¿Qué es una vida digna para una mujer y lesbiana que se pretende libre?

Nace una niña en el mundo. No importa en qué lugar del planeta. Su madre, acompañada de otras mujeres, la da a luz en cuclillas, sin dolor ni violencia gineco-obstetra. El anuncio de que es una niña genera una felicidad generalizada en la sala. La reciben con cantos preciosos y no la separan de su madre. Es una niña y en el mundo esto tiene un valor positivo agregado. Se la deja desnuda junto a su madre, no se le perforan las orejas ni se la viste de rosado. Puede vestírsela de rosado, como puede vestírsela de amarillo o de morado o de azul. El género, los géneros sexuales, están abolidos, no existen en esta sociedad del futuro. La madre le pondrá un nombre propio, el padre ayudará a la madre en todo lo que esta diga, pues confía plenamente en su juicio. La madre no está sola. Además del padre, están la abuela, una tía abuela, las amigas. La criatura está rodeada de amor y cuidados.

Sobre todo se sabe que es una criatura de sexo femenino y esto tiene un valor social y simbólico muy importante para dicha sociedad. Se trata de una mujer, de una hembra en singular. Como tal, tiene la capacidad de dar la vida y la palabra, al igual que su madre se la acaba de dar, porque eligió libremente traerla al mundo. El aborto (indiscutidamente libre) es una decisión muy excepcional. Las mujeres no basan su sexualidad exclusiva y absolutamente en el coito, en la reproducción, como si esta fuese un mandato, sino que la basan en su placer clitórico, en su orgasmo femenino, que abre la sexualidad femenina a toda su energía erótica y creativa. Y cuando decide una mujer embarazarse, lo hace siguiendo fielmente su deseo libre. Si elige embarazarse directamente de un hombre, este también puede elegir libremente colaborar o no, llevar a cabo o no su deseo libre de ser padre. Sin duda, se trata de una sociedad que celebra la libertad, porque celebra la vida, ama todo lo vivo, y toda recién llegada y todo recién llegado al mundo, viene a ser feliz.

Desde antes de nacer y a medida de que crece, la madre le enseña la lengua materna a la niña y le cuenta relatos orales, fábulas infantiles, le habla de historias pasadas, le lee cuentos y, en todo, están presentes las mujeres como protagonistas de sus propias vidas, en cuya grandeza femenina, la niña, que la llamaremos por ahora Esperanza, por ponerle un nombre, se representa, se reconoce, se mira, se busca y se encuentra. Se expanden las genealogías femeninas a su alrededor, referentes de mujeres libres y rebeldes, referentes de amor entre mujeres, referentes milenarios, seculares o recientes; se expanden en los retratos, en el cine, en la literatura, en la televisión, en los muros de las plazas y en toda enseñanza que la niña recibe.

En esta sociedad, no existe imagen ni palabra ni ícono ni nada donde una mujer aparezca fragmentada, vuelta cosa, vuelta objeto comible, consumible o intercambiable. Es inconcebible. Como lo es también que una mujer no sea escuchada, en cualquier ámbito de la vida; ahora imaginen lo inimaginable que es, que una mujer sea violada, descuartizada o asesinada en nombre del amor, en nombre de lo que sea, en manos de un hombre o de varios hombres. El cuerpo femenino es inviolable, es in-violentable, porque es el que une la palabra al cuerpo y el cuerpo a la palabra, es un límite que no se discute, me corrijo, ni siquiera alcanza a ser percibido como un límite, es una condición esencial de la dignidad humana femenina.

El léxico de la lengua materna, que se habla en esta sociedad, carece de palabras femeninas con connotación negativa y despectiva. Al contrario, la lengua da cuenta del orden simbólico de la madre en plenitud. Lo relacional está presente por sobre la competición (la división entre superiores e inferiores, entre ganadores y perdedores) y, en la lengua, en cada lengua, el sentido de lo relacional actúa como un sema común que envuelve a todas las palabras. Si lo relacional ha desplazado la competición, se trata de un cambio de civilización. Además, en la lengua, los géneros gramaticales marcan la diferencia sexual como una realidad elemental, necesaria y enriquecedora. Nadie se avergüenza por hablar en femenino ni pide disculpas, al contrario.

Es en esta sociedad donde nace Esperanza, quien crece y camina segura por el mundo: segura, confiada, sin miedos reales o irreales, sin lealtades falsas, sin pisar cáscaras de huevos, sin callar por temor, sin disculparse por hablar, sin temer que la tergiversen y, por supuesto, sin negar su sexo ni, menos aún, desear ser el sexo contrario; también en esta sociedad esto es casi inconcebible, pues para qué, si una / uno viene al mundo a ser libre, con todas las posibilidades abiertas para autodefinirse y significar su diferencia sexual durante toda la existencia, sin casilleros, sin identidades, sin modelos ni moldes. La diferencia sexual, en esta sociedad de Esperanza, es considerada una riqueza, no un estorbo, obstáculo, campo de batalla o naturaleza a dominar.

