcal se ha valido de la creencia de un sujeto universal, abstracto e incluyente para cubrirse las espaldas: el Hombre, y también para disfrazar de inamovible su dominio, en especial, lo que nos hace a las mujeres: incluirnos como femeninas y excluirnos como seres humanas.

Desplazar el signo mujer opera como una negación sobre la negación. Como las mujeres no hemos logrado marcar el mundo con una historia y una adscripción simbólica propias, relatadas, visibles, conocidas que nos sostengan y que, al menos, contrarresten el referente androcéntrico, no encontramos una propuesta distinta (sin dominio) de ser personas tras el desmantelamiento del signo mujer; nos encontramos con un sentido de la existencia masculinista, o sea, con un sentido depredador de la existencia. Por lo tanto, el signo mujer –y las mujeres con y sin comillas- se des/integran en la feminidad, esencializándola aún más. No por nada las teóricas de esta tendencia están femeninamente arrellanadas en la academia masculinista; solo pueden estar allí y así a costa de este ejercicio discursivo deshistorizado al que se dedican.

Nelly Richard, entonces, se equivoca cuando se lee genealógicamente en el trasnochado feminismo de la diferencia: “feminismo de la diferencia, luego (…) un feminismo que pasa a ser de las diferencias y luego un feminismo deconstructivo, postmetafísico, postestructuralista…”. Porque todo el desarrollo anterior me lleva a concluir que el post-feminismo no es más que el trasnochado feminismo liberal o de la igualdad, barnizado y revestido con post-modernidad; y es parte del resultado actual del proceso de institucionalización que hace 20 y más años se emprendió contra el movimiento feminista chileno y también latinoamericano.

Mientras el feminismo siga congelado en el tiempo eterno de la feminidad, reclamándoles, solicitándoles, requiriéndoles, urgiéndolos, implorándoles, demandándoles, o bien, denunciando a los poderes masculinos, estos se mantendrán dichosos manejándonos con nuestras supuestas “conquistas”: alargándolas, quitándolas, otorgándolas, reemplazándolas o atribuyéndoselas de acuerdo a sus intereses, sus crisis, sus guerras, sus modas o sus cambios de humor, de acuerdo a sus urgencias. Y las mujeres seguirán des/integrándose en su civilización, creyendo en ellos, aceptando sus migajas o haciéndoles la guerra. En definitiva, creyendo en su cultura como la única posible. Por eso concuerdo con Pisano en que el feminismo – y por muy post que se lea hoy en día- “está tomado, repetitivo y aburrido, demandante y quejoso, decadente y sin la madurez de la memoria”. (5)

Santiago, julio de 2010

Referencias:

  1. Me refiero al Segundo Circuito de Disidencia Sexual “Por un feminismo sin mujeres”,  organizado por la Coordi…nadora Universitaria por la Disidencia Sexual (CUDS) de la Universidad de Chile, y por el Diplomado en Estudios Feministas de la Universidad Arcis. Junio, 2010.
  2. La mesa inaugural del Segundo Circuito se puede escuchar en http://www.disidenciasexual.cl/2010/06/escucha-el-panel-inaugural-del-segundo-circuito-de-disidencia-sexual/
  3. Para quien quiera leer un análisis riguroso y una interpretación radical de los hechos que concertaron –y del debate político que rodeó- la institucionalización del feminismo en este país y parte de Latinoamérica y, asimismo, profundizar en la historia y los planteos de Pisano, las Cómplices y las voces pensantes de la corriente autónoma; en especial, en el discurso de las diferencias ideológicas y de las corrientes de pensamiento feministas, ver: Pisano, M. & Franulic, A. (2009). Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Santiago: Editorial Revolucionarias.
  4. “Para el liberalismo, en último extremo, la raza, la clase y el género carecen de importancia en relación con cuestiones como la justicia y la verdad, porque, ‘en el fondo, todos somos iguales’. Según el post-estructuralismo, la raza, la clase y el género son constructos, por tanto, no pueden ratificar ninguna concepción sobre la justicia y la verdad, puesto que no existe una sustancia esencial subyacente que liberar, realzar o sobre la que construir. Por tanto, vuelve a confirmarse aquí que, en el fondo, todos somos iguales.” En Alcoff, L. (1988). Feminismo cultural versus post-estructuralismo. http://www.creatividadfeminista.org El planteo de Alcoff se condice con los análisis que se han realizado desde la autonomía cómplice –y que yo misma he realizado- en relación al tópico de la diversidad. Es decir, cómo el discurso de la multiplicidad de diferencias cae, otra vez, en la indiferenciación, la uniformidad y la homogeneidad. O cómo el discurso des-identitario vuelve a reponer las identidades.
  5. Pisano, M. (2004). Julia, quiero que seas feliz. Santiago: Editorial Surada (p.73).

