Es la femenina que hay en nosotras

ES LA FEMENINA QUE HAY EN NOSOTRAS[1]

“Percibí entonces con estupefacción (sólo las evidencias pueden dejarme estupefacto) que mi propio cuerpo era histórico” (Roland Barthes).

La decisión de subirme al avión que me llevaría a México –después de haber subido y bajado, imaginariamente, varias veces- responde al sentido que tiene para mí el ‘hacer política’. Mi contacto con una dimensión política feminista fue, desde el inicio, vital, porque no sólo me encontré con una crítica radical a la cultura patriarcal, sino, además, con toda una propuesta filosófica detrás, que empezaba en una misma en conjunto con otras, en el Movimiento Rebelde del Afuera (MRA).

La propuesta político-filosófica del MRA apela a la potencialidad de mis capacidades, especialmente, la del pensar, y no a mis carencias o dolores. Por lo tanto, mi conexión con esta dimensión forma parte de un proyecto de vida y humanidad que festejo con entusiasmo y pasión, como se puede festejar una propuesta civilizatoria, sanadora, sobre todo en un mundo de ideas estancadas, podridas y deshumanizadas. Desde este lugar ideológico, llego al VI Encuentro Lésbico Feminista Latinoamericano y del Caribe, en México, D.F., del 24 al 28 de noviembre de 2004: el primero para mí.

Esta experiencia me sirvió para confrontar mi conocimiento, profundizar e interpretar las políticas y el discurso del Movimiento Rebelde del Afuera, principalmente en una de las instancias del Encuentro que hizo posible un intercambio de ideas desde posiciones explicitadas. Me refiero a la instancia/foro Lesbianas Insumisas y Utopías Feministas, generada por Lesbianas Feministas en Colectiva, autónomas: Ochy Curiel, Melissa Cardoza y Chuy (María de Jesús Tinoco).

A medida de que sociabilizaba mi lugar ideológico, ejercitando conscientemente “estar expresada sin negociación”, con logros y fracasos de mi parte, iban apareciendo las diferencias ideológicas entre nosotras, no sólo con la posición institucional (sabida), sino también con la posición de la autonomía. Fui percibiendo, por ejemplo, que el Afuera provocaba incomodidad, a pesar de los “coqueteos” de algunas… con este pensamiento. Quién sabe, la incomodidad provenga, porque apela al cuestionamiento y abandono de nuestros nichos sagrados y a la modificación de las estrategias políticas a partir de una lectura crítica de nuestra historia feminista, no contaminada por el “exitismo” institucional ni los relatos heroicos de la historia oficial.

Una marcada secuela de la colonización de la cultura patriarcal sobre nuestros cuerpos sexuados se manifiesta en la resistencia de las mujeres a ejercer la capacidad de pensar y poseer conocimientos. Para facilitar este despojo del pensamiento, la cultura patriarcal/masculinista realiza cuatro cosas: signa el espacio simbólico/valórico de lo femenino con la capacidad de amar, basada en la “entrega total” de las mujeres; borra la historia de las mujeres pensantes, castiga física y simbólicamente a las “osadas”, instala en el imaginario el rechazo y el desprecio contra las mujeres creadoras.

Creo que en el Encuentro me faltó discutir sobre ‘lo femenino’. En una de las tardes del Foro, expresé: “primero somos personas, luego mujeres y después lesbianas” (Pisano). Con esto quise decir que para las lesbianas es fundamental reconocernos en un cuerpo sexuado mujer, histórico, que ha sido simbolizado por los varones y su cultura; pues si esto no lo vemos, no lo conocemos ni lo reconocemos en nosotras, tampoco lo abandonamos. Finalmente, quedamos entrampadas en el ‘MONOMIO masculino/femenino’. Por ejemplo, la discusión en torno a los transexuales fue apoyada por el argumento institucional de que ellos (o ellas) se sienten y piensan como mujeres. ¡Si nadie sabe qué es ser mujer, lo único que sabemos es de feminidades!

Parte de los signos que marcan el espacio simbólico-valórico de lo femenino es la ausencia de una historia propia. Cada vez que nos juntamos con cierta motivación política, se pretende volver a empezar. El VI Encuentro Lésbico Feminista no fue la excepción. Como siempre y coronando el día de la clausura, el discurso generacional de “las jóvenes” (“que ahora sí ellas”, “lo nunca antes visto”, “la buena nueva del divino tesoro”) manifestó, de manera patética, la ‘desmemoria’ de las mujeres. El corte por edad es un mecanismo patriarcal destinado, especialmente, a nosotras para imposibilitarnos la transmisión de conocimientos.