Para esto, bastó que la niña aprendiera de su madre que la libertad es relacional y, por lo tanto, se experimenta cuando existe confianza en una otra, en un otro, tal como la experimentó en su primerísima infancia. Qué bonita la unión entre la libertad y la confianza. Es que cómo puede ser de otra manera. Si la confianza es contraria al miedo, a la defensa, a la reacción inusitada. Así mismo la niña será capaz de amar y de amar libremente, ya sea a una mujer, ya sea a un hombre, cuantas veces lo desee en su vida. Será capaz de amar a sus amigas y amigos, a las y los animales, a la naturaleza completa. Será capaz de hacerlo, siendo fiel a sí misma, a sus sentimientos, fiel al Amor. Esto también lo ha aprendido, en su primerísima infancia, de su madre. El sufrimiento se dará en porciones mínimas en su vida, si es que llega a darse.

El sufrimiento, en esta sociedad, no es un peaje que toda mujer, que llega al mundo, debe pagar por nacer hembra, ni en dosis moderadas ni en dosis desbordadas, ni de una sola vez ni a lo largo de toda su vida. Distinto es el sentir. Entre los saberes femeninos que a Esperanza le llegan desde su genealogía, está el arte, la alquimia más bien, de transformar todo sentir en palabras que hacen simbólico. Es el sentir, es la emoción, la pulsión incluso, las que informan el pensamiento y el lenguaje. Y este sentir no está encubierto, abandonado, tapado, disociado, sino que toda ser humana y ser humano lo sabe oír. Por eso, en esta sociedad, hablar en primera persona, a partir de sí, es de lo más natural.

¿Pueden imaginar cuántas cosas están abolidas en esta nueva civilización? Está abolido todo lo que invoque jerarquías, fuerza y poder: todo. La creatividad de las y los seres humanos, en este lugar de otro mundo, fluye como un manantial, porque un mundo así abre mil posibilidades a la imaginación y a la expansión de la conciencia. Las relaciones se vuelven más interesantes, complejas, dinámicas y profundas. No son necesarias las máscaras de ningún tipo, la autenticidad es lo común, no es necesario ocultarse de nadie ni fingir. La mentira está abolida. La competición (y traición) entre mujeres también lo está; el mal sagrado de la envidia entre mujeres no está representado siquiera en el vocabulario, pues la medida del mundo no son los hombres, por los cuales las mujeres deban competir; no existe la vara de perfección por la que son medidas por ellos y sus valores, ya sean estéticos, sexuales, profesionales, etc., estén ellos presentes o no. Por eso, en esta sociedad, una mujer es capaz de reconocerle explícitamente a la otra mujer su más, su disparidad, su grandeza, y viceversa, sin competición. ¡La vida es tan franca y fácil… y lo sencillo es hermoso!

Con otras palabras, Esperanza llega a un mundo donde la autoridad femenina, esa que hace crecer y da auge, está inscrita simbólicamente en todo lo que compete a la existencia humana. Entonces, es la sociedad del “augere”, que se encarna, se practica, se nombra, se representa; con otras palabras, se materializa y se lo reconoce en toda toma de decisiones. Por lo mismo, es impensable la violencia de los hombres contra las mujeres; es impensable que las/los animales sufran tortura, que desaparezcan niñas/os y se trafiquen sus órganos o que muera una mujer empalada luego de ser violada, que se asesinen pueblos originarios o se quemen forestas intencionadamente. Es impensable todo lo que es destrucción, depredación; es impensable en tanto es in-dignante y te aprieta el estómago en un nudo, la garganta en un soplo de angustia, la cara en un cúmulo de sangre: in-digna, porque atenta contra la vida digna.

Entre las acepciones de la palabra dignidad, están los significados de excelencia, realce, y también de gravedad, decoro. Por lo tanto, la dignidad es algo que trasciende lo material, está más asociada a algo no tangible, aunque visible. Decimos “esta persona es digna, se retiró digna de la sala, no ha perdido su dignidad”. Es como si esta disposición del alma, por llamarla de algún modo, estuviera presente en una, más allá de las circunstancias, es decir, se puede ser digna, incluso en situaciones de precariedad o menoscabo. En este sentido, la dignidad tiene que ver con la grandeza femenina; grandeza, en tanto el cuerpo femenino, la diferencia sexual femenina, constituye un pasadizo entre la biología y la cultura, algo que trae consigo, es su más, es el signo de la especie humana, abierto al infinito. Una sociedad, que se proyecta desde esta realidad irreductible, no obstante negadísima en el patriarcado, no da espacio a la precariedad de ningún tipo ni al menoscabo de nadie. La dignidad es una palabra en femenino, no por casualidad. Esperanza, también. La niña crece y logra ser ella misma.


Referencias bibliográficas:

Muraro, Luisa. (1991). El orden simbólico de la madre. Madrid, España: Editorial Horas y Horas.

Muraro, Luisa. (2013). La indecible suerte de nacer mujer. Madrid: Narcea.

Rivera, Milagros. (2005). La diferencia sexual en la historia. Valencia, España: Universitat de Valencia.

Rivera, Milagros. (2018) ¿Es ya impensable la violencia masculina contra las mujeres? En http://www.ub.edu/duoda/web/es/textos/10/222/