Recuperar nuestros cuerpos

Tener un cuerpo sexuado no es un dato biológico. O, mejor dicho, no se puede separar la biología de la semiología, en la especie humana. Esto quiere decir que el cuerpo no es un envoltorio, como si fuéramos porotos granados. Esto quiere decir que “somos” un cuerpo: con el cuerpo hablamos, le damos sentido al mundo, nos relacionamos, significamos la realidad, creamos cultura, orden simbólico, etc. Y el cuerpo es sexuado. La cultura del Hombre, aún vigente, niega el cuerpo sexuado mujer, y lo hace de muchas formas: lo fragmenta, lo usurpa, lo absorbe, lo silencia, lo tergiversa, lo desplaza… también lo viola, lo asesina, lo descuartiza, lo prostituye, lo disfraza, lo cosifica. Y una operación de inteligencia importante que realiza para negarlo es la de definirlo como género femenino, ahí el ruido de las cadenas trepida hasta el aturdimiento.

Pese a todo, y esta es la buena noticia, muchas mujeres hemos significado libremente nuestra diferencia sexual varias veces en la historia, rompiendo las convenciones, saliéndonos del sistema, negándonos a casarnos y a parir, rechazando el régimen político de la heterosexualidad obligatoria, burlándonos de los credos, riéndonos de las banderas, cuidando a los animales y a las otras especies, amando a otras mujeres, respetando a las niñas y a los niños, relacionándonos sin la lógica de la guerra, despreciando la política y el conocimiento con poder, no deseando el poder, escupiendo sobre Hegel.  Es que tener un clítoris, cuyo único destino es darnos placer, nos hace pensar en otro modelo sexual, no cimentado en la reproducción, ni en el coito, ni en la penetra(di)ción, y en sus consecuencias macabras como los papeles consagrados de la familia, entre otras. Nombro el clítoris para dar solo un ejemplo de la potencialidad transformadora de nuestro cuerpo sexuado, y recordarles, amigas, que la creatividad del feminismo surge cuando las mujeres recuperamos nuestros cuerpos.

 

Marzo, 2018

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