Un comentario para el libro de la rebelde Margarita: un pasaje hacia la aventura de lo humano

La soledad del escritorio y el libro sobre la mesa tras una lectura silenciosa, pausada y la mirada sorprendida; entonces me pregunto por esta acción que deseo ejercer: comentar; busco… hablar de cierto escrito expresando opiniones o impresiones personales acerca de él. De todas las posibilidades semánticas de la palabra, elijo ésta. Y escribo.

No puedo hablar de las ideas de Margarita Pisano sin pasión, pues cómo me va a dejar impasible un libro que contiene una propuesta toda, de vida, de humanidad; cómo no me va a sacar de mí y me va a traer nuevamente, un libro que propone otras formas de relación entre las humanas y los humanos, otros modelos amatorios, otra visión sobre el mundo, sobre el cuerpo, especialmente sobre nuestros cuerpos de mujeres. Y toda esta propuesta civilizatoria no surge como una luz que se enciende repentinamente, sino como consecuente producto de una crítica profunda a la cultura que nos ha tocado en suerte.

El triunfo de la masculinidad, título certero para un libro certero, se abre con el corazón alegre de Cristina de Pizán, cuyo regocijo se debe, en pleno siglo XV, al rechazo de la agresión de sus enemigos que los son también de todas las “mujeres de calidad”. Sin duda, el corazón de Cristina se hubiese ensombrecido al encontrarse, esta vez, en pleno nuevo milenio, con la misma devastadora violencia, ahora más sofisticada, tecnologizada y, a veces, tramposamente sutil. En esto radica el triunfo al cual irónicamente apela la autora, puesto que no se trata de un triunfo del cual enorgullecernos, menos aún las mujeres que no somos protagonistas de la construcción de este sistema ni tampoco de sus fracasados resultados y que, sin embargo, se siguen considerando legítimos e inamovibles.

Pero sí las mujeres hemos sido, y seguimos siendo, las principales depositarias de este gran fracaso cultural, porque en esta masculinidad triunfante seguiremos siendo deslegitimadas; se continuará decidiendo, dominando, maltratando nuestros cuerpos, nuestra sexualidad, nuestras maternidades: “nunca hasta ahora, habían existido en proporción tantas mujeres explotadas y pobres, ni tantos pobres en el mundo, ni tanta violencia hacia la mujer” (p.23). Repito, en esto radica el triunfo.

Margarita Pisano, en el libro, no habla de patriarcado, pues “la vieja y reconocida estructura patriarcal ha ido mutando, ha ido desestructurando y desmontando sus responsabilidades, reconstruyendo un poderío mucho más cómodo, fortaleciendo y anudando sus espacios de poder, desdibujando sus límites y posibilitando su ejecución para quienes lo controlan” (p.19). Sí habla, en cambio, de masculinidad “como una supraideología mucho más abarcadora que cualquier otra creencia o ideología concebida antes por el patriarcado” (p.20), cuya visión –masculinista- se asume como universalmente única, y quien la sustenta es el más amado, respetado y legitimado en el mundo: el hombre.

¿Qué lugar ocupamos, entonces, las mujeres dentro de esta masculinidad? El lugar ajeno, extranjero de la feminidad, que contradictoriamente a veces se transforma en un “nicho muy cómodo”, pero nicho al fin y al cabo, que ni siquiera nos pertenece, porque nosotras no lo hemos elegido ni definido, al contrario, es un espacio contenido dentro de la masculinidad, en función de ésta; es un espacio subordinado, secundarizado, dependiente y para nada creador; no es un lugar pensante ni tampoco piensa ser horizontal a la masculinidad, pues ésta lo moldea y lo acomoda y reacomoda de acuerdo a sus intereses y necesidades, de ahí lo absurdo del discurso reivindicativo y académico de la igualdad o de la igualdad en la diferencia, desde la feminidad.

Una profunda transformación cultural y una real liberación de las mujeres, plantea Margarita Pisano, pasa por salirse de este ser femenino/femenina, desmontar este lugar asignado, arraigadamente aprendido, para también así desmontar la masculinidad con su lógica del dominio. Pero antes, nosotras debemos situarnos fuera, que no es lo mismo que situarse al margen, puesto que la marginalidad es demandante y funcional.

Recién aquí, en este lugar externo, podremos las mujeres darles sentido a nuestras rebeldías, podremos pensar el mundo y pensarnos a nosotras mismas para resimbolizar nuestros cuerpos, nuestra sexualidad; podremos sanarnos de la misoginia contra las demás mujeres y de la propia, conociendo la libertad de la pasión/deseo de aprender, amar y sentirnos atraídas entre nosotras, compartiendo nuestras experiencias corporales y de extranjerías que nos llevarán a entender la vida de otra forma, con otra lógica, no lineal ni impositiva, sino cíclica, horizontal y más humana, sanándonos de los miedos y de las culpas, resolviendo todos los pendientes, sintiéndonos expresadas, pensantes y creadoras: mujeres políticas.

Cito, y con esto termino, aunque podría seguir y seguir porque este libro da para largas páginas e intensos diálogos en horizontalidad, “no basta ser mujer, no basta ser feminista, ni basta ser lesbiana para esbozar la idea de otra cultura, hay que situarse fuera y hurgar hasta el último rincón de la masculinidad para poder desconstruirla” (p.135). Abracadabra.

*Este texto lo leí en mayo del 2001 en la Plaza Camilo Mori del Barrio Bellavista. En ese lugar organizamos el lanzamiento de El Triunfo de la Masculinidad. El libro lo presentamos Malú Urriola (poeta chilena), Tatiana Rodríguez (profesora de historia y compañera política) y yo. Margarita Pisano quiso lanzar el libro al aire libre con un cántico de resistencia feminista contra la dictadura, que llevaba la expresión “abracadabra”. Redacté la invitación al lanzamiento, y puse la frase: “se recuerda llevar paraguas, por si la lluvia se desata”.

 

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