El eco de las OTRAS: un comentario

La compañía Teatro Público, cuya directora es Patricia Artés, lleva a escena su primera obra feminista, OTRAS. Sobre las tablas, solo mujeres: las actrices, la músico (imposibilidad de la lengua de decir “música”) y la misma directora. La obra se enmarca en la línea de la compañía, el teatro político. Se intenta la toma de conciencia, la denuncia explícita y el historizar. La preparación incluye textos de contenido feminista que se mezclan en la escena junto a la multiplicidad de los códigos teatrales. Abordar exhaustivamente esta expresión se me hace difícil. Por eso, selecciono, para detenerme en algunos aspectos del imaginario que esta obra construye.

Teatro Público es abiertamente teatro marxista. Pienso que esta propuesta feminista es el inicio de un camino diferente que puede o no tener una continuidad. De todos modos, fieles a su lineamiento, el feminismo marxista se manifiesta en la historia que se recupera; nombres como los de Rosa Rubí, Emma Goldman, Belén de Sárraga, Carmela Jeria y Silvia Federicci enmarcan el discurso, así como el personaje de “la obrera” y la remembranza del periódico La Alborada. No es el único. También Simone de Beauvoir y el discurso de género/reivindicativo se utilizan en la crítica contra el patriarcado. Y el eco del feminismo radical también se deja oír. Podría decir que la obra configura feminismos, así en plural, y que se pretende una visión, lo más abarcadora posible, del significado de ser mujer en la cultura androcéntrica. Esto, llevado al teatro, no es tarea fácil. Sin embargo, la obra es versátil, no es lineal, monta cuadros dinámicos y diversos, donde las voces de las actrices y sus diálogos interactúan con la música en vivo, con la voz en off de la directora, la compleja simplicidad de la escenografía y la palabra escrita que arroja el proyector: todo esto para lograr la amplitud de significados que se quiere comunicar.

El amor, la sexualidad, el canon estético, la maternidad, la familia son los tópicos de nuestra no existencia, los (des)órdenes simbólicos (1) que naturalizan nuestra negación y dominio, camuflados en un aparente con-sentimiento de las mujeres, estratégicamente construido durante siglos. En la obra, se desnudan, se vuelven denuncia política. La violencia de los hombres se extrema en la personificación del estereotipo que impacta deliberadamente a la audiencia, conduciéndola de la risa nerviosa (de los machos) al silencio atónito frente a lo que no es juego ni representación: la violación, la humillación y la desolación de las mujeres. Así, las escenas que se agrupan bajo el título de Mi familia, donde las tres actrices representan a las tres niñas que, a su vez, en el juego, representan la posición de poder de los hombres en la familia, finalizan con la frase de Beauvoir: “la familia es un nido de perversiones”. La última escena de esta serie muestra el abuso sexual de un padrastro contra la niña y la misógina complicidad de la madre. La división brutal entre las mujeres mediante el dispositivo de la misoginia es una de las estratagemas de la institución de la heterosexualidad obligatoria (2), que interviene especialmente la relación madre-hija para dejarnos sin genealogía, y mantenernos en la simbólica del No-Hombre, traducida, en el patriarcado, en No-Persona.

Una vez más, me quiero dejar llevar por aquel eco de feminismo radical que a ratos resuena en la obra. En eso de extrasistemático (3) que la obra contiene. Donde hallo una salida a este mal vivir patriarcal, pero también un modo de percibir que escapa a la construcción de género así como al referente masculino, ya para denunciarlo ya para demandarle. Este gesto extrasistemático se asoma, según mi análisis, en cuatro momentos: el primero de estos, la historia de las brujas. OTRAS se inicia con este relato. La voz en off nos lee fragmentos, adaptados del libro de Federicci, quien relaciona la caza de brujas con el surgimiento del capitalismo y la época moderna, como estrategia concertada por los poderes masculinos. Las brujas, tanto su existencia como su silenciamiento, son el signo de que nuestra historia de resistencias es milenaria. El feminismo no nace con la modernidad tampoco con el discurso de los derechos ni con ninguna revolución. La resistencia de las mujeres ha existido durante los miles de años de patriarcado y ha tenido esta expresión, la de las brujas, esto es, mujeres organizadas autónomamente, sin la presencia masculina, rompiendo con las maneras establecidas de concebir la realidad para crear un nuevo orden simbólico, directrices de otro imaginario. Quiero agregar que el corte en la memoria que produjo la caza de brujas es similar al que marca el inicio del patriarcado y el fin de sociedades basadas en la colaboración y el buen vivir: cortes profundos que olvidan el olvido.

El segundo momento lo descubro bajo el título El voto. No me detendré en la descripción de este cuadro para no extenderme más, pero este resulta interesante, porque en él interactúan las categorías de la clase y el sexo. La voz del movimiento sufragista la encarna, a mi parecer, la joven. Me refiero a la radicalidad del sufragismo, no a su moderación, la que estaría más bien representada en la mujer adulta y burguesa. Sin embargo, quien establece una relación cómplice, aunque silenciosa, con la joven es la mujer del pueblo, sirvienta de la casa. Me detengo en el discurso: el voto es el resultado de la absorción que el patriarcado llevó a cabo con el movimiento sufragista, pero este trasciende el sufragio. La joven lo cuestiona todo, su espíritu es pensar la sociedad de otra manera, es romper los mandatos de la feminidad patriarcal, desde la ropa, los gestos, los peinados hasta el mismo destino. Su audacia asusta y es censurada por la tía burguesa, quien, más atrapada en la obediencia a los hombres, interpela misóginamente a la sobrina. El  discurso de esta llega a cuestionar el matrimonio, pero no se queda allí, sino que toca los cimientos, la misma heterosexualidad obligatoria: ¿por qué no amar a una mujer?