*Al escuchar por internet el audio de la presentación de Richard en el coloquio “Por un feminismo sin mujeres”, me alenté a escribir este análisis. En un texto de la autora que se titula Postfacio/Deseos de… ¿Qué es un territorio de intervención política?, y que aparece publicado en el libro Por un feminismo sin mujeres. Fragmentos del segundo circuito desidencia sexual (2011), Richard alude a mi análisis en un pie de página y representa el feminismo que ella denomina “identitario” en el discurso de Pisano y en el mío, en oposición a su feminismo, el deconstructivo.

 

La cobardía feminista: un análisis crítico de una investigación social del Centro de Estudios de la Mujer

Informe de Tesis para optar al grado académico de Magíster en Lingüística con Mención en Lingüística Hispánica, enero 2006 (Descargar documento completo en .pdf). Versión online AQUÍ

INTRODUCCIÓN

En los últimos treinta años, hemos presenciado un creciente interés por vincular lenguaje e ideología en la perspectiva del discurso. En este contexto, el análisis del discurso, en particular una de sus subdisciplinas, el análisis crítico del discurso, se presenta como un dominio propicio para el desarrollo de los estudios interdisciplinarios. En las últimas décadas, los analistas del discurso de orientación lingüística han podido contar con modelos explicativos transoracionales más poderosos que les permiten emprender nuevas aproximaciones a los usos sociales e ideológicos de las lenguas. Han sido capaces, en consecuencia, de superar el límite oracional previamente establecido para la descripción de los componentes formales de los sistemas lingüísticos. Este nuevo estado de cosas ha promovido, en primer lugar, un severo cuestionamiento de los enfoques descriptivos o explicativos  fundados en las nociones de ‘lengua social abstracta’ saussuriana, langue, y de ‘conocimiento gramatical idealizado del hablante’, competencia, propuesta por Chomsky. En segundo lugar, tales enfoques han sido reemplazados por aproximaciones alternativas, de carácter interdisciplinario, en que se examinan conjuntos de datos lingüísticos genuinos, originados por los participantes en contextos sociales, esto es, por personas con propósitos o intenciones comunicativos propios, orientadas por sus particulares principios ideológicos, visiones de mundo y normas de comportamiento social.

Dado este estado de cosas, el análisis crítico del discurso ha adquirido plena validez y reconocimiento por cuanto ha emprendido, en una orientación tanto socio-ideológica como lingüística, el examen de determinados conjuntos de discursos que circulan en la sociedad, los que por haber sido generados por líderes políticos o mediáticos –luego, influyentes en la vida comunitaria-, emergen como un instrumento comunicacional de la ideología dominante en tanto su propósito, pre-establecido o no, es influir en la configuración de una determinada realidad social. En términos específicos, el análisis crítico del discurso procede al estudio de los discursos que ponen de manifiesto el ejercicio del poder por los grupos dominantes, siendo su propósito último develar el abuso de autoridad o de liderazgo allí inscritos, como también la discriminación de las minorías étnicas y sociales, entre sus principales acciones.

