La relación madre e hija y la existencia lesbiana

La existencia lesbiana y la maternidad son dos experiencias profundamente femeninas, dice Adrienne Rich. Y si las sitúo como experiencias que forman parte del continuum lésbico, como lo llama la autora, su potencialidad trasluce en la relación entre mujeres. Por un lado, el milenario amor entre mujeres. Por otro lado, la milenaria relación madre e hija. En los dos casos, hay un vínculo sensual entre dos cuerpos sexuados semejantes, dos cuerpos femeninos. La poetisa afirma que la existencia lesbiana es la más perseguida y silenciada por manos masculinas. Tiene razón. Tal vez se debe a que remembra la relación madre e hija, que es nuclear y su usurpación, en las sociedades patriarcales, remonta a los orígenes. Por eso, es muy importante y esclarecedor que Adrienne Rich coloque ambas experiencias juntas. En este sentido, pienso que a la existencia lesbiana le hace muy bien recobrar el punto de vista de la relación nuclear madre e hija o, con otras palabras, el orden simbólico de la madre (Luisa Muraro). Sobre todo hoy, cuando la existencia lesbiana intenta ser atrapada en el ismo de ciertos lesbianismos, o bien, en el relato posmoderno de las múltiples identidades que, si bien no se sostiene a sí mismo, igualmente daña. En estos casos, la ideología y su régimen patriarcal absorben la potencialidad creadora de las relaciones entre mujeres, en especial, de las que estoy mencionando.

El ismo del lesbianismo trae consigo desorden simbólico para las mujeres lesbianas, porque enhebra los hilos de la ideología de la emancipación del origen y de lo femenino. En mi existencia como lesbiana, significar a mi madre desde la traición me trajo desorden simbólico. De la traición de la madre, hablaba Margarita Pisano, pero todo el patriarcado moderno y sus coletazos invisibilizan la obra materna y la instrumentalizan, incluido el feminismo emancipador que también es parte de esos coletazos. A Margarita también le llega más de uno, y a muchas, por supuesto a mí misma. En cambio, significar a mi madre concreta, María Soledad, desde la obra de civilización de la que fue capaz, esto es, el dar la vida y la palabra juntas, el cuerpo sexuado y la lengua al mismo tiempo, pese a las condicionantes patriarcales, me trajo orden simbólico, el orden simbólico de la madre, que ordena muchas cosas, por ejemplo, la mentira originaria que les adjudica el logos al Padre y el cuerpo a la madre, siendo que solo nosotras somos potenciales autoras de la unidad cuerpo sexuado y capacidad simbólica de la especie humana, la ejerzamos dando vida y/o creaciones de obras y/o de relaciones. Esta mentira ha acarreado todas las otras, que no son más que las falsas dicotomías androcéntricas, incluida la de los géneros, por supuesto.

Otra cosa que ordena es la lengua. Esto es algo más que he aprendido leyendo a María-Milagros Rivera Garretas, pues me identifico con eso que cuenta de que, al entrar ella a la universidad, pensó que era necesario inventar otra lengua, pues creía que solo contaba con la masculina y esta, a una mujer, la silencia o enajena (Mercedes Bengoechea). Lo que pasaba es que había preferido ella, y las mujeres de su generación, el relato de la traición de la madre (lo explico yo así) y su consecuente liberación, restándole autoridad a su obra, por lo tanto, sin ver, dice, la lengua materna que, sin embargo, tenía a mano, y sin ver que la lengua patriarcal era una triste duplicación de la misma. La idea de “inventar” una lengua, varias feministas la hemos pensado en algún momento. Quiero llegar con esto a que considero fundamental que la existencia lesbiana sea dicha, la digamos, cada una con su voz y cada vez más, en lengua materna y no en los códigos dominantes, aunque estos vengan disfrazados de progresismo y también de feminismo. El amor entre mujeres toma otra altura si es dicho en lengua materna; por dar un ejemplo de escritura femenina, contamos, gracias a María-Milagros Rivera y a otras, con los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, dedicados a su amada, la Condesa de Paredes.

Hace un tiempo escribí un texto, basándome en Wanda Tommasi, quien se refiere a la necesidad no solo de horizontalidad en las relaciones entre mujeres, sino, urgentemente, también de verticalidad. Según yo entiendo, como dos caras de la misma moneda. Dice que sin esta verticalidad, las relaciones entre mujeres terminan en una competencia destructiva. Es también lo que proponen las pensadoras de la Librería de Mujeres de Milán con la práctica política del affidamento, que permite a una mujer, en su vida adulta, decir y practicar su deseo libre gracias a una mediación femenina. María-Milagros Rivera habla del mal sagrado de la envidia entre mujeres, a propósito de la mujer clitórica y la mujer vaginal. Con verticalidad, Tommasi se refiere, precisamente, al punto de vista de la primerísima infancia cuando la relación con la madre (o con quien ocupe su lugar) es de disparidad o asimetría. Por su parte, Ana Mañeru Méndez dice que la raíz de toda violencia es siempre la misma, la ejerza un hombre o una mujer, pero sin olvidar que, parafraseo yo, si bien la raíz de la violencia es una sola, los sexos son dos.

La raíz de toda violencia es el olvido del origen, la pérdida de autoridad de la obra materna, su usurpación en las sociedades del Padre y de los hijos (redunda, hijos varones). Es el contrato sexual (Carole Pateman), ya por suerte finiquitado como natural, que Adrienne Rich atisba, pero no llega a ver. Por eso, este olvido para una mujer es muy diferente que para un varón. Los hombres han usufructuado de la relación con la madre, la han usado en el pensamiento político y filosófico, la han simbolizado en representaciones y figuras, y lo han hecho interviniendo, rompiendo, el vínculo de la hija con la madre; por ejemplo, mediante el brutal e infernal ejercicio del incesto. Han borrado de la cultura el núcleo madre e hija, que es un núcleo en todo sistema de parentesco que se precie de tal, no obstante, las sociedades patriarcales primitivas y modernas lo pretendieron anular (María-Milagros Rivera en La diferencia sexual en la historia).

Para una mujer, reconocerse en su origen, ver en él una fuente de valor simbólico y social, es la entrada a la libertad femenina (Lia Cigarini); esto es lo más importante, pues salva la existencia lesbiana de su destrucción o de su duplicación en la identidad. Coloca en medio de la horizontalidad, un vértice dispar que retorna a la memoria el más femenino y permite reconocerlo en la otra; de no ser así, la relación se torna informe. Con otras palabras, la existencia lesbiana o el amor entre mujeres se cuida de sucumbir al desorden simbólico si trae de regreso el orden simbólico de la madre (el Amor que no es “amor romántico” (*), sino apertura hacia lo otro diferente de mí, confianza donde descansa la libertad, gusto de estar en relación y en conversación, sentido de la verdad y de la realidad…) y comienza a ser dicha, como profunda experiencia femenina que es, en lengua materna, y no cae en el relato estéril de las identidades ni enhebra los hilos de la ideología de la emancipación o la liberación de la madre y de lo femenino. Al menos, mi experiencia ha sido esta, y hoy entiendo mejor dicha idea de las pensadoras de la diferencia sexual, que plantean que no se trata de practicar una “ética”, en este caso, lesbiana, puesto que se trata de un problema de orden simbólico y, por suerte, este siempre está presente en la vida.


(*) La ideología de la emancipación de tanto querer liberarnos del “amor romántico”, discursivamente arrasó con el amor. De tanto querer liberarnos de lo femenino, arrasó con la diferencia sexual femenina. La ideología, al tener carácter patriarcal, nos atrapa en las antinomias del pensamiento.