Y esta pregunta me arroja al tercer momento extrasistemático. Bajo el título El amor, suceden dos escenas. La primera es de esas que conducen de la risa al llanto y arrojan el espejo en la cara. Esta termina con una frase de Emma Goldman; a mí me hubiese gustado que finalizara con la olvidada Shulamith Firestone, pero este es un “capricho” mío que digo al oído. En realidad, la segunda escena es la que acapara toda mi emoción. Una mujer le habla a otra para que sacuda en ella los fundamentos del amor patriarcal. Las mujeres de Teatro Público adaptan una de las cartas a Julia, para mí la más memorable, extraída del libro de la feminista radical chilena Margarita Pisano, que se titula Julia, quiero que seas feliz. La escena se cierra con un beso maravilloso entre las dos. Otra vez la institución de la heterosexualidad obligatoria se descompone. La institución nuclear del patriarcado es la heterosexualidad, en ella se organiza la simbólica de su amor, sustentada en la misoginia entre nosotras (y hacia nosotras mismas). Ejerzamos o no sexualmente la sensualidad lesbiana (que no es garantía en sí misma de cambio radical, lo digo yo con mi cuerpo), la crítica a la heterosexualidad como institución política es un ejercicio pensante imprescindible para las mujeres, pues se relaciona estrechamente con la deconstrucción misma del patriarcado como cultura. Además, esta institución (junto a otra, la de la maternidad (4)) es la piedra de tope, el tejado de vidrio de las ideologías que se dicen libertarias, como el marxismo y el anarquismo, puesto que su desmontaje es profundamente desarticulador del dominio masculino, mucho más que la simple oposición a la institución del matrimonio o que las ideas del ¿amor libre?

Ahora veo un hilo delgado pero firme que cruza la obra. Las brujas y su vínculo lesbiano, la joven y su espíritu rebelde que la conduce a la pregunta de por qué no amar a una mujer, y la expresión concreta de este lazo que se anuda con un beso. Me evoca los besos de la película Las Horas, tres besos que cierran tres tiempos, intensos y llenos de significados, que rompen la mera sensación y nos conectan con la energía de lo erótico de la que habla Audre Lorde.

El cuarto y último momento lo encuentro al final de la obra. Antes de que este se precipite, quiero comentar brevemente el cuadro que lo antecede. Se titula El cuerpo e incluye varias escenas. La del canon de belleza es una denuncia estremecedora. Luego, la de la maternidad mediante el canto de una mujer “que no quiere parir”; ya antes, en una escena previa de corte surrealista, la maternidad había sido puesta en cuestión como instinto, como mandato de la naturaleza. En esta, que aparece bajo el título de El cuerpo, se une a la lucha a favor del aborto libre, siempre contingente en esta sociedad. No obstante, yo comparto la opinión de la diferencia radical italiana, de la Rivolta, que plantea que esta lucha refuerza el imaginario de la sexualidad reproductiva y –otra vez- de la heterosexualidad obligatoria, más allá de la contingencia y de tanta muerte. Posteriormente, las protagonistas salen a las tablas con varios libros de contenido feminista y leen en voz alta; las voces se multiplican, se superponen, la polifonía inunda la sala; son voces de mujeres que dialogan en diferentes tiempos, sacadas desde dentro del cuerpo y del texto, con fuerza, sin sanciones: me gusta esta escena. El cuadro final y cuarto momento se titula Otras palabras y es una denuncia-testimonio en off. Aquí, las mujeres de la compañía se exponen, fuera del personaje. Todo lo que han representado las toca íntimamente. No hay telón que caiga, porque se amalgaman ficción y realidad. Son creadoras y sujetos (imposibilidad de la lengua de decir “sujetas”) de su propia creación. El testimonio-denuncia da cuenta de ellas mismas como objeto de burla de sus compañeros, como mujeres que han sufrido abuso y maltrato, pero también, siempre esta dualidad en nosotras, como mujeres libres y rebeldes.

“Lo personal es político”, idea del feminismo radical, acuñada por Kate Millet, cierra la obra y el delgado y firme hilo que la cruza. Esta idea, a veces malinterpretada por ciertos moralismos militantes que creen que la consecuencia política es lineal, quiere decir que el patriarcado y sus estratagemas controlan, mortifican y determinan nuestra vida íntima y sus aparentes elecciones. Las OTRAS somos todas y cada una, en primera persona; el “yo” y el “nosotras” derrumban el territorio de lo otro donde Beauvoir situó la feminidad patriarcal. Así, el marxismo y las relaciones personales que conforman la compañía Teatro Público se ven removidas. No se hace feminismo, no se es una mujer pensante, sin esta capacidad de riesgo, de aventura, de movimiento. La pasión creadora de las mujeres que participan en OTRAS, en especial la de su directora, lo confirma… y yo aplaudo.

Notas:

(1) La idea de “desorden simbólico” la tomo de las Mujeres de la Librería de Milán.

(2) El concepto de “heterosexualidad obligatoria” lo trabaja magistralmente Adrienne Rich.

(3) La idea de lo “extrasistemático” la tomo de María Milagros Rivera Garretas.

(4) La maternidad como institución política también es trabajada por Rich en su libro Nacida de mujer.

Febrero 2015

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