El presente estudio se ocupa de la temática de la intencionada desarticulación de los movimientos sociales, en particular del Movimiento Feminista, en el Chile posdictadura. Con este propósito, se procedió a la aplicación de un procedimiento de análisis crítico del discurso a un corpus seleccionado del libro ¿Un nuevo silencio feminista? La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura, investigación social publicada por el Centro de Estudios de la Mujer (CEM)1. Durante el Chile de la dictadura militar de los setenta y ochenta, se articula un movimiento opositor a ella, conformado por diferentes sectores, entre los cuales adquiere especial resonancia el Movimiento Feminista, que ya contaba con antecedentes en nuestro país desde el sufragismo2. El Movimiento Feminista es una organización creada en 1983 por un grupo de feministas de Santiago –especialmente por Margarita Pisano y Julieta Kirkwood-, cuyos objetivos son denunciar y visibilizar la condición de las mujeres, producir cambios en las relaciones de género entre hombres y mujeres, concientizar a las mujeres sobre su opresión, teorizar a partir de la experiencia personal, y generar un movimiento social antiautoritario.

Cabe señalar que el Movimiento Feminista no es un fenómeno exclusivamente chileno. Desde la década de los setenta y hasta fines de los ochenta, se genera una segunda ola del feminismo en Latino-América –siguiendo a aquél comenzado en Estados Unidos y Europa- en favor de la construcción de un proyecto político liberador a escala mundial, que parte desde la especificidad de la opresión de las mujeres. En el curso de este segundo desarrollo, el feminismo examina y da cuenta detallada de la desigualdad y explotación de las mujeres, construyendo una sólida teoría que aporta dos importantes categorías de estudio: ‘género’ y ‘patriarcado’. Esta segunda noción se funda en la ‘histórica hegemonía masculina en el mundo’, la cual ha prevalecido, durante tres mil años o más, en muchas sociedades humanas como único punto de vista válido e, incluso, supuestamente universal. Este androcentrismo se ha manifestado en las ciencias, historia, filosofía, arte, religiones y lenguas. Es así que el Movimiento Feminista chileno va más allá de una reacción opositora contra la dictadura militar.

No obstante, al recuperarse la democracia en el país, la visibilidad pública de las actoras sociales que configuraron este movimiento empieza a ser cada vez menos frecuente, hasta llegar a su completa desarticulación, incluso ocasionando la desaparición o desprestigio del término ‘feminismo’. La democracia en el Chile de la transición y postransición ha originado no sólo la reemergencia de los partidos políticos sino también su monopolio sobre el sistema político, junto con la gestación de una política en alianza con los militares y a la medida del neoliberalismo globalizado. Para lograr estos fines, ha sido necesario para los ideólogos y ejecutores del sistema vigente, entre otras acciones, desarticular la organización de al menos algunos de los movimientos sociales chilenos formados durante la lucha contra la dictadura. La desmovilización del Movimiento Feminista –el único que contaba con la potencialidad de un cambio civilizatorio3– se ha llevado a cabo con ciertas complicidades y ciertas marginalidades. Las complicidades se fundamentan en la institucionalización de tanto el movimiento como de sus dirigentes. Para implementar esta estrategia, la ideología hegemónica, en adelante ‘masculinidad’ (ver sección 2.0. Marco Teórico), ha contado con la colaboración de las feministas de ‘la corriente institucional’, quienes han acomodado a los intereses ‘masculinistas’ las ideas más rebeldes elaboradas desde el feminismo, invisibilizando así a sus protagonistas.

El discurso que se analizó en este estudio ha sido aquél generado por la corriente ideológica institucional del feminismo. En cuanto clase textual lingüística, dicho discurso ha tomado la forma de un informe de investigación social, publicado por el Centro de Estudios de la Mujer. Para reafirmar la posición referida, las autoras, editoras y colaboradoras de la publicación han necesitado marcar negativamente y borrar la historia de la corriente feminista marginada, ‘la corriente autónoma’, cuyo discurso cuestiona el sistema vigente de la masculinidad en sus fundamentos. Por otra parte, la tesis principal que marcó el curso de esta investigación puede plantearse en los términos siguientes: el lugar ideológico del discurso de las feministas institucionales se identifica con aquél de la masculinidad dominante, en el sentido de que las primeras niegan la autonomía del pensamiento de las mujeres, reproduciendo la relación aún vigente de dominio / dependencia entre los sexos.

