Más me río, con la cara mirando al sol

Fernando Franulic, en un despliegue generoso del potencial creativo de su lengua materna, nos sorprende con la riqueza léxica de su prosa y, con esto, aludo a la capacidad o el talento de construir mundos imaginarios y de organizar la realidad interna de estos mundos hipotéticos; de abrir nuevas parcelas de realidad y dimensiones mentales o espirituales no exploradas, o negadas, por la opaca y patriarcal cultura hegemónica: el autor nos coloca ante la presencia de otros universos, ya sea en el pasado histórico ya sea en el pasado estelar, pienso en los cuentos Idioma Desconocido y Algo de la Galaxia. También nos sumerge en la mente de un Rodolfo, cuyo delirio corre al ritmo vertiginoso del consumo desproporcionado de diversos estupefacientes, o nos subsume en el delirio onírico de Javier que nos traslada a otro tiempo y espacio dentro del tiempo y el espacio de la diégesis, que se sitúa a principios del siglo XIX. Nos compenetra con la angustia del niño de Gallináceas y su encierro, o con el tránsito a la locura de la Baronesa del Salitre, al ritmo de un tren de principios del siglo XX. Nos asombra con las figuras fantasmagóricas o sobrenaturales en el cerro Huelén, o los rostros siniestros del sanatorio de Mercado Negro.

El despliegue de la riqueza léxica se luce, además, en el manejo exquisito de la descripción, modalidad discursiva que requiere de una capacidad sensorial y perceptiva aguda y fina para dibujar estas otras dimensiones de la realidad: sin ir tan lejos, la naturaleza que, en Linde, tal vez sea la única verdad para los personajes, el único nexo con algo que se podría llamar realidad; estos se deshacen en ella, encuentran la calma o la liberación en ella, aunque sea con la muerte auto-provocada: “Los ojos los tenía de agua y tierra. La boca repleta de larvas”, nos relata uno de los narradores de Ciudades Vegetales. En Razones Minerales y en El Abandono, el desierto se palpa “En la arena ardiente, en la tierra rocosa, en el tierral abrasador”. La llovizna se siente en el cuento Ha Muerto un Pobre Hombre: “El cielo era un gran lago de aguas grises”.

Las descripciones son vívidas, sutiles en detalles para retratar la naturaleza, los escenarios, las calles de la ciudad al anochecer, las atmósferas. En el cuento El Abandono –que, para mí, más que un cuento es un proyecto de nouvelle, de novela corta–, sorprende el retrato que el autor realiza de la época. Situado en plena Independencia criolla, describe la sociedad chilena de entonces: la aristocracia y la plebe, los vestidos y los trajes que separan las clases sociales en castas, las costumbres, las ideas políticas, el lenguaje, entre otros ricos detalles. La modalidad descriptiva dibuja, además, los diferentes mundos de conocimientos que aparecen en la prosa de Franulic: el mundo de la farmacología, la astrología, la historia, la música, la estética, la ornitología, la psiquiatría, entre otros. En Linde, las disciplinas escapan a su encierro académico para abrir nuevos horizontes de sentido.

Linde sale al mundo para ser recreado infinitas veces por cada lectura. El autor dialoga, de esta manera, con sus lectores, lectoras, tal vez con la expectativa de una lectura atenta y desprejuiciada. Sale al mundo también para intervenirlo, cuestionarlo, modificarlo. Linde no es la felicidad declarada, existe el dolor, el desamor, la traición, el abandono, como experiencias de la existencia humana, experiencias además culturales. Los espacios de disciplinamiento, los lugares patriarcales de encierro físico y mental envuelven algunos cuentos y atrapan a los personajes en una muerte social: la academia, el sanatorio, el hospital psiquiátrico en Ciudades Vegetales y en Mercado Negro. La presencia fuerte de la familia en El abandono o en Gallináceas. En el cerro Huelén, se oculta la marginalidad sexual y, en el cuento Las flores, la calle es el lugar en el que se transan los cuerpos. En estos cuentos, la normatividad y los dispositivos de control les roban las esperanzas y los sueños a algunos de los personajes, despojándolos de sus potencialidades, excluyéndolos con el sentimiento de la promesa incumplida: “…se abandona con sus pequeñas palabras a medio articular y con sus sueños más amados a medio realizar”, porque la sociedad disciplinaria necesita doblegar la imaginación para su funcionamiento, dado que es mezquina y mediocre.

Pese a esto, Linde es un mundo dialógico, porque los puntos de vista, encarnados en las voces de los narradores y personajes, se confrontan o intercambian entre sí. No es una sola voz la que escuchamos en la prosa de Franulic, son varias las voces entrecruzadas. Los personajes argumentan con ellos mismos y con los demás, cambian de parecer o se mantienen tercos en alguna idea. En este sentido, los elementos del género dramático se hacen notar en la narrativa del autor, en especial en la construcción de los diálogos, en el curso de la acción de algunos cuentos que se precipitan abruptamente hacia el desenlace, y en imágenes o escenas casi cinematográficas como la del pueblo abalanzándose sobre la Baronesa o la ronda de mujeres que circunda a Javier hasta marearlo o el salto de Tadeo al centro del gallinero. En esta misma línea, los signos visuales tienen presencias imponentes para cada trama. Pienso, por ejemplo, en la molécula que dibuja Rodolfo en Ciudades Vegetales, o en la ratita del noble Andrés en Contando Silencios, o en las flores artificiales de Joaquín Carnach, o en el collar de perlas negras de la Baronesa, o en el claro del bosque de Javier, o en los rostros oblongos de Geometría Subterránea, o en las gallinas de Gallináceas, entre otros signos, o símbolos, que marcan la escena y la llenan de significados.

