De mozas insolentes y regalonas del patriarcado

DE MOZAS INSOLENTES[1] Y REGALONAS DEL PATRIARCADO

Presentación a la segunda edición de Julia, quiero que seas feliz

Nuestras liberalidades son remedos de libertades.
(Margarita Pisano)

Julia, quiero que seas feliz es uno de los libros de Margarita Pisano que más conozco: participé en el proceso de su creación, escribí el prólogo y lo presenté el año 2004 leyendo e interpretando una de las cartas a Julia más memorable, la de la ruptura parejil. Ahora, para esta segunda edición, ocho años después, quisiera detenerme en una de sus partes (dentro de la coherente heterogeneidad de este libro), aquella que hace referencia a la historia, o a las historias, que necesitamos las mujeres. Esta urgencia de construir una historia propia, la autora la ha expresado a lo largo de su producción teórico-política. En Julia, Pisano trabaja esta dimensión, de manera concreta, mediante un ejercicio interpretativo que nos presenta en el apartado que titula Cómo leer a Hannah Arendt.

Arendt fue filósofa o, como a ella le gustaba decir, teórica política; fue autora de grandes obras, como La condición humana, y la primera mujer profesora de una cátedra en la Universidad de Princeton. Pese a su perfecta lucidez intelectual e inteligencia innegable, escribió como un hombre. Es decir, su trabajo padece una gran mutilación: más de la mitad de la humanidad está ausente, las mujeres. Y esta ausencia es la que sostiene toda la producción cultural de los hombres: la filosofía, las ciencias, las religiones, el arte, la literatura, las lenguas, la política; y sus instituciones: las iglesias, la educación, el ejército, los medios de comunicación, el estado, el matrimonio, la familia, la maternidad, entre otras. Esta ausencia impregna toda la civilización vigente. Sin embargo, nunca ha sido reconocida como tal, porque es la más naturalizada de todas.

Hannah Arendt escribe un libro de 325 páginas que titula La condición humana, donde se refiere al mundo común de los hombres, principalmente, en la Grecia clásica, que marca todo el destino de la cultura occidental, y solo en una nota al pie de la página 73 menciona a las mujeres, y dice que “Las mujeres y los esclavos eran pertenencias y vivían juntos… ninguna mujer, ni siquiera la esposa del cabeza de familia, vivía entre sus iguales –otras mujeres libres-…”. Adrienne Rich, quien dedica un artículo de su libro Sobre mentiras, secretos y silencios al análisis de La condición humana, afirma al respecto que Arendt no aparta la vista, “sino que atraviesa el tema con una mirada que no ve”. Y continúa afirmando que “leer este libro (‘tan eminente y cojo a la vez’), escrito por una mujer de gran espíritu y gran erudición, llega a ser doloroso (…) y esta ‘gran obra’ se transforma en una especie de fracaso”. Por esto, Margarita Pisano se pregunta cómo leer, interpretar y resocializar a una Hannah Arendt quien, en el prefacio de su libro Entre el pasado y el futuro, refiriéndose al tesoro perdido de las revoluciones de los hombres, señala que este “no se perdió por circunstancias históricas ni por los infortunios de la realidad, sino porque ninguna tradición había previsto su aparición ni su realidad, porque ningún testamento lo había legado al futuro (…) porque el recuerdo (…) está desvalido fuera de una estructura de referencia preestablecida”.

En otro texto del mismo libro, Arendt devela el fracaso de la tradición político-filosófica de los hombres y cómo algunos de sus más renombrados críticos se quedan atrapados en ella, y nos dice que “Marx, Kierkegaard y Nietzsche, usando las herramientas conceptuales de la tradición trataron desesperadamente de pensar en contra de ella”. Si bien Arendt da cuenta del tesoro perdido de las revoluciones y del fracaso de la tradición político-filosófica masculina, es incapaz de reconocer el vacío histórico de las mujeres, y de ella misma. ¿Con qué referencias preestablecidas contamos las mujeres?, ¿cuál es la posibilidad de nuestro recuerdo?, ¿qué cosas recordamos y qué tradición nos heredamos unas a otras? Nuestras referencias -en las que nos interpretamos en esta cultura- han sido preestablecidas por los hombres, por su mirada ajena, y en esto ha consistido nuestra profunda enajenación.

De ahí la necesidad de escribir otra Historia. Y esto implica no solo recuperar a las mujeres profundamente insolentes y rebeldes, sino también a las que permanecieron atrapadas en las estructuras patriarcales, y estos son los extremos opuestos de un continuum genealógico. Pero, como dice Pisano, este ejercicio debe hacerse desde una posición política explícita, porque la historia o la construcción genealógica no son una descripción desideologizada de acontecimientos o un listado de personajes, sino que constituyen una aventura interpretativa desde el presente para arrojarle luz, como señala la misma Arendt. Entonces, cuando Margarita Pisano se pregunta cómo leer a Hannah Arendt, reconoce en ella un aporte que le sirve para comprender más el patriarcado, pero, al mismo tiempo, intenta comprenderla a ella, y en este sentido, no puede dejar de decir que “…las mujeres que participan en una aparente igualdad con los hombres, logran hacerlo a costa de su propia negación y ceguera. Por eso, no hay igualdad posible en esta civilización tal como está construida”.

Y tiene razón, porque, en una entrevista que Günter Gaus el año 1964 le hace a Arendt, esta afirma: “siempre he sido del parecer que hay determinadas ocupaciones que no son para las mujeres, que no les van, si puedo decirlo así, cuando una mujer se pone a dar órdenes, la cosa no tiene buen aspecto, debiera intentar no llegar a tales posiciones si le importa seguir siendo femenina”. Y continúa, “a mí personalmente el problema mismo no me ha afectado, mire, yo siempre he hecho lo que he querido, sin decirme: una mujer hace ahora lo que hacen normalmente los hombres, no ha sido nunca mi problema”. Cuando leí esta entrevista, recordé un ensayo de Gabriela Mistral del año 1927, “Una nueva organización del trabajo”, donde se refiere al acceso de las mujeres al mundo profesional masculino, y dice lo siguiente: “La mujer no tiene colocación natural –y cuando digo natural, digo estética- sino cerca del niño o de la criatura sufriente, que también es infancia por desvalimiento. Sus profesiones naturales son las de maestra, médico o enfermera, directora de beneficencia, defensora de menores, creadora en la literatura de la fábula infantil, artesana de juguetes, etc.”

No hay diferencias, en este aspecto, entre Arendt y Mistral, ambas son mujeres especiales o excepcionales, como dice Rich, o, como dice Pisano, regalonas del patriarcado. Arendt, y también ahora sumo a Mistral, desde sus lugares masculinos de privilegio, juzgan que las mujeres deben permanecer en la esfera deshistorizada y tristemente obsecuente de la feminidad. Una regalona del patriarcado ha sido elegida por el padre para transmitir su ley y palabra. Por eso, el entrevistador, cuando presenta a Arendt, enfatiza: “es usted la primera mujer que toma parte de esta serie de entrevistas”.

Según Pisano, la selección de regalonas es parte de las estrategias de poder del patriarcado para desmontar los espacios político-pensantes de mujeres, esto funciona así, porque “…papá no reconoce al colectivo-mujer en su capacidad pensante, sino que a su hija, (y) esta adquiere un liderazgo no compartido…”. En otras palabras, el patriarcado reinstala la traición entre mujeres –a la que subyace la traición de la madre- para mantenernos divididas. Tanto en el periodo postsufragista como en el posdictatorial (entre comillas lo de posdictatorial), es decir, después de cada ola de feminismo, tanto en Chile como en el mundo, funcionó esta estrategia. Así, se corta el hilo de continuidad de los conocimientos producidos entre mujeres; se reinstala, una y otra vez, nuestra deshistoricidad.

Para terminar, quiero decir que la figura de Arendt es representativa de los tiempos que corren. En las dos últimas décadas, el ideario de la igualdad se ha visto reforzado -esto es, el reconocimiento de la civilización vigente como la única válida y posible-, mediante el acceso de las mujeres a los centros de poder y de producción de cultura masculinos, a costa de la expropiación de sus cuerpos y la colonización de sus mentes (y uso, en este contexto, deliberadamente, la separación entre cuerpo y mente). Es decir, la frase profética de Carla Lonzi, a la que siempre aludo, de que la igualdad es el nuevo ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de las mujeres, y ese hoy corresponde a la época de Lonzi, a la Italia de 1970, cuarenta años más tarde aparece revestida de la mano del liberalismo y de la posmodernidad. Pienso que la representación social de la mujer profesional, excepcional o privilegiada, la mujer especial, la regalona del patriarcado, se ha transformado en un tópico aspiracional.

De esta manera, el patriarcado permanece triunfante en su fracaso civilizatorio, y las mujeres, ciegas a su profunda opresión, montadas en el orgullo y en el ego de las conquistas alcanzadas, de los avances conseguidos, y sin embargo, tributarias y admiradoras, como siempre, de los hombres[2]. Por eso, Julia, quiero que seas feliz es un enclave, necesario y maravilloso, porque Margarita Pisano, una vez más en sus libros, nos hace un llamado a la insolencia pensante, para llegar a declarar que es “bellísimo, traicionar la feminidad y la masculinidad que la contiene”.

NOTAS:

[1] Este término lo tomo del libro de Julieta Kirkwood, Ser política en Chile, donde analiza el movimiento sufragista.

[2] Para este análisis es clave otro libro de Margarita Pisano, El triunfo de la masculinidad.

2012

*Este texto lo leí el día del lanzamiento. Este se organizó en el bar Thelonious. La videasta y poeta Verónica Qüense también presentó el libro, y el sociólogo e historiador Fernando Franulic.

 

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