Con el propósito de develar la situación recién descrita, en el presente estudio, el objetivo primario fue el examen, en el corpus seleccionado, del funcionamiento de determinadas categorías lingüístico-discursivas tanto en los niveles semántico y pragmático –a saber, tópicos y subtópicos, superestructura y macroestructura, macro- y micro-actos de habla-, como también su formalización vía determinadas estructuras sintácticas y elementos léxicos. Finalmente, el objetivo último de esta investigación es ofrecer antecedentes, mediante el análisis de determinadas estructuras del discurso, que permitan develar el macrodiscurso de la masculinidad dominante, el cual al ser moldeado por la ideología hegemónica aporta características de la macrocultura que lo sostiene. Tal análisis podría constituirse en un recurso que permita emprender su posible deconstrucción. En último término, a partir del examen primario del funcionamiento de las estructuras y elementos configuradores del mensaje lingüístico, se pretendió contribuir a un análisis crítico, cultural e histórico más amplio (ver sección 2.0. Marco Teórico). En nuestra opinión, la publicación del CEM que se examinó en esta investigación es un claro ejemplo al respecto, puesto que el feminismo ha sido, en algún momento, una ideología de la liberación con una potencialidad mayor a la de otras. Sin embargo, hoy parece estar al servicio de nuevas formas de dominación. Podemos argumentar, finalmente, que esta apropiación sutil e invisible –en consecuencia, más poderosa- es un rasgo de la masculinidad dominante. Buscamos, por tanto, ofrecer una respuesta a la pregunta siguiente: ¿Concretamente, cómo se pone de manifiesto, tal absorción en el texto lingüístico en cuestión?

1. Ríos, M., L. Godoy y E. Guerrero. 2003. ¿Un nuevo silencio feminista? La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura. Santiago: Centro de Estudios de la Mujer / Editorial Cuarto Propio.
Centro de Estudios de la Mujer (CEM): centro de investigación académica, dedicado principalmente a la generación y difusión de conocimiento sobre la situación de la mujer, así como a la asesoría, capacitación y apoyo a distintos grupos y organizaciones de mujeres. Creado en 1983 en Santiago de Chile; paralelamente, se crea la Casa de la Mujer La Morada, cuyo proyecto fue de carácter político-feminista y movimientista. 

2. Movimiento social que promueve los derechos civiles y políticos de las mujeres, objetivo que va tomando forma para el mundo occidental durante la primera mitad del siglo xX.

3. Con esta expresión se alude a la construcción de una civilización distinta a la ‘patriarcal’, a la cual se le concede una fecha de inicio y, por lo mismo, una fecha de término. Para Pisano (2001) otra civilización implica un cambio del ‘orden simbólico-valórico masculinista’, basado, fundamentalmente, en la idea de dominio/superioridad. Bourdieu (1995), por su parte, alude a un cambio en las interpretaciones del mundo, a una ‘revolución simbólica’.

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Apuntes sobre misoginia

El negro Manuel Antonio hoy cree que es mayordomo, pero todo ha sido un sueño. Y cuando se pone el traje que le regaló el patrón, sueña que ya no es de esclavo... (Nicomedes Santa Cruz)

Este escrito parte de mi experiencia y habita las palabras políticas de Margarita Pisano (1), con las cuales me comprometo plenamente. Se basa en lo que hablé en la IIIª Escuela Feminista (2001) organizada, entonces, por el Movimiento de Mujeres Feministas Autónomas; hoy, Movimiento Rebelde del Afuera.