Los personajes de Linde son inolvidables, son presencias con carácter; todos, de una u otra manera, se sitúan más allá de la norma social y sexual: Rodolfo dicta una cátedra fuera de toda convención, la protagonista de Idioma Desconocido investiga sobre la relación lesbiana entre dos mujeres del siglo XVIII, Cedric organiza orgías homoeróticas en el cerro Huelén, la Baronesa del Salitre desprecia despiadadamente a sus hijos varones y tiene de amante a uno de sus sirvientes, Joaquín Carnach busca sexo en una esquina anónima de la capital santiaguina, Javier mantiene amoríos apasionados y sensuales con su primo y con su criado Jorge en medio de la aristocracia decimonónica chilensis, el niño de Gallináceas desobedece a su abuela a la manera extraordinaria de los cuentos de Horacio Quiroga, el protagonista de Mercado Negro prueba drogas nunca antes vistas en medio del manicomio.

Las clases sociales separan amargamente la existencia humana. Ricos y pobres juegan un papel en la obra de Franulic. La crítica social del autor se desarrolla cuando retrata la hipocresía social, la sociedad mercantil, los valores de la aristocracia, la iglesia y su pervertido sistema de caridad, la academia y su arribismo intelectual, pero no solo esto, los personajes ricos trasmutan a pobres y alteran su visión del mundo, otra vez el dialogismo: sucede con la Baronesa del Salitre y con los protagonistas de los cuentos Lata de Sopa y Ha Muerto un Pobre Hombre. La Baronesa se humaniza cuando su aspecto, por marcadas vicisitudes, cambia al de una mendiga harapienta. En Ha Muerto un Pobre Hombre, el narrador juega con la polisemia de la palabra “pobre” y son los criados, los pobres, los que terminan diciendo del patrón putrefacto “Fue un pobre hombre”. En el microcuento Lata de Sopa, el protagonista también trasmuta a mendigo y mira el mundo desde este nuevo lugar, el de un clochard parisino que observa a la burguesía pasar y que lo avasalla “…con sus cortantes palabras de ocios modernos, de falsas pasiones, de ingenuas rebeliones”.

La homosexualidad se expresa de manera cabal en la serie de cuentos titulada Amores Inacabados. Las relaciones entre varones cruzan las clases sociales, la institución profesor-estudiante y la familia; transcurren anónimamente en la calle o en un cerro, o en mundos culturales, artísticos e intelectuales: el aula, un concierto, un congreso. En algunos casos, constituyen relaciones idealizadas, sublimadas; en otros, son sensuales, apasionadas, amorosas o descarnadamente sexuales. En este tópico, también el autor nos envuelve con sus descripciones y metáforas para relatar, retratar el homoerotismo. Percibo, en el relato homosexual de Franulic, una propuesta a la que habría que descubrirle su propia genealogía literaria, atisbo un lenguaje distinto que comprende la homosexualidad varón como parte del tejido de la existencia humana. Los personajes viven o habitan su homosexualidad abiertamente, sin tapujos ni controversias. Solo Javier sufre el destino trágico de la homofobia chilena y decimonónica; solo Rodolfo es un homosexual enclosetado que usa de pantalla a su esposa, la que, consecuentemente, en el cuento, se reduce a una metonimia: es un retrato en el escritorio del académico.

La burla a la institución heterosexual, aun cuando no sea declarada, se realiza, a mi modo de ver, mediante el lesbianismo. En este aspecto, el autor nos ofrece una nueva sutileza, la de diferenciar la relación lesbiana de la relación homosexual, evitando así el burdo inclusionismo y alterando la visión androcéntrica que nos habla en un falso lenguaje universal. En Linde, está presente la diferencia sexual y su potencia: la relación entre mujeres, experiencia femenina irreductible, está relatada en la serie Trasgresiones y Trascendencias, y no es un detalle menor que el autor haya elegido este subtítulo para agrupar este conjunto de tres cuentos. La Baronesa del Salitre de Razones Minerales, cuento que inicia la serie, es, según mi interpretación, una mujer que ha sido víctima de la trampa igualitarista; por supuesto que nos simpatizan su desparpajo y sus liberalidades, y nos enternece y empatizamos con su proceso de humanización, de feminización diría yo. Tampoco es un detalle menor que en el cuento Algo de la Galaxia el autor introduzca el lenguaje de las estrellas en la voz de una mujer, la protagonista astrónoma.

Pero la libertad se dibuja claramente en Idioma Desconocido, el único cuento, quizás, donde el autor nos convida una salida frente a esta sociedad deshumanizada, y no me parece un detalle menor que sea el único relato que termina francamente feliz. Escrito en primera persona, otro detalle insoslayable, la protagonista de Idioma Desconocido se siente plena: “Me vuelvo a reír. La playa está preciosa, el mar muy tranquilo. Una mujer, un poco más allá, me sonríe coqueta. Más me río, con la cara mirando al sol.”

Andrea Franulic

Santiago, 26 de enero 2016

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