Ensayos para una historia

“… sin tales conocimientos las mujeres viven y han vivido fuera de su propio contexto, vulnerables a las proyecciones de las fantasías masculinas, bajo prescripciones que los hombres hacen para nosotras, separadas de nuestras experiencias porque nuestra educación no las ha reflejado o no se ha hecho eco de ellas. Sugeriría que no es la biología, sino la ignorancia de nuestras existencias, lo que ha sido la primera piedra con la que se construyó nuestra impotencia” (Adrienne Rich, 1983).

Tamaña creencia “aquélla”, la de la historia de la humanidad, que nos enseñaron a repetir desde niñas con un listado interminable de próceres, héroes, reyes, presidentes, guerreros. Una creencia no se piensa –me  dijo- se obedece, por eso nos parece tan natural y tan aburrido. Con suerte, por ahí, una Inés de Suárez, ah, pero “compañera de don Pedro”; o una Juana de Arcos (amante de dios) o una Gabriela Mistral  -poetisa de Chile-, en fin, las mujeres de LA historia.

Pensar  una ¿o más de una? historia de las mujeres es una difícil pretensión, tanto como apasionante: dónde hallar una historia que ha sido negada o invisibilizada; cómo leer un pasado sesgado por la visión masculinista, siempre misógina; desde dónde lo leemos, entonces,  y qué historias pretendemos escribir, y cómo: ¿la de aquellas mujeres silenciosas que aceptaron su condición de semiesclavas como un destino inmodificable o la de aquéllas que reaccionaron, de alguna u otra manera, más o menos política, contra ese falso destino? ¿Cómo asir los enmarañados hilos de sabidurías refugiadas?

Escuchar las voces de todas -las nombradas, las malnombradas, las innombradas- supone un universo tan amplio y, por lo mismo, poco posible de aprehender; qué seleccionamos, entonces, del pasado, del recuerdo, del olvido: ELIJO los susurros, los gritos, los gestos de algunas, que tuvieron la inteligencia y la fuerza de tomar la pluma o de salir a la calle para reivindicar y nombrar el silencio opaco de las otras. Aquellas mujeres que fueron feministas cuando la palabra todavía no existía y que con sus pequeñas y también tremendas resistencias y rebeldías contra el dominio de los hombres abrieron caminos, a veces surcos, de los cuales nosotras, hoy, somos, de alguna u otra forma, creadoras también. Aquellas mujeres que  fueron lesbianas y conocieron el coraje para enfrentar el desprecio de los otros. Aquéllas, las sabias políticas.

Para saber que no estamos fragmentadas, que no somos piezas sueltas, ajenas y desconocidas, porque sabemos que la vida es movimiento y que la historia no es una línea sucesiva, mirando hacia alguna parte (se asemeja más a una espiral que se extiende y retrocede siempre alejándose de su centro), elijo a las brujas.

De hechiceras a hechizadas

Cuánto temor ancestral, cuánta amenaza provocadora, despiertan las mujeres solas (de hombres) y organizadas entre ellas. Ese miedo patriarcal que mata con fuego.

Independencia, placer, conocimiento: los tabúes de la misoginia. Las mal llamadas “brujas” eligieron no ser Eva ni tampoco ser María, eligieron pensar.

Pensaron en sus cuerpos y supieron el analgésico exacto que frenaría los dolores del parto o de la menstruación, el ungüento preciso que sanaría alguna herida, la hierba adecuada que produciría el aborto y  la caricia única que las llevaría al orgasmo. Pensaron en la vida y la des-cubrieron compleja; la exploraron y se exploraron en ella a través de los viajes motivados por la belladona, a través de las manos, a través de los sentidos. Pensaron en la libertad y entrelazaron las piernas para amarse en la oscuridad. Pensaron en la injusticia, en la pobreza y se organizaron en las rebeliones campesinas. Pensaron en la sabiduría y ocuparon la naturaleza como laboratorio para luego transmitir  de boca en boca, durante los siglos, la experiencia medicinal: las medidas justas, las mezclas cambiantes, las cantidades y calidades, la vida y la muerte.

Pero ese odio patriarcal que mata con fuego. Los libros coinciden en que los siglos en que se produjo la gran matanza de “brujas” son los que van desde el XIV al XVII. Tantos años abarca esta persecución pensada, organizada, ejecutada y financiada por los hombres laicos y religiosos de finales del medioevo. Era una época de guerras, hambres y pestes; la población comenzaba a manifestar su descontento contra la tiranía de los poderosos; los levantamientos se hicieron frecuentes y tembló el báculo del obispo y la corona del rey; alguien debía ser culpable de semejante castigo divino, alguien alejado de las leyes de dios, alguien que desde la creación se había mostrado vulnerable al mal y había perdido a la humanidad toda: la mujer. En ella expiaron las propias miserias masculinas, en ella, que ahora aparecía vestida con los ropajes de la “bruja”, volcaron el odio siempre latente. En un principio fue contra las doblemente temidas, las doblemente despreciadas, por pensar, por desear, por estar organizadas, por rebelarse, por no depender de los hombres: las mujeres políticas,  las curanderas, las mujeres lesbianas, las mujeres pobres, las campesinas, las mujeres viejas, las sabias. A todas les sellaron la boca, robándoles los últimos balbuceos de la tortura; a todas les sellaron el cuerpo para luego inventar fábulas sobre mujeres malignas, amantes del diablo, sobre escobas que vuelan en noches sin luna, sobre verrugas en rostros agrietados. La hoguera borró los últimos gritos apagados.

Y cómo nosotras hoy nos reflejamos en ese  prisma del espejo de nuestra historia: también allá, los poderosos de aquella época, institucionalizaron los saberes de las mujeres, esta vez los saberes médicos de las sanadoras, y después continuaron rezando; enterraron las ideas y rearmaron los estereotipos para ocultar tras ellos sus miedos, su violencia, sus tiranías.  También hoy.

En esta “historia de estereotipos femeninos” -porque si hay alguna historia sobre mujeres, ésta es la historia de la feminidad- las brujas quedan rezagadas al espacio de la irrealidad, malignidad, desprecio o burla; mientras, perdidos en la más remota ignorancia, circulan, por la gran industria farmacológica moderna, los preparados medicinales creados por ellas, así como merodean nuestros cuerpos aún incendiados.

Nuestra memoria recuerda el costo sangriento de nuestros cuerpos y no es el recordar aletargado de una tarde asoleada, es el recuerdo capaz de decir “también hoy”, es el recuerdo que nos invita a nombrar el silencio y a desnombrar el desprecio, a leernos en la rebeldía de nuestras antepasadas para reconocernos en el mundo. Nuestra memoria reclama una libertad pendiente de la cual penden otras posibilidades de civilización y de cultura. ¿Nos aventuramos?

2001

*Este texto fue publicado en el cuadernillo de la Segunda Escuela de Primavera, que organizamos a fines del año 2000, con el entonces Movimiento de Mujeres Feministas Autónomas (MOMUFA), en un espacio brindado por el Sindicato de Trabajadoras Domésticas.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s