Allí hablé de la misoginia, pues creo es fundamental que nosotras la entendamos, puesto que cruza todos los espacios de nuestras vidas: el íntimo, privado y público, impidiéndonos vivir bien… impidiéndome vivir bien. Misoginia es el odio y el miedo profundos a las mujeres; la palabra viene del griego misogynes que quiere decir “yo odio a las mujeres”. Es el motor de la feminidad (2), que la hace girar sobre sí misma, generando amor-admiración hacia los hombres y su sistema, y desprecio-invisibilización hacia las mujeres. En conceptos literarios, su leitmotiv.

Desde hace siglos habitamos una cultura misógina: pensada, creada, organizada y ejercida por los varones. Debido a quizá qué terror masculino ancestral, hacia un cuerpo que sangraba cada ciclo y tenía la capacidad de parir. No me referiré al origen de esta cultura patriarcal y misógina, pero sí quiero acotar que comparto la hipótesis de la existencia previa de civilizaciones más humanas y vitales presididas por consejos de mujeres. Hoy en día, las mujeres continuamos manifestando nuestra esclavitud hacia los varones y su sistema, al reproducir relaciones misóginas entre nosotras. Trampas de la masculinidad, que desfiguran a los verdaderos responsables y nos transforman en sus cómplices, sino en culpables.

Para sortear estas trampas, conocerlas y sanarnos de ellas, quiero iniciar el análisis y una posible deconstrucción de la misoginia entre mujeres. Y porque también pienso que –desde nosotras– es posible inventar una civilización más humana y relaciones más dignas y felices si logramos relacionarnos sin misoginia, es decir, si logramos salirnos de la feminidad y, por lo tanto, de la masculinidad; en otras palabras, si dejamos de servir material, emocional e ideológicamente al sistema. ¿Cómo se hace?

En primer lugar, un poco de harina cernida y unas dos cucharaditas de azúcar flor. En segundo lugar, entender que no hay fórmulas ni recetas dadas; sí, una experiencia entre mujeres que se conoce, comprende, analiza, interpreta, estudia, comparte, conversa, converge, diverge, emociona, proyecta, identifica, reconoce y así, así, así. Y no me refiero a una experiencia de complicidades “femeninas”, sino a experiencias-conocimientos-sabidurías de mujeres que se han atrevido a pensar desde Afuera del sistema.

Esta experiencia es la que a mí me ha servido para ir descolonizando mi mirada y poder ver todo aquello que a las mujeres nos han negado y robado, lo que nos mantiene atrapadas; ver, por ejemplo, que mi cuerpo de mujer, arrumbado en el silencio, estaba traspasado de miradas ajenas, que le habían dicho cómo moverse, cómo vestirse, cómo sentir, cómo hablar y cómo callar; cómo seducir y cómo pensar. Qué creer y valorar; con quién y cómo erotizarse; a qué temer, cómo amar… Un cuerpo que, en definitiva, debía vivir en función-proyección de otros-espejos, y no de mí misma. ¿Por qué, entonces, habría de quererme?

Esta vida prestada ha marcado tanto a las mujeres que casi carecen (carecemos) de amor propio. El amor propio tiene que ver con la voluntad de pensar un proyecto de vida y de humanidad propio; tiene que ver con ser persona. Es una ética distinta, no prefijada por las leyes de Zeus. Y si una no se ama a sí misma DE VERDAD, más acá del ego (que, a veces, ejerce de armadura de inseguridades, miedos y complejos), es muy fácil despreciar –o proteger, que es la otra cara del desprecio- a las otras. La misoginia se aprende y te la enseña otra mujer.

El sistema patriarcal masculinista es tan eficiente que domina por medio de sus esclavos; esta eficiencia le ha costado mucha sangre, por cierto. Sus esclavos más efectivos han sido y son las mujeres, quienes transmiten el mandato de sumisión/admiración a los varones y su modelo de sociedad. La madre, junto a sus palabras y silencios, valora la obediencia que se espera de nosotras. El silencio es un lugar históricamente femenino y muy violento; nos educan por medio y dentro de él. Es el arma del oprimido, una cola de alacrán que envenena el alma: porque si no me expreso, mi cuerpo se enferma y muere contenido.