Durante este mismo día de clausura, se leyeron las relatorías que formarán parte de las Memorias del Encuentro. En la mayoría de los relatos primó la descripción y no el énfasis en las diferencias ideológicas y el intercambio a partir de dichas diferencias; además, los relatos eran des-personalizados, sin nombres, sin seres humanas detrás… otra vez el anonimato. De esta manera, las pocas ideas son de todas y son de nadie, pero, sobre todo, son un regalo para el sistema patriarcal… otra vez… quedándonos sin historia.

Cuando una mujer, lesbiana, que se reconoce en una historia feminista y que se sitúa políticamente desde un lugar crítico y radical, plantea la necesidad de que las mujeres ejerzamos nuestras capacidades humanas, especialmente, la del pensar, no está apelando al uso de la RAZÓN patriarcal. Apela a un pensar que nos permita reconocernos en un cuerpo sexuado mujer con una historia de maltratos y resistencias; un cuerpo que no nos ha pertenecido y que ha sido parcelado. Por eso, al tomar conciencia de esto, lo recuperamos para resimbolizarlo como una unidad indivisible: con nuestro cuerpo pensamos, sentimos, nos erotizamos… Sin resimbolizar nuestro cuerpo sexuado mujer, no podemos tener pensamiento propio, inventar una historia ni proyectar otra civilización. Aprender a pensar conlleva, entonces, conjuntamente a este ‘darnos cuenta’, comenzar a percibir el mundo de modo diferente. Y para llevar a cabo esto, nuestros cuerpos sexuados son nuestros informantes válidos de la vida, señalándonos qué cosas nos incomodan, qué cosas negociamos a pesar de nuestra incomodidad y por qué. Es así como descubrimos que casi todo nos incomoda en esta cultura, porque nos es ajena, y arribamos a la conclusión de que queremos construir otra, propia, no sustentada en nuestras incomodidades.

Sólo en este sentido, pienso que el hacer política es la experiencia más humana de lo humano. Y en este sentido, ejercer la capacidad de pensar es un riesgo cuando no es el pensamiento legitimado por la Academia, el ‘sentido común instalado’ ni “las buenas costumbres”; es el pensar que cuestiona todo sin ‘lugares sagrados’ (Pisano) y que se arriesga en la interacción con otras y otros. El ejercicio de estar expresadas como un gesto político y consecuente en nuestras vidas, implica la revisión de nosotras mismas como productos culturales e históricos. El reconocernos en prácticas misóginas, racistas, clasistas, arribistas, competitivas, etc., es un paso importante para empezar a modificar-nos; el no vernos en ellas o creer que por el hecho de declararnos feministas, estas prácticas desaparecen mágicamente, no nos permite avanzar hacia un cambio civilizatorio. Por eso, creo, es tan importante que seamos conscientes de esta base de honestidad para evitar caer en demagogias y/o en el mucho, mucho amor.

Para las del Afuera, la revisión y discusión del ‘orden simbólico-valórico’ que traspasa nuestras vidas y relaciones, no quedan rezagadas al espacio protegido de la amistad o a la mejora de la vida individual, sino que se proyectan políticamente por medio de acciones concretas. La sospecha atenta de todo lo que proviene y propone la cultura vigente contiene el cuestionamiento de nuestras estrategias políticas. Para nosotras, las instancias de confrontación, modificación e intercambio de ideas con otras mujeres son fundamentales para ir construyendo un referente, profundamente distinto al instalado. El intercambio apasionado de ideas es una práctica política necesaria para aprender a responsabilizarnos de lo que pensamos y hacerlo público. Es una aventura que va acompañada de una mirada crítica y no romántica.

2004

*A este encuentro latinoamericano de feministas y lesbianas, viajé sola en representación de Margarita Pisano.

[1] Este título invierte el contenido de la frase de Adrienne Rich: “Es la lesbiana que hay en nosotras”, usada en uno de los ensayos que conforma su maravilloso libro Sobre mentiras, secretos y silencios.

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