Un quiebro

Hace poco leí una escueta noticia que decía que los asesinos, torturadores y violadores de la adolescente argentina de 16 años Lucía Pérez siguen impunes, como tantos otros. Lucía Pérez murió el año 2016, violada y empalada, en manos de Matías Farías de 25 años y Juan Pablo Offidani de 43. Los patriarcas de la Ley siguen considerando que no hubo crimen. La sensación de injusticia e impotencia ante tanta impunidad de asesinos y violadores es insoportable. Esta impunidad se debe a la inexistencia simbólica y a la consecuente desvalorización social de las mujeres, que aún persiste. Luisa Muraro (2013: 13) dice:

…el ser mujer es una condición humana difícil de por sí, también en condiciones óptimas. Tanto si una es pobre como si es rica, guapa o fea, niña o vieja, humillada o venerada, no es fácil. No lo fue para la divina Marilyn Monroe ni para ninguna de mis dos abuelas: la campesina que no se dejó domesticar y la esposa del maestro a la que mataron dos hijos en la guerra; no lo fue para las dos hijas de Galileo, monjas sin vocación ni dote; no lo fue para la hija de Ana Bolena, Isabel, que fue reina de Inglaterra, ni para la amiga mía de escuela que se casó con un Agnelli (el apellido era otro), ni para la poetisa milanesa Antonia Pozzi, que renunció a la vida sin darnos un por qué, ni para las afganas  bajo los talibanes antes, bajo la ocupación de la OTAN, ahora. Hablo, resumiendo, de la condición humana femenina, la más presente en la realidad y la menos representada con palabras y figuras…

Entonces, la autora afirma que la condición humana femenina es la menos representada en palabras y figuras. Esto sucede desde los albores de las sociedades patriarcales. No olvidemos que el pacto no pacífico entre hombres para distribuirse a las mujeres y disponer de sus cuerpos, constituye el hito fundacional del patriarcado. Se llama contrato sexual (Pateman, 1995). Esto conllevó la pérdida de la lengua materna u orden simbólico, que Muraro (1991) llama el orden simbólico de la madre, porque es de la madre de quien aprendemos a hablar. Como consecuencia, las mujeres nos hemos encontrado viviendo en un desorden simbólico, cuyos contenidos son la confusión y el sentimiento de irrealidad, también la mudez. Dice un poema de la poetisa nicaragüense Gioconda Belli, “te hurgan (…) hasta lo más profundo del magma de tu esencia / no para alumbrarse con tu fuego / sino para apagar la pasión / la erudición de tus fantasías”. Esta es una imagen que sintetiza cómo opera el poder que no puede ser si no violento.  El contrato masculino consiste en este robo del profundo magma femenino para intentar dejarnos mutiladas de palabra y, también, para nutrirse de él, pero fingiendo que le es propio.

Dicho de otro modo, el régimen socio-simbólico patriarcal se funda en la absorción de lo femenino en lo masculino, cuya expresión más evidente da muestra la lengua, donde el género gramatical femenino es incluido en el género gramatical masculino, que se pretende neutro y, como tal, representativo de la especie humana. Milagros Rivera (2005: 100) dice “El paso al pretendido neutro (…) consistió en incluir por la fuerza, en las interpretaciones poderosas del mundo, el principio creador femenino de alcance cósmico, en el principio masculino”. El principio creador femenino de alcance cósmico, el profundo magma, el interior oscuro y vetusto dice Audre Lorde, el trasfondo dirá Mary Daly, parece ser que aquella potencialidad de la diferencia sexual femenina, que el patriarcado ha intentado absorber y acallar, sembrando la desvalorización social de las mujeres para dejar impune su violencia, contiene una riqueza muy importante, aunque inefable, de la que se nutre como parásito; una grandeza, dirá Luisa Muraro (2013:13), quien, luego de señalar que ser mujer no es nada fácil, agrega:

Y, sin embargo, no cambiaría: nunca he deseado ser uno de ellos y no he saboreado nunca los relatos fantásticos de mujeres que se vuelven hombres. Algunas, quizá, piensen: será una suerte [nacer mujer] para la humanidad pero es una desgracia para muchas de nosotras. Y, sin embargo, vemos que tampoco en circunstancias difíciles desaparece completamente, acentuándose incluso a veces (…) una grandeza de la propia pertenencia al sexo femenino de la que no se reniega.

Curiosamente, las políticas progresistas, donde incluyo los feminismos, sí reniegan de dicha grandeza y fomentan el desvalor de las mujeres, contribuyendo a propiciar la violencia patriarcal, aunque sostengan discursos y acciones que pretenden disminuirla. Pienso en las propuestas de lenguaje inclusivo, la teoría de género, el planteamiento de lo Cis sexual, el ideario de la igualdad de los sexos, entre otros. Cada uno, a su manera, borra la potencialidad de la diferencia sexual femenina. Cada uno, a su manera, reinstala el régimen del Uno, que podemos definir, precisamente, como la absorción del principio creador femenino de alcance cósmico, en el principio masculino que se pretende neutro. La violencia en contra nuestra no va a desaparecer, ni siquiera disminuir, mientras lo corriente no sea plasmar en palabras y figuras representaciones de la condición humana femenina libre, que restituyan nuestro valor social para que, en las interpretaciones poderosas del mundo, dejemos de vernos absorbidas en lo masculino.

Por nuestro lado, mis semejantas y yo hemos estado compartiendo, de forma permanente, a las autoras que nos autorizan para medirnos con el mundo y el cosmos, y no con los hombres; que nos dan estructura simbólica para relacionarnos con la realidad y tocarla. Las hemos estado leyendo, estudiando, socializando, contando, enseñando, escribiendo sobre ellas… incitadas por ellas. Junto a esto, lo más urgente es hacer un quiebro, cada una en su vida personal y en su vida política. La imagen la leí en Muraro (2013) y encendió en mí algo, una pequeña y fugaz toma de conciencia, es la del quiebro que hacen los animales cuando son perseguidos por los saqueadores, saliéndose de golpe de la trayectoria y saltando al vacío, a la carencia. La autora usa esta imagen para decirnos que hay que salirse de golpe de la trayectoria del poder y saltar a la carencia de todo sucedáneo. Yo la interpreto como hacer un quiebro del Uno y un quiebro solo puede ser radical; saltar a la carencia como Thelma y Louise, pero no para perder la vida, sino para recuperarla en su totalidad.

Veremos que el Uno se desfigura, el dominio se desmorona, la imagen de patriarca ya no aparece al doble de lo real (Woolf, 2018), sino con todos sus complejos y en toda su farsa y mediocridad. Pero el salto para nosotras no es quedarnos contemplando desagradable visión, sino mirarnos en el espejo de otras mujeres a las que les damos autoridad, restituyendo la deuda simbólica con la madre, dicen las de Milán (2004). El término autoridad, ya sabemos, no es sinónimo de autoritarismo, tampoco de admiración, porque la admiración, a veces, puede ser la otra cara de la envidia, sino que es la cualidad, que surge de las relaciones, cuando estas no son instrumentales, de confiar en plenitud en otra mujer, porque sabes que no te aplastará, sino que te hará crecer. Esto que digo vale también, y mucho, para nuestras relaciones de amor entre mujeres, nuestras relaciones lesbianas, que de no ser así, es muy probable que las visite la violencia. “Te lo pido en nombre de todas nosotras”, dice, al final, el poema de Gioconda Belli, y yo agrego: me lo pido, se lo pido a ustedes, también en nombre de Lucía Pérez y de muchas otras, que no abandonemos esta apuesta simbólica, esta revolución, que la política de las mujeres viene desplegando desde el último tercio del siglo XX y que hoy, más que nunca, es de una importancia crucial.


Referencias bibliográficas:

Librería de Mujeres de Milán. (2004). No creas tener derechos. Madrid, España: Editorial Horas y Horas.

Muraro, L. (1991). El orden simbólico de la madre. Madrid, España: Editorial Horas y Horas.

Muraro, L. (2013). La indecible suerte de nacer mujer. Madrid: Narcea.

Pateman, C. (1995). El contrato sexual. Barcelona: Anthropos.

Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. Valencia, España: Universitat de Valencia.

Woolf, V. (2018). Un cuarto propio. Madrid: Sabina Editorial.

Santiago, septiembre, 2019

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