Las madres son las primeras mujeres con quienes nos relacionamos en la vida y nos traicionan, al exigirnos –a veces muy ambiguamente, pues también lanzan dardos de rebeldías- que padezcamos las mismas miserias que ellas han padecido. Esta traición fundamental contribuye a la enseñanza de no amar a las mujeres y continúa CON MUCHA FUERZA E INSISTENCIA en las palabras de la profesora y de la tía; luego, en las de las amigas y, muy pronto, en las de una misma.

Las relaciones misóginas entre mujeres pueden tomar varias formas, explícitas o no, desde la envidia y competencia encubiertas o manifiestas, hasta el amor más febril o protector. Esta descalificación puede tomar, incluso, el disfraz de la broma; da lo mismo. Cualquiera de estas expresiones es funcional al sistema y justifica la misoginia más allá de los argumentos.

La envidia entre mujeres ha sido representada en los mitos patriarcales y en los cuentos de hadas que de ellos derivan; de esta manera, las proyecciones femeninas de los varones se han cristalizado en el ámbito de lo sagrado y lo intocable, refrendando los modelos que han ido construyendo en la realidad. La envidia entre mujeres gira, generalmente, en torno al reconocimiento sexual o intelectual de un varón (o una mujer) que elige. La elegida entre todas es una excepción entre las esclavas… la más obediente. Como dice Adrienne Rich: “…la obediente hija del padre que hay en nosotras es solamente una yegua de tiro.” (3) Esta envidia alcanza para desconocer las ideas rebeldes de aquéllas que no les interesa ser “las elegidas”.

Por otro lado, las protecciones ayudistas (4) entre mujeres dejan intacto el sistema de dominación al que nos vemos sujetas. Una mujer que protege a otra mujer extiende la creencia en su propia debilidad hacia las demás, es decir, se protege a sí misma, y en este nicho de inseguridades y sufrimientos, nada cambia; más bien, entrega poder y, en el fondo, admira a quienes controlan a través del miedo. Este sistema legitima las relaciones protectoras-traidoras entre mujeres, porque en ellas, las mujeres no se reconocen como iguales-pensantes, sino como madres, cuya única función es amar sin amor propio.

Lo que no es funcional y aterra a los sistemas de poderes masculinos es que las mujeres PENSEMOS JUNTAS, fuera de sus lógicas y condicionamientos. Para nosotras y no para ellos. Para analizar y deconstruir el sistema existente. ¿Estamos dispuestas a creer en nuestras capacidades humanas y a legitimar nuestras ideas rebeldes,  aquéllas que no apelan al sentido común instalado? ¿Estamos dispuestas a romper las cadenas de este “cuento de hadas”? Porque si esto no sucede, seguiremos repitiendo las relaciones culturales de dominio/sumisión que roen nuestras dignidades, parchándolas con falsas protecciones, engañándonos y sembrando la desconfianza entre nosotras.

Santiago, octubre de 2003

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(1)  Arquitecta, pensadora y crítica de la cultura vigente. Fundadora de La Morada y La Radio Tierra. Además, del Movimiento Feminista Autónomo y el Movimiento Rebelde del Afuera. Ha publicado tres libros y diversos artículos y ensayos.

(2)  Entiendo feminidad como una construcción cultural pensada desde la masculinidad y contenida en ésta. Ver Pisano, M. (2001). El triunfo de la masculinidad. Santiago: Surada.

(3)  Rich, A. (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.

(4)  “Una de las maneras más comunes (y también más aceptadas) de no respetar a una persona –la experiencia de una persona- es correr en su ayuda cuando se siente ‘mal’ o incómoda” en Stevens, J. (1976). El darse cuenta. Santiago: Editorial Cuatro Vientos.