Un largo etcétera

¿Cuál es la distancia entre el lenguaje académico y el lenguaje político-feminista? Y cuando digo político-feminista, aludo al feminismo radical o, para ser más precisa, al feminismo radical de la diferencia.

La distancia no consiste en la burda dicotomía entre “hablar en difícil o hablar en fácil”; el problema es más profundo. Se trata de dos lugares de enunciación totalmente distintos.

En el primero, el sujeto que enuncia debe esconderse tras la falsa creencia patriarcal de la neutralidad y, cuando se asoma, es tibio, moderado y aburrido. En el segundo, es un nosotras o un yo que se arriesga, se muestra y se pronuncia apropiándose de la realidad, sin miedo a la censura, a la confrontación o a la ruptura.

Los contornos del lugar de enunciación académico, sus límites, cercos, trampas y terrenos escabrosos, no los hemos definido nosotras, menos aún, en los mal paridos, deshistorizados y descorporizados estudios de género; los han diseñado y construido los hombres con su no reconocida visión parcial, unilateral y distorsionada del mundo. Cuenta con audiencia, autorías y lenguaje refrendados. Para nosotras, este conocimiento no es traducible ni recuperable.

Nuestro lugar de enunciación lo definimos nosotras, fuera de la academia, en un espacio político autónomo y explicitado ideológicamente. Vivimos el discurso –encarnándolo- en la medida y al mismo tiempo que lo construimos, lo profundizamos, lo continuamos, lo escribimos, lo hablamos; en otras palabras, hacemos acción política. Recontextualizamos ciertos conceptos (palabras), otros los resignificamos y también inventamos nuevos (hasta que construyamos una nueva lengua (Rich)). No lo repetimos como los mandamientos ni tratamos de adecuar nuestra vida a este como si se tratara de un ente estático, ya dado, pues intentamos ser pensantes y no creyentes (Pisano).

Las que hemos trabajado en la construcción y continuidad del discurso del feminismo radical de la diferencia nos enrabiamos con los feminismos que nos contrarrestan, haciéndonos empezar una y otra vez desde cero, porque se funcionalizan, repitiendo lo ensayado y ya fracasado mil veces, como el activismo vacío de contenido o la imagen visual –la performance- que no resignifica nada, solo refuerza el imaginario de los cuerpos de mujeres despedazados, fragmentados, tal como se representan en la publicidad, en la poesía romántica o en el lenguaje de los femicidas (Bengoechea).

Nuestro lugar de enunciación viene de otra historia, de otra genealogía; se trata de un espacio intertextual que nos pertenece, tejido por las mujeres insolentes y pensantes y algunas otras rescatables que las circundan. Es un lugar conectado a la vida, a nuestra vida, a nuestros cuerpos históricos; consiste en una parcialidad honesta y pronunciada.

El lugar de enunciación académico solo invita a un juego intelectual autorreferido, que no está conectado con la vida de nosotras. Abandonemos la intertextualidad misógina, despreciemos y escupamos no solo contra Hegel (Lonzi), sino contra toda la tradición masculina de pensamiento: contra Descartes, Shakespeare, Marx, el Che, Foucault, Saussure, Chomsky, etc., etc., un largo etcétera.